'The White Lotus' y la cara sucia del verano cinco estrellas
El verano es la época más idealizada del año, en parte por todos esos 'resorts' que esconden miserias bajo capas de lujo.
Zaragoza-
El verano está rodeado por un halo mágico en el que todo parece posible. Sobre todo, porque existe una predisposición generalizada para ello. Por ejemplo, son muchas las personas que ahorran a lo largo del año para poder disfrutar de una semana a cuerpo de rey. Algo que para un grupo selecto de la población forma parte de su rutina estival. Los grandes resorts hoteleros suponen un paréntesis del mundo real, generalmente destinados a personas que no necesariamente viven en él. Un sitio pensado para el esparcimiento y el descanso, que se sustenta eso sí sobre los hombros de los trabajadores que allí desempeñan las tareas.
Nadie ha logrado capturar la esencia de esos veranos privilegiados como The White Lotus (2021-actualidad), una serie antológica en la que cada temporada cuenta una historia diferente. Todas ellas poseen un nexo de unión: mostrar el lado oscuro de lo que en apariencia son las vacaciones aspiracionales por excelencia. Junto a imágenes de playas de arena blanca, agua cristalina y habitaciones de ensueño, la serie de HBO Max pone en pantalla las miserias que rodean a la clase dominante. Un ejercicio que contrasta con otros programas de TV centrados en el mismo entorno, pero creados para potenciar la ilusión de esos estíos perfectos que casi nunca suceden.
Hasta la fecha, The White Lotus ha emitido tres temporadas, con una cuarta que se encuentra en pleno rodaje y fecha de estreno prevista para 2027. Aunque, sin duda alguna, las dos primeras son las que consiguieron impulsarla al panteón de la televisión actual. Sobre todo porque pilló con el pie cambiado a gran parte de la audiencia, que esperaba un misterio ligero tipo who done it (whodunnit) ya que el metraje arranca con un cadáver. Sin embargo, lo que escondía la serie era una crítica social tan ácida como adictiva de ver. La muerte es el anzuelo; el verdadero crimen son las estructuras de poder que el hotel deja al descubierto.
Primera temporada de 'The White Lotus': privilegio de clase y colonialismo
La primera temporada de The White Lotus está localizada en Hawái, donde una familia acomodada, una pareja en luna de miel y una huésped solitaria se alojan en un resort en apariencia ideal. La localización no es baladí, pues muestra el papel de la población local y cómo, para los huéspedes, quedan reducidos a meros sirvientes o entretenimiento cultural. De hecho, la serie hace un ejercicio meta y bastante hipócrita al respecto, pues eligió el archipiélago como lugar de rodaje para tratar de aliviar las restricciones existentes durante la pandemia de la covid-19. No deja de resultar paradójico que un show que habla de la ceguera de la clase dominante para con los pueblos originarios nazca también de una logística en la que el paraíso turístico se pone al servicio de una producción de lujo en plena emergencia mundial
En la ficción, los principales conflictos suceden entre los huéspedes de clase alta, con su actitud de derecho adquirido sobre el hotel, y los trabajadores, sobre todo representados en la figura de Armond, el gerente del hotel a quien pone rostro Murray Bartlett. Las fricciones por asuntos nimios como habitaciones, detalles de servicio o caprichos aparentemente menores esconden las estructuras de poder que rigen su día a día. Algo que también se ve reflejado en el personaje de Belinda (Natasha Rothwell), la terapeuta del spa convertida en soporte emocional y gurú improvisada para clientas ricas que la usan como muleta afectiva sin ofrecerle la seguridad económica que le prometen.
El gran acierto de The White Lotus es que absolutamente todos sus personajes son odiosos. También aquellos que, en otro contexto, tratarían de buscar el reflejo del espectador. Así, la hipocresía de los ricos supuestamente progresistas también queda expuesta al aire, demostrando cómo perpetúan con sus actos un sistema que denuncian con sus palabras.
