Público
Público

El 'txotxomorris' y otras corridas peligrosas

Vall de Uxó, Castellón, el municipio celebra estos días "la semana popular taurina de las peñas en fiestas"

OSCAR ABOU-KASSEM

Nada más llegar a la Vall de Uxó (Castellón) lo entiendo: esta noche tampoco toca descansar. Mi habitación está a escasos metros del recinto ferial donde los jóvenes lugareños disfrutan hasta las tantas con la potencia de los altavoces al límite. El municipio celebra estos días "la semana popular taurina de las peñas en fiestas". En cualquier otro sitio serían las fiestas del pueblo, pero es que en la Vall, lo extraño es el día en que no hay fiesta, y sobre todo, con toros en la calle. O como dicen aquí "bous al carrer". Entre abril y octubre se reparten 22 festejos. Tanta es la gana de fiesta que se inventaron un patrón: "San Querer". Porque yo lo valgo.

Las peñas son el alma de las fiestas y el motor económico para que puedan venir las mejores ganaderías. "Para los ganaderos esto es como la NBA. La nota que tengan sus toros en el concurso es la que marca luego su caché para el resto de pueblos", me cuenta Ximo en la peña Los Lechugas. Han terminado la cena servida por un catering y me están dando un máster en encierros. El ambiente es de lo más familiar y se puede ver a padres e hijos adolescentes compartiendo mesa todos con la camiseta verde oficial de la peña. La cuota para comer y beber toda la semana es de 210 euros. Los mayores se están preparando unos mojitos en la alargada mesa plantada en medio de la calle. Aquí todos son taurinos. "A los que no les gustan los toros se van al festival de Benicàssim", dice Miguel señalando hacia el municipio vecino.

Por la Vall pasan más de cien toros todos los años. Los tiempos han cambiado y ya no se matan delante del personal. Miguel parte de un axioma: el animal no sufre. "Puedes ver todo tipo de matanzas en Biafra, pero no podemos ver cómo matan al toro porque los niños luego tienen trastornos". Los toros son un acto social y cada día tienen uno o varios eventos con cuernos de por medio. Siguiendo el programa de festejos me acerco a la plaza donde confirmo un temor: el look a lo Cristiano Ronaldo está marcando de forma trágica a casi toda una generación de jóvenes valencianos.

Cada peña tiene asignado un pequeño recinto con barrotes (cadafal) en el lado que da a la plaza. Se sortean todos los años ya que los más codiciados son los que están a la sombra en la tarde. Su instalación es supervisada para que la distancia entre cada barrote sea la misma. Unos dos palmos. Por ahí no entra una vaca. La estructura tiene dos plantas, en las dos están de botellón y con comida. Es mediodía y el calor es asfixiante. Hoy hay lleno. Los balcones de los edificios colindantes también. No doy crédito a la música que me llega desde la megafonía: "Que te como el txotxomorris que te lo voy a comer". Entre los clásicos básicos de la charanga se cuelan canciones de Amaral y Black Eyed Peas.

El improvisado albero es una plaza con una fuente y una serie de obstáculos para los animales. Los jóvenes pasan el rato de espera tirándose cubos de agua. Suenan los cohetes y dos minutos después llegan los toros. Ninguna mujer en la arena. Están con los abanicos en las gradas desmontables. Parece un concurso de testosterona. Con la suelta de vaquillas comienza el carrusel de espontáneos y aprendices de recortadores. Alucino con el tío que ha bautizados a las reses. "A continuación saldrá la número 212. La senyoreta de la rambleta". El objetivo principal parece ser tocar al animal a su paso. Con una palmada una patada o con un palo, los menos. Los menos valientes desde dentro de las verjas (llamadas aquí rateras).

"Las vacas están frescas y estos van de resaca", dice una madre desde el segundo piso de un cadafel. Un adolescente se lleva un revolcón y acaba con el pantalón lleno de jirones. El miedo al ridículo es lo que le impide retirarse. Los menores de 16 tienen prohibida la entrada al ruedo. Los abuelos no. Un sexagenario se lo pasaba pirata regateando a las vaquillas entre las ruedas de tractor.