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La última batalla de los guardianes de Gutenberg

Umberto Eco y Jean-Claude Carrière defienden en una conversación la inmortalidad del papel y su convivencia con el formato electrónico

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A Jean-Claude Carrière (Francia, 1931) le gusta hablar. Lo hace de una manera pausada y cuidadosa. Como si al hacerlo estuviera dictando. Hablamos en su casa sobre su último libro, una larga conversación con Umberto Eco en la que ambos defienden los libros a través de la literatura oral. Nadie acabará con los libros es el título del libro, publicado por Lumen, en el que se transcribe un diálogo sin pautas, en París en casa de Carrière y en Montecerignone en la de Eco.

El italiano reniega con su particular sarcasmo del soporte electrónico: '¡Pasémonos dos horas leyendo una novela en el ordenador y nuestros ojos se convertirán en dos pelotas de tenis!'. Eco considera el e-book un instrumento muy limitado, ya que 'depende de la electricidad y no permite leer en la bañera, ni tumbado de costado en la cama'.

'Nunca podrá ocupar el lugar de un incunable', reconoce Carrière

Jean-Claude Carriere tampoco cree en la desaparición del libro de papel, porque 'nunca hemos tenido más necesidad de leer y escribir que en nuestros días'.

Carrière nos recibe en su casa, está sentado en un sillón que ha adoptado su forma. Los dos gatos de Carrière comparten sofá con los invitados en un enorme salón donde la luz fluye a través de dos grandes ventanales. Es su territorio y la primera vez que lo visitó Borges, antes de que se acabara de remodelar, lo llamó boceto. Ahora, sin embargo, tiene el aspecto de un hogar cálido, al gusto de su dueño, lleno de pasado.

No en balde estudió Historia. Aunque pronto lo dejaría por una labor nueva: la de crear, durante 19 años, historias al lado de Luís Buñuel. Carrière colaboró con el genio aragonés en la creación de grandes clásicos como Belle de Jour, El discreto encanto de la burguesía y Ese oscuro objeto del deseo.

'Quemar o destruir lo que un pueblo ha escrito es borrarlo de la historia'

Buñuel sería sólo el primero de una larga lista de directores entre los que están Milo? Forman o Jacques Tati. Su trabajo de traductor, actor, dramaturgo, guionista, además del de escritor, no es tan conocido como sus guiones para películas como El tambor de hojalata o La insoportable levedad del ser.

Está feliz. Esta mañana le ha llegado la traducción al chino de Nadie acabará con los libros, pero se disculpa modestamente. No cree que sea mérito suyo, sino de Umberto Eco, su compañero en la portada.

En Nadie acabará con los libros miran a la cara al futuro: el e-book e Internet. Se ríe. A él, que a sus 78 años de edad ha escuchado tantas voces apocalípticas que hablaban de la desaparición del cine con la televisión, o de la radio o la del teatro o la de la ópera..., la posible desaparición del libro no le quita el sueño. 'Están llamados a convivir', dice. 'Yo mismo tengo un e-book y me resulta cómodo. Para viajar por ejemplo. Pero mi e-book, a día de hoy, ya está obsoleto. Nunca podrá ocupar el lugar de un incunable', reconoce.

No obstante, no se atreve a negar la importancia de Internet: 'Es el lugar donde se anula el tiempo. Es cierto que uno necesita mucho para adecuarse al sistema y para luego encontrar lo que se quiere, pero en sus entrañas Internet tiene algo de mundo suspendido: en él no hay ni presente ni pasado ni futuro. Es el nuevo paraíso o infierno de Dante. La idea budista del camino medio: el que discurre entre lo bueno y lo malo, entre el cielo y la tierra. Eso es Internet. Y estoy deseando ver ese futuro en el que, mediante mi ordenador o lo que sea, pueda entrar directamente en las bibliotecas'; parece que no falta mucho.

Hay algo que a Jean-Claude Carrière le preocupa más de la cuenta y lo recoge en el libro con Umberto Eco: la rapidez con la que todo se queda viejo. 'Por ejemplo, en el cine parece como si necesitáramos anular el pasado, como si todas las películas buenas necesitaran un remake. ¿Cuántas versiones de Drácula nos quedan por ver?', pregunta irónico.

La charla se ve interrumpida por una llamada de teléfono. Se disculpa. Le piden que inaugure una exposición sobre el arte de la India, en el museo del Quai Branly. Explica que, después de la publicación del Mahabarahta, cada vez que hay algo que tiene que ver con la India, lo llaman. Le sucede lo mismo con México, cuya cultura asimismo le fascina y de la que también ha escrito.

Cuando habla de los aztecas o los mayas, se emociona lo mismo que si estuviera hablando de cine. Como buen bibliófilo, no hay nada que lamente más que la desaparición de los antiguos códigos a mano de los españoles. 'Quemar o destruir lo que un pueblo ha escrito es hacerlo desaparecer, borrarlo de la historia'. Haber podido leer los diarios de Cristóbal Colón o las cartas de la propia mano de Hernán Cortés que conserva la familia Alba en Madrid supuso para él toda una experiencia.

En Nadie acabará con los libros, los autores discuten, se escuchan, ilustran sus ideas con ejemplos. Carrière sostiene la tesis de que en la historia siempre se han dado lo que él llama grupos de intelectualidad. Amigos que se apoyan los unos a los otros, que están en contacto permanente y que tienen un impulso creativo común, como puede ser el grupo de Bloomsbury, los surrealistas o la Nouvelle Vague.

¿Contamos hoy con algún grupo así? 'Ciertamente no. Quizá en México. Los cineastas como Iñárritu, Cuarón, Del Toro que se apoyan los unos a los otros. ¿Van a perdurar en la historia del cine? Es pronto para decirlo. Pero la semilla está ahí. Veremos qué queda al final de Kiarostami, por ejemplo. El desastre para nosotros, como europeos, es la desaparición de cualquier forma de arte en Italia. Berlusconi ha asesinado toda la creación italiana. A día de hoy, no queda nada', tajante.

Para Carrière el papel de la escuela como motor de nuevas propuestas creativas es esencial. No por sus profesores, ni por sus enseñanzas, sino por el sentimiento de grupo: 'Yo lo llamo pedagogía de la cafetería', explica. Cruzamos un comedor burdeos y otro salón hasta que llegamos a una escalera de madera.

'Todos tenemos en la estantería esos grandes clásicos que sabemos imprescindibles, pero que nunca tenemos tiempo de leer. O las ganas. A mí, cada vez que me preguntan qué libro no he podido terminarme, siempre respondo que Bella del Señor, de Albert Cohen. Y créeme, desde la primera vez que lo dije no he dejado de recibir cartas de gente que me comenta que ellos tampoco han podido hacerlo', se sincera.

Ahora acerca una pila de libros, tan sólo una quinta parte de los que ha escrito. 'Leer ocupa mucho, mucho tiempo, pero es como una enfermedad. Uno no puede leerlo todo y, sin embargo, quisiera poder hacerlo', reconoce. Así que cada vez que le preguntan responde como Umberto Eco: 'No puedo leer tanto si aún tengo tanto por escribir'. Asiente, supone que se llevará a la tumba unos cuantos libros. '¡Espero que entonces tenga tiempo para dedicarme a leer!', suelta entre risas.

Jean-Claude Carrière nació y creció en el campo, sin ningún tipo de formación artística. Recuerda que cuando llegó a París, a los 13 ó 14 años, tuvo su primer contacto con la pintura. Las primeras exposiciones a las que acudió fueron de artistas de los cincuenta: Dalí, Mirò No sabía nada de la pintura figurativa, hasta que un amigo lo llevó a Alemania, a la pinacoteca de Munich. 'Recuerdo cómo ante un cuadro de Rubens tuve que sentarme'.

Defiende la identidad y la particularidad del lenguaje de cada pueblo. A veces este resulta intraducible. Señala uno de sus libros, un diccionario amoroso, sólo ha podido ser traducido al alemán, porque 'es un idioma que admite la creación de neologismos. 'En castellano resulta muy curiosa la cantidad de palabras que tenéis para hablar de los tejidos. La calidad de las telas, la textura, la caída, el tejido y que no tienen traducción', flores del autor. 'También me sorprende la capacidad de blasfemar del español. La cantidad de insultos que tiene. El español tiene ese sonido de jota que parece que sale de dentro, de las tripas y que te recorre entero'.