Silvio Rodríguez, la lucha no para
El cantautor cubano convierte el Gran Teatre del Liceu de Barcelona en un acto de reivindicación política.

Barcelona--Actualizado a
"Te doy una canción
Es como un disparo
Como un libro, una palabra
Una guerrilla
Cómo doy el amor".
Cantar con el puño en alto. Cantar convencido de que una canción todavía puede ser una forma de resistencia, un vehículo poderoso para desvelar la mirada, mantenernos alerta y combatir la amnesia contemporánea. Una voz contra la injusticia, la violencia, la infamia y el olvido.
Silvio Rodríguez sigue cantando todo aquello que muchos han dejado de creer, de defender o, simplemente, de recordar. Lo hace tercamente, desde hace más de medio siglo, con palabras cargadas de amor y de rabia, de rebeldía y de esperanza. Canciones que hablan de un mundo que podría ser diferente y de la necesidad de no resignarnos.
"Prefiero hablar de cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado".
En las Ramblas, antes del concierto, un puñado de manifestantes anticastristas ya gritaban consignas antiwoke y daban algunas pistas de cómo iría la velada. El concierto transformó el templo de la burguesía catalana en un acto a favor de las libertades, de los oprimidos y de los olvidados. Un teatro que tembló con gritos como "¡Viva Fidel!", "¡Cuba sí, nazis no!" o "¡Viva la revolución!", justo antes de que Joan Isaac y Sílvia Comes subieran al escenario para cantar unas versiones en catalán de las canciones de su querido amigo Silvio.
Entre el público, muchas canas. Hombres y mujeres que descubrieron aquellas canciones a finales de los años setenta, cuando este país salía de una dictadura y los anhelos de libertad, justicia y transformación social encontraban en las palabras del trovador cubano un espejo al otro lado del Atlántico.
Y es cuando aparece Silvio, con vaqueros y una gorra donde se puede leer "Aprendiz". La gente se levanta, Silvio con el puño alzado, banderas de Cuba y Palestina, reproducciones del Che Guevara. Una fiesta revolucionaria en toda regla. Y él, en el escenario, con su guitarra, su herramienta para matar fascistas, como la de Woody Guthrie.
"Iba matando canallas
con su cañón de futuro".
El cantante cubano, figura imprescindible de la canción de autor latinoamericana, inició este martes en Barcelona su nueva gira. El regreso llega tras la publicación de Quería saber, el álbum editado en 2024, y con Silvio Rodríguez celebrando más de cincuenta años de trayectoria musical. Cinco décadas que han convertido su voz y su guitarra en una parte inseparable de la historia de la canción de autor.
Poco después de comenzar el concierto, el cantante leyó un extracto del ensayo Maestros ambulantes, de José Martí, "el apóstol" de la nación cubana y fundador del Partido Revolucionario Cubano: "Se necesita ser bueno para ser feliz", pero también "se necesita ser próspero para ser bueno", recordó Silvio, en clara alusión al bloqueo que sufre su pueblo desde hace más de sesenta años.
Silvio representa el espíritu de lucha y de resiliencia, el símbolo de un artista comprometido, infatigable y coherente, una figura que se hace más grande con el tiempo. Por eso la gente lo ama y lo respeta, no sólo por lo que canta, sino por ser como es: un hombre íntegro que no ha renunciado a sus principios morales ni políticos.
"Dicen que me arrastrarán por sobre rocas cuando la revolución se venga abajo... yo me muero como viví".
Acompañado por siete músicos, por la omnipresente Niurka González, su mujer, a la flauta y el clarinete, y por Malva, la hija de ambos, a las voces y los teclados, Silvio hizo un amplio repaso de su larga carrera musical. Las que Niurka González más fuerza eran los grandes clásicos, coreados con emoción por buena parte del público. Las lágrimas hablaban de muchas cosas a la vez. De los sueños que un día creímos posibles, de las utopías que hemos ido dejando por el camino, de la distancia enorme entre aquello que imaginábamos y la realidad del presente. Vivimos tiempos extraños, atrapados demasiado a menudo en un pensamiento binario que nos obliga a escoger bando, a desconfiar del cambio, a tener miedo de perder aquello que tenemos. Y, casi sin darnos cuenta, acabamos renunciando a imaginar algo mejor. La nostalgia de los sueños perdidos.
"Las revoluciones no son perfectas, son necesarias".
Silvio Rodríguez creció en una Cuba convulsa, herida por las desigualdades, la dependencia económica y décadas de intervencionismo norteamericano. Nació en 1946, trece años antes del triunfo de la Revolución. Fulgencio Batista sería la última expresión de aquel mundo. La dictadura, la represión, la corrupción y la subordinación a los intereses económicos extranjeros acabarían alimentando un malestar que venía de mucho más lejos.
"Pero la vida no vale nada
Si la dejas morir de a poco
si no la defiendes con el alma".
El concierto transitaba entre la música, las emociones y la lucha. Silvio también leyó el poema Halt!, de Luis Rogelio Nogueras, quien, tras visitar Auschwitz, conmovido por el horror, interpelaba al pueblo judío preguntándose cómo "olvidaron tan pronto el vaho Halt infierno". Y más canciones: A dónde van La canción del elegido Ojalá, La belleza, de Aute, Por quien merece amor, El reparador de sueños el Necio Venga la esperanza...
Él creyó que la cultura podía participar en la construcción de un mundo diferente. Que una guitarra y una voz podían llegar allí donde no llegaban los discursos. Que la poesía todavía era capaz de interpelar la conciencia.
"Lo más terrible se aprende enseguida
Y lo hermoso nos cuesta la vida".
Sus canciones no mueren porque siguen habitándonos. Son refugio contra la desesperanza, memoria de las utopías humanistas que hemos ido dejando por el camino y recordatorio de una idea tan sencilla como incómoda: que resignarnos no es una obligación y que todavía podemos imaginar y construir un mundo más justo, más digno y mejor.
"Yo sólo quiero cantar
Pero no importa la suerte
Que Pueda Correr Una Canción.
Unos dicen que aquí
Otros dicen que allá
Y sólo quiero decir
Yo sólo quiero cantar
No importa que luego
Me suspendí la función".




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