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De vinos por la Toscana aragonesa

El Somontano conjuga deportes de riesgo y una oferta vinícola de calidad

ISABEL REPISO

La región del Somontano vive sumergida en el cliché. No sólo se la asemeja a la Toscana por su paisaje, sino que la pequeña localidad de Alquézar es conocida como la 'pequeña Francia'. No en vano, el pueblo resurgió del abandono gracias al turismo del otro lado de los Pirineos, vinculado a la Sierra de Guara y al Cañón del río Vero por las posibilidades que ofrece para practicar barranquismo y otros deportes de riesgo. Aún no se sabe si es más efectivo hablar francés o castellano, llenas como están las plazas y calles de Alquézar de grupos escolares y parejas procedentes del Hexágono.

La realidad es que el Somontano poco tiene que ver con la Toscana. Para empezar sufre un clima continental, de temperaturas extremas tanto en invierno como en verano, lo que sitúa a la región en una posición muy favorable para la producción de vinos y embutidos curados.

El Somontano se extiende en la provincia de Huesca entre 300 y 400 metros sobre el nivel del mar. La ausencia de cipreses y la distancia con el Mediterráneo lo aleja de la fisonomía toscana. A cambio, posee una gastronomía única que se sustenta en la cabra y la oveja para la producción de lácteos y en las variedades de la uva autóctona (moristel y parraleta) para la industria vinícola.

La Denominación de Origen del Somontano agrupa a 32 bodegas de reciente creación (salvo Lalanne, fundada a finales del siglo XIX), lo que hace a la comarca muy atractiva a los ojos del turismo enológico. Enate, situada en la localidad de Salas Bajas, es la bodega más conocida, con una producción de 3,5 millones de botellas al año. Con una filosofía menos industrial y más artesana se sitúa Blecua, con una capacidad máxima para albergar 18.000 kilos de uva.

Especial atención merece su tinto Secastilla, elaborado con uva garnacha a unos 750 metros de altitud sobre el mar y a 35 kilómetros de Barbastro. En el apartado de los blancos destacan los Flor de Chardonnay 2008 y Flor de Gewürztraminer 2007, de bodegas Laus.

La proliferación de bodegas en los últimos 15 años ha favorecido una cultura del maridaje en la que se han integrado exóticas mermeladas de la comarca, como la de pimientos, tomate verde o naranja con nueces. Una de las marcas más laureadas (y que se distribuye en toda la península mediante la línea Gourmet de una importante cadena comercial) es Elasun, formada por dos vecinas de Barbastro, Elena y Asunción.

Con el mismo mimo artesanal, la quesería Val de Cinca proporciona desde Fonz (a media camino entre Barbastro y Monzón) queso de oveja curado elaborado con leche cruda y un cremoso yogur de oveja, presente en la carta de restaurantes cercanos, como el Casa Samper, en la localidad de Salas Altas. Regentado por un artista local y su mujer, ofrece un menú degustación por 45 euros.

Otros productos típicos son la gallina trufada, la longaniza de Graus, el chocolate a la piedra de Benabarre, los aceites de oliva de Adahuesca, Bierge y Costean, y los quesos de Radiquero y Frexneda.