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'Siete segundos' 'Made in USA', la sátira corrosiva de Falk Richter vuelve a sacudir las conciencias antibélicas

La Sala Mirador de Madrid estrena 'Siete segundos' bajo la dirección de Rubén Romero y la actuación de Inma Almagro, Sato Díaz, Belén Landaluce y Pedro Rubio. Teatro contra la guerra en tiempos de guerra de Rusia y Ucrania.

La obra de teatro 'Siete segundos. In God We Trust'
La obra de teatro 'Siete segundos. In God We Trust'. María Artigas

Mientras Hollywood se agita y hasta en Beverly Hills sigue resonando el eco de la bofetada de Will Smith, quien acaba de anunciar su dimisión como miembro de la Academia del Cine. La espectacularización estadounidense de la guerra remueve los chirriantes sillones de la madrileña Sala Mirador en su máxima bravuconería.

El director catalán Rubén Romero estrena una versión actualizada del texto del dramaturgo alemán Falk Richter: Siete segundos. In God We Trust. El éxito es asegurado. Sublime Belén Landaluce en su histerismo pueblerino y en la pantomima hábilmente ponderada; y aunque Sato Díaz se quedara sin siquiera una línea de guion, solo con su rostro seguiría siendo un espectáculo exhilarante.

El balido de ovejas y el gorjeo lejano de unos petirrojos de fondo acompañan al espectador entrando, casi se puede oler el aroma a estiércol del campo. Los actores ya ocupan las tablas del escenario, matan al tiempo como si de uno de esos sanatorios para gente rica se tratara. De pronto la tierra tiembla, una colisión, una explosión: el juego acaba de empezar.

"Mostremos a este hombre malo cómo corre por New York, sudor en su frente, mirada enloquecida, el Corán en la mano, canta, canta letanías árabes muy curiosas o lo que sea qué cantan esos, corre por entre la masa de gente y piensa "voy a matarlos a todos, fuckers" los odia, los odia a todos y a todo lo ateo".

La obra de teatro 'Siete segundos. In God We Trust'
La obra de teatro 'Siete segundos. In God We Trust'. María Artigas

Discurso propagandístico

El terror se apodera del discurso propagandístico y salpica hasta en los pueblos perdidos de Illinois, Colorado y Texas. La orgía de donuts y hamburguesas es abruptamente interrumpida por la llamada a las armas. Y el piloto automático del cazabombardero lanza bombas que el militar ni sabe adónde irán a matar, poco importa: pronto volverá a comer el pavo del Thanksgiving con la familia, ahí justo en la salida a la highway al borde del desierto.

Si por un lado la influencia de Bertolt Brecht –uno de los maestros del humor negro y del teatro comprometido– es evidente en la dramaturgia de Falk Richter, por otro lado es imposible no ir con la mente a la obra maestra de Samuel Beckett, Esperando a Godot. No tanto por la ilusoria quietud de una espera eterna: los cuadros dramáticos de Richter son ya modernos fragmentos de una realidad líquida y bajo cambios constantes, muy lejos del surrealismo post-apocalíptico.

Sino más bien por la repetición escalofriante de aquellos gestos y palabras que en vez de tranquilizar al espectador acerca de la veracidad de su contenido, lo arrojan hacia una exasperación sin remedio alguno. Y la voz de Madre Coraje de la obra de Brecht retumba sin piedad: "Los pobres necesitan coraje. ¿Por qué? Porque están perdidos. Ya para levantarse por la mañana lo necesitan en su situación. ¡O para labrar en el campo, en medio de la guerra! Sólo que echen niños al mundo demuestra que tienen coraje, porque no tienen ningún porvenir. Tienen que ser verdugos los unos de los otros y degollarse mutuamente, y si quieren mirarse a la cara necesitan coraje" (Madre Coraje y sus hijos en Teatro completo, Cátedra, pág. 1045).