Segunda temporada: el privilegio masculino sobre las mujeres
La segunda temporada de The White Lotus se desplaza a Sicilia, donde un nuevo grupo de huéspedes llega al resort con la promesa de unas vacaciones ideales. En el reparto solo repite el personaje de Tanya (Jennifer Coolidge), la rica heredera que busca sentido a su vida y que vuelve a poner en juego su vulnerabilidad frente a hombres que desean su dinero y su cuerpo. En esta ocasión, la serie se centra mucho más en el poder masculino, representado sobre todo en las historias de la familia Di Grasso (abuelo, padre e hijo). Sobre el papel, descendientes de migrantes sicilianos que quieren reconectar con sus orígenes.
En esencia, los Di Grasso son un catálogo de masculinidades tóxicas. El abuelo (Murray Abraham) vive en la nostalgia del seductor, el padre (Michael Imperioli) arrastra una adicción al sexo que ha destrozado su matrimonio y el hijo (Adam DiMarco) se presenta como el clásico salvador que desea romper el patrón familiar. Sin embargo, el encuentro con Lucia, una escort local interpretada por Simona Tabasco, y su amiga Mia (Beatrice Grannò) les pone frente al espejo. Todo ello en un contexto en el que las chicas jóvenes locales solo pueden relacionarse con el lujo como trabajadoras sexuales o del entretenimiento.
La otra gran historia de la temporada se articula alrededor de dos parejas estadounidenses: Cameron y Daphne (Theo James y Meghann Fahy), matrimonio aparentemente perfecto y despreocupado, y Ethan y Harper (Will Sharpe y Aubrey Plaza), pareja de nuevo rico y abogada hipersensible a las dinámicas de poder. En su caso, lo interesante es observar cómo las vacaciones sirven para potenciar grietas en su relación que, de lo contrario, con la vorágine de la rutina, hubieran quedado ocultas. Una muestra de que los viajes de cinco estrellas no siempre son la experiencia catatónica que parecen desde fuera, sino un amplificador de tensiones y deseos que el resto del año se disimulan bajo la productividad y la vida doméstica.
Tercera temporada: espiritualidad y capitalismo del bienestar
La tercera temporada de The White Lotus ha sido la más divisiva entre los fans, lo que no implica que no tenga defensores acérrimos. Sobre todo porque la trama del asesinato, que ya existía en las dos entregas anteriores, aquí coge un mayor peso. Una decisión creativa que, seguramente, obedezca a la intención de no cansar a la audiencia ofreciendo el mismo producto que en temporadas pretéritas. No obstante, eso no quiere decir que la hipocresía de las clases dominantes no tenga un peso específico en el producto.
En esta ocasión, la serie se traslada a Tailandia. Allí conoceremos a un nuevo grupo de huéspedes, entre los que destacan la familia Ratfill, que llega buscando paz y acaba atrapada en una espiral de culpa y deseo de control; y el grupo de amigas de toda la vida que usan el viaje espiritual como escenario para ajustar cuentas afectivas. Un envoltorio de mindfulness y paz espiritual que contrasta con las dinámicas violentas que existen en su día a día y que quedan representadas de manera explícita en el desenlace de la temporada.
La traición a los principios budistas del personaje de Gaitok (Tayme Thapthimthong) a cambio del trabajo de sus sueños es quizá la imagen más clara de cómo las estructuras violentas están por encima del individuo, subyugándolo en ocasiones contra su voluntad. Del mismo modo, figuras como Belinda, que regresa en esta tercera entrega, se ven empujadas a negociar dinero y estabilidad emocional dentro de ese mercado del bienestar, aceptando compromisos que tensionan sus propios valores. En resumen: nadie está a salvo ante la coacción de la máquina.
Un mismo verano torcido, pero con tres disfraces distintos
Vistas en conjunto, las tres temporadas de The White Lotus funcionan como variaciones sobre la misma idea: el verano de lujo nunca es un paréntesis inocente del mundo, sino un escenario donde se concentran las desigualdades que lo sostienen. Quizá por eso la serie resulta tan incómoda como adictiva: porque recuerda que, incluso en vacaciones, nunca dejamos de estar dentro de las mismas jerarquías que preferimos no mirar de frente.

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