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Tea Rooms Las mujeres obreras de Luisa Carnés llegan al teatro

El Teatro Fernán Gómez, en Madrid, acoge la primera adaptación de la novela 'Tea Rooms', escrita por una de las máximas exponentes de la Generación del 27. Es la primera producción propia desde que Laila Ripoll se encarga de la dirección artística del Centro Cultural de la Villa.

Adaptación teatral de la novela ‘Tea Rooms'
Adaptación teatral de la novela ‘Tea Rooms'. Guillermo Martínez

En la horizontal, detrás del escaparate, ese mundo que sube en ascensor a sus casas. Dentro del salón de té, otro mundo aprisionado que se mide en la desigualdad vertical que sufren aquellas que frecuentan la escalera del servicio. Si la historia se hace con las manos, aquí se cuenta con unos dedos encallados de hacer el nudo corredizo de los pasteles, enrojecidos por la lejía o picados por la aguja. Así se presenta la adaptación teatral de Tea Roms, la novela-reportaje publicada por Luisa Carnés en 1934, ecuador de la Segunda República que abrió una pequeña ventana para las mujeres, y las trabajadoras.

Lila Ripoll logra, con precisión y maestranza, llevar a las tablas teatrales el relato de este texto escrito por una de las mayores figuras de la Generación del 27. La directora artística del Teatro Fernán Gómez, que versiona y dirige el espectáculo que se ha estrenado esta semana en Madrid, explota cada rincón de la pequeña e íntima sala Jardiel Poncela. "Esta es la primera producción propia del Teatro desde que soy la directora, y tenía claro que tendría que ser de una mujer. Además, yo tenía ganas de hacer algo solo con actrices, y en la novela todos los personajes principales son femeninos", concretiza la propia Ripoll.

Lila Ripoll lleva a las tablas teatrales el relato del texto escrito por una de las mayores figuras de la Generación del 27

Hace tiempo que la directora artística leyó la reedición de Tea Rooms. Mujeres obreras, publicada en el sello Hoja de Lata en 2016. Entre sus líneas empezó a vislumbrar la escena que ahora ha puesto en práctica: dos mostradores a ambos lados, un cuartucho infesto que hace las veces de vestuario para las mozas y el espacio altivo reservado para la responsable de las dependientas, protagonistas de una historia que ven pasar por detrás de los cristales del escaparate. También un suelo ajedrezado, baldosas negras y blancas que soportan el peso de unas personajes hartas de la realidad, pero también atadas a ella.

Son seis actrices, ocho personajes, que tristemente evocan una realidad social demasiado parecida a la actual. Todo lo que se observa ocurre de puertas para adentro, aunque la vida esté fuera, y también en su interior más profundo que ve cómo en el salón de té no son mujeres, sino dependientas, tal y como les espeta la encargada. El texto original de Carnés estuvo a la altura de los acontecimientos: recogió las huelgas del sector, el trato despótico de los dueños de esos locales en los que ella también sirvió y las contradicciones de todas y cada una de las mujeres que completan la escenografía.

Su mundo interior

"La protagonista, Matilde, no deja de ser la propia Luisa Carnés, que trabajó en una pastelería ubicada en la Calle Arenal esquina con Ópera", recuerda Ripoll. De hecho, los detalles están tan sumamente cuidados que a través del escaparate se vislumbra un Teatro Real impertérrito en el periodo republicano. "En la obra hay todo tipo de personajes, y los describe muy bien al ser un texto reportajeado. Desde la mujer más domesticada hasta la más rebelde pero que no se atreve a hacer nada porque necesita el dinero de su salario. También otros como la más frívola e inocente, procedente de una familia burguesa venida a menos con una educación que choca con su nueva realidad; la más experta y mayor, llena de miedo, que llega a ocultar que está casada durante 15 años que trabaja en el Tea Rooms porque solo contrataban a mujeres solteras", se explaya la directora artística.

Así, la sala Jardiel Poncela del Fernán Gómez acoge los diversos monólogos que vertebran el pensar y sentir de una Matilde consciente de la desigualdad y la injusticia que, presa de sus condiciones humildes, nunca llega a alzar la voz por el dinero que le aporta su labor: tres pesetas diarias, 10 horas de trabajo. En esa misma sala, donde el público está por encima del escenario, invisible, lo envolvente de la composición teatral hace participe al espectador. Así, los asistentes se ubicarán en el malestar de la desigualdad social, casi tan presente como entonces, narrados por una Luisa Carnés que murió exiliada, en México, en 1964.

La historia de nuestras abuelas

Para Ripoll conocer la España de los años 20 y 30 es "fundamental para entender dónde estamos, de dónde procedemos, y qué pasó después". Más allá de los necesarios argumentos históricos que fundamentan el llevar a escena una obra como Tea Rooms, la directora artística señala que lo que ocurre en la novela sigue presente a día de hoy. En sus propios términos, "me interesa mucho porque es la historia de mi abuela, la que yo he heredado, la de las mujeres que me han criado a mí y a las generaciones posteriores. Tú vas en el metro y ves a estas mujeres, o sus hijas, convivimos con ellas y es importantísimo la historia que tienen detrás".

Tuvieron que pasar casi 40 años de democracia para recuperar la obra de Luisa Carnés, y unos cuantos más para que ahora se convierta en creación teatral. "Esto nos dice que somos un país desmemoriados, y que como sigamos así vamos hacia un abismo. Despreciamos la historia contemporánea de España cuando conocerla a fondo debería ser imprescindible para cualquier ciudadano", opina la directora artística del Fernán Gómez.

Las apariencias por encima de la realidad

"Lo legal, lo humano, hubiera sido que todos los demás protestáramos", dice Matilde al presenciar otra situación de injusticia en el salón de té ante el despido de una compañera. Lo legal, lo humano, también se ve condicionado por la exigente imagen exterior que se pretende dar, porque siempre "hay que mantener las apariencias", tal y como se encarga de recordarles la superiora a las trabajadoras. Ella, la encargada, la "gallina" según la llaman sus subalternas, "es un capo, el perro fiel del jefe, capaz de pasar por encima a sus compañeros para salvar su puesto y su parcela de poder", reflexiona Ripoll. El refranero español le reserva varios dichos: "Si quieres conocer a fulanito dale un mandito", y "no sirvas a quien sirvió".

"Lo legal, lo humano, hubiera sido que todos los demás protestáramos", dice Matilde

Todo ello se entremezcla en este mando intermedio, tan evocador con el presente que asusta, hipócrita entre sus acciones y palabras, que viene de limpiar platos y se convierte en la jefa de las obreras, "con unas lagunas culturales enormes aunque ella quiera dárselas de lista", completa la misma Ripoll. De esta forma, en la encargada se concentra, más allá de su imagen, el sonido: el ruido de sus tacones infundiendo pavor y temor a las trabajadoras cuando se acerca al despacho de pasteles y la efusividad sonora que denota al pasar las páginas del ejemplar de "Blanco y Negro", de ABC, mientras ocupa su puesto laboral.

Ya casi al final, el dueño del Tea Rooms se ve obligado a cerrar el establecimiento al llegar el piquete de una huelga. "Vacaciones extraordinarias", dicen las trabajadoras, las mimas que fueron obligadas a trabajar durante todo el verano sin sus correspondientes días de libranza. Luis Carnés sabe bien lo que cada una piensa, con su propia historia vital detrás: "Aquí el que habla es el que pierde", expresa una de ellas.

La vida sigue igual

La vida, casi 90 años después de la publicación de la novela-reportaje, parece que no ha cambiado tanto: se siguen haciendo jornadas de 10 horas, la precariedad impera en el mundo laboral, el miedo al despido coarta el derecho a sindicalizarse, puedes seguir muriendo por un aborto realizado de forma clandestina porque tu país no lo ha legalizado, mujeres se ven avocadas a la prostitución al no tener otra salida y muchos alimentos se siguen tirando a la basura antes de que se los coman los que sufren el hambre. Todo eso ocurrió, se plasmó en el papel, ahora se desarrolla en escena, y sigue ocurriendo.

Matilde repite lo mismo que ya dijo principio: "Vivimos en una sociedad podrida", pero también alberga esperanza y fe para que se abra un nuevo camino. Estas palabras son las de Luis Carnés, en 1934, justo dos años antes del inicio de la Guerra Civil que concluyó con una oscura dictadura de cuatro décadas en España. Ella, que empezó a trabajar a los 11 años en un taller de sombrerería de Madrid, murió 59 años después tras haberse dedicado al periodismo militante en el bando republicano durante la contienda y recalar en México, el lugar desde el que continuó con profesando el periodismo hasta su prematuro fallecimiento.