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Viaje por la frágil piel de Tàpies

El restaurador Jesús Marull recuerda sus 30 años de trabajo mano a mano con el artista catalán

PEIO H. RIAÑO

Tú eres la extensión de mi brazo', le decía el maestro a Jesús Marull, el restaurador que ha trabajado con él durante 30 años, asesorándole, guiándole, recomendando lo que debía hacer para que la obra le sobreviviera. Especialista en Antonio Saura, Luis Feito y Manolo Millares, sólo intervenía por necesidades técnicas: 'Cuando el artista está creativo, está creativo y tú no puedes retenerle y explicarle que hay cosas que no se conservarán'. Marull ha estado en la cocina de Tàpies, conoce cada rincón de sus creaciones, cada grieta consentida, ha sido el pediatra de sus criaturas y ahora es el médico de cabecera que cuida de la salud de unas pinturas muy frágiles.

Precisamente porque la mayor virtud de Antoni Tàpies era su condena, recibía de buen agrado en su taller al médico. El maestro utilizaba materiales industriales (como el barniz para suelos), de desecho (como un zapato viejo o una bombilla), orgánicos (como la paja seca), con la tensión de encontrar un lenguaje propio que fuera perenne. La caducidad de la obra del pintor catalán ha sido uno de los grandes retos de los equipos de restauración y conservación de los museos en los que se conserva su obra, desde el Reina Sofía, donde se cuenta con una numerosa representación, a la Fundación Tàpies, donde Marull trabajaba mano a mano con el propio artista.

'Le encantaba ver cómo se agrietaba la obra', cuenta Jesús Marull

'Antoni era un pensador, un filósofo, en realidad él escribía un diario de sus pensamientos con la materia orgánica que empleaba. Escribía sus sensaciones en el cuadro', cuenta a este periódico desde su taller de restauración, en Barcelona. 'La obra de Tàpies no se destruye, eso es un mito. Sí es realmente complicada de conservar, pero basta con la misma atención que un óleo sobre lienzo', asegura el especialista en técnicas pictóricas contemporáneas.

Marull, que se inició en la restauración de frescos románicos, llegó al contemporáneo hace casi cuatro décadas y desde entonces han pasado por sus manos obras de los principales representantes de las vanguardias del siglo XX español. 'Hay que leer la piel de la obra, es lo más importante', cuenta.

Tàpies actuaba con sus materiales condicionado por su estado de ánimo. Su escudero recuerda que los dramas políticos o sociales no escapaban a la inquietud del artista en el taller. Lo dicho, un diario íntimo de sus pensamientos. 'Había una actitud política evidente, sobre todo al principio, pero luego llegaron los planteamientos filosóficos', explica. Le recuerda leyendo mucho y ensimismado.

Corrían los años setenta, Tàpies iniciaba el camino de su madurez así como España lo hacía hacia la democracia. Reivindicaba sus posiciones nacionalistas y su oposición a la dictadura, a través de palabras y signos. Son los años en los que marcha a Montserrat en protesta por el proceso de Burgos, por lo que fue encarcelado.

Era el momento de eliminar definitivamente todo lo que tuviera que ver con el naturalismo anecdótico o descriptivo, practicado por los académicos y los realistas sociales, que además estaba definitivamente resuelto por el cine y la fotografía. 'No tardaríamos en darnos cuenta de las ventajas que tenía el solo hecho de ampliar el método de la regla y el compás y adentrarse en la interrogación del mundo de impulsos más espontáneos, orgánicos, incluso de lo que se llama amorfo, de lo ambiguo, del azar, de la insinuación y hasta de lo incorrecto e inacabado; o del valor expresivo que puede tener el gesto, lo caligráfico, tal como enseñaba también la pintura china y japonesa', escribió en 1975.

Rebusca por tiendas de rastrillo los modelos que utilizó Antoni Tàpies Sin olvidar el tercer elemento esencial: la textura, y el aprovechamiento de determinados materiales que por sí mismos tenían una gran fuerza expresiva. Tanto, que todavía no han dejado de latir. Marull recuerda cómo los cuadros pasaban por su taller antes de ser exhibidos por primera vez, y cómo las fotografías que se hacían sobre sala, con los cuadros aún frescos, más tarde no servían como documentación, porque la obra seguía respirando.

La piel de la obra muta a manos del tiempo. 'Le encantaba ver cómo se agrietaba la obra, aunque los contrastes de temperatura y humedad les sentaba fatal y provocaba desconchones. Durante el proceso de secado de sus pinturas, la obra variaba. Las rasgaduras y grietas se multiplicaban, pero esa era la obra y esas sus intenciones', señala Marull. Una grieta no cambia nada.

'Estas obras son complicadas de restaurar o intervenir cuando están dañadas', señala Jorge García Gómez-Tejedor, jefe de restauración del Museo Reina Sofía, que comparte con Marull una dilatada experiencia con la vida de la obra de Tàpies. 'He visto arañazos en sus obras y es muy difícil corregir, porque esas texturas son muy complicadas. En muchos casos es mejor dejarlas como están antes que dejar que se note la cura. Son obras delicadas por los materiales que aplica, son difíciles de manipular y muy frágiles, pero no tienen problemas de inestabilidad', diagnostica el restaurador.

Hay otros problemas, como la reposición de materiales industriales que se rompen, como una bombilla o un zapato, de la misma marca y época que el original. Marull está acostumbrado a buscar por tiendas de rastrillo los modelos que utilizó el maestro, para respetar la creación. 'Hay que respetar la obra tal y como la creó Tàpies, y buscar el elemento que haga falta reponer. Se debe ser impecable y si algo se ha roto reemplazarlo para reintegrar la estética original de la obra'.

Desde el Reina Sofía advierten que todavía no ha pasado el tiempo suficiente para saber cómo van a evolucionar los materiales, orgánicos e industriales, que empleaba el artista. Basta con imaginar la tensión que debe soportar un lienzo con tanta carga de materia.

De cualquier manera, los experimentos materiales de Tàpies no eran ejercicios de artificios. En 1971, escribió una breve reflexión, titulada Personalidad, perennidad y juego, en la que desmontaba una 'nueva aberración': pensar que la solución al dogmatismo ideológico consistía en vaciar la obra de contenido y llenarla de forma. 'Olvidan que forma y contenido son abstracciones teóricas inseparables en la realidad', clamaba contra esa supuesta modernidad. 'El abuso de la experimentación lúdica incontrolada puede llevar a la gratuidad más frívola y más estúpida', sentenció.

'Son obras difíciles de manipular y muy frágiles', dice otro restaurador El componente ético, político y público, se desplegó de diversos modos en la obra del pintor fallecido en la tarde del pasado lunes. 'En los cincuenta y sesenta, fue ético, una capacidad transformadora de crear comunidad de efectos. En los sesenta y setenta se transforma en un compromiso político muy fuerte. Y en los ochenta se transforma en un compromiso público', subraya Manuel Borja-Villel, director del Museo Reina Sofía, que se plantea hacer una gran revisión de la obra de Antoni Tàpies.

El artista catalán escribió también en aquellos convulsos años que la cultura podía 'chocar con la legalidad establecida'. 'La cultura, aunque parezca raro, comporta así también en toda buena tradición una gran dosis de valentía, de independencia de juicio y de desafío frente a cualquier conminación u orden que oprima o censure'.

La libertad por encima de todo. El galerista Miguel Fernández-Cuesta destaca la coherencia de su pintura en defensa de la libertad y la democracia. Guillermo de Osma destaca su preocupación por lo visual sin olvidar 'ciertos momentos' de compromiso, aunque 'acabó siendo marqués'. 'La pregunta que me hago es: ¿por qué Tàpies no tiene la misma presencia en el mercado internacional que tiene Alberto Burri (1915-1995)?'. Quizás la libertad de sus experiencias llegó más lejos de lo que el mercado está preparado para aceptar.