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Wes Anderson asombra en Cannes con una historia de amor prepúber

El director estadounidense inaugura el festival con 'Moonrise Kingdom'

ÁLEX VICENTE

Sam es el chico más odiado de su tropa de boy scouts. Suzy no tiene más amigos que una depresión precoz. Sam sabe que la poesía no tiene por qué rimar para serlo. Suzy se siente especial por ser zurda y escuchar canciones en francés. Sam es aficionado a la cartografía. A los hermanos de Suzy les gusta escuchar a Purcell. Sam no tiene padres. Suzy desearía no tenerlos. "Siempre quise ser huérfana. La mayoría de mis personajes favoritos lo son", le dice ella. A lo que él responde, atónito: "Te quiero, pero no sabes de lo que estás hablando". Ambos tienen doce años, se comportan como adultos y viven una historia de amor maldita, a la altura de unos Romeo y Julieta de campamento scout.

Ni Bruce Willis, ni Edward Norton, ni Bill Murray. Estos dos personajes, situados en algún punto entre el universo de J.D. Salinger y el de Charles M. Schultz, protagonizan lo nuevo del director Wes Anderson, encargado de descorchar la sección oficial del Festival de Cannes, donde la película ha sido acogida con un aplauso tan tibio como incomprensible en la proyección previa para la prensa.

Los rumores apuntaban a un cambio de rumbo. Anderson ha respondido con una película inscrita en la continuidad, pese a haber adoptado a actores como Edward Norton o Bruce Willis. El primero parecía nacido para aparecer en sus películas. El segundo libra una interpretación discreta y sensible, sin duda la mejor de toda su carrera. Moonrise Kingdom, que llegará a España el 15 de junio, empieza y termina en una casa de muñecas situada en una isla perdida en Nueva Inglaterra, allá por 1965, antes de que la revolución sexual pusiera punto final a ese tiempo pretérito que Anderson parece idealizar. Entre el principio y el fin, los protagonistas viven la aventura de sus vidas. Sam decide escapar y Suzie le sigue, como si fueran antepasados de Margo Tenenbaum y su amante prohibido.

De hecho, Anderson no ha asumido grandes riesgos respecto a lo que sabe hacer tan bien: indagar en las grietas de ese mundo perfecto a simple vista, en el que cada detalle visible en un plano parece responder a tres tesis doctorales y un estudio de opinión. Y, pese a la sobreabundancia de travellings horizontales y otros recursos utilizados sin cesar en su filmografía, Wes Anderson es mucho más que un Scorsese de función escolar de colegio pijo. La película está impregnada de una adusta melancolía que alcanza su cúspide en un par de secuencias altamente emotivas. La mejor acompaña a los dos protagonistas observando una playa desierta que han convertido en paraíso a su medida, en el que se produce una incómoda iniciación al sexo que parece impropia del púdico universo del director. Puede que sea más irregular que sus películas más brillantes -Academia Rushmore y Los Tenenbaum siguen pareciendo la cúspide de su filmografía- pero ojalá todas las obras menores fueran tan maravillosas como esta.

Las lágrimas de Polanski. La primera jornada, relativamente calmada, permitió descubrir el documental Roman Polanski: A Film Memoir, donde el director se libra a un ejercicio de expurgación tan poco interesante en la forma -se trata de un sencillo documental puntuado por polvorientas imágenes de archivo y montado con una mezcla de pereza y desidia- como apasionante en el contenido. El encargado de conducir la larga entrevista con Polanski es su íntimo amigo e histórico productor, Andrew Braunsberg, que se acercó a su casa de Gstaad durante el arresto domiciliario de 2009 y tras su liberación, nueve meses más tarde. El resultado condensa las virtudes y los defectos que siempre supone el hecho de dejarse entrevistar por alguien próximo. Por una parte, se establece un espacio de intimidad que permite que Polanski revele e incluso rompa a llorar al recordar la muerte de sus padres en el ghetto de Cracovia y de su esposa, Sharon Tate, a manos del desequilibrado Charles Manson. Por la otra, la benevolencia del entrevistador respecto a su sujeto parece, por momentos, excesiva. El capítulo correspondiente al abuso a una menor que engendró este extravagante asunto judicial no parece tratado de manera auténticamente profesional. Sin embargo, perduran en la memoria esas lágrimas tan exóticas en el rostro de un personaje como Polanski, al que creíamos protegido por el cinismo como chaqueta antibalas.

Andrea tiene razón. El día en que François Hollande nombró el primer gobierno plenamente paritario de la historia francesa será también recordado, por lo menos por algunos, como la jornada inicial de un festival en el que, de los 22 aspirantes a hacerse con la Palma de Oro, no hay ninguno que sea mujer. El asunto ha generado cierto debate en Francia, donde cineastas y personalidades firmaron una carta abierta en Le Monde tratando a los responsables del festival de machistas. La polémica resurgió ayer en la rueda de prensa de presentación del jurado oficial, presidido por un Nanni Moretti que está teniendo derecho a unos "Monsieur le Président" que ya quisiera Hollande. Nadie se mojó en exceso, excepto la directora británica Andrea Arnold, que compitió hace unos años por Fish Tank. "Hubiera odiado que seleccionaran mi película por ser mujer, como si fuera una limosna. Y, al mismo tiempo, me parece una lástima y una decepción que no haya ninguna. Somos la mitad de la población y tenemos voces que merecen ser oídas", dijo Arnold, que se dijo "sorprendida" por haber sido presentada antes que los hombres del jurado por el moderador de la rueda de prensa. "Hubiera sido mejor por orden alfabético", le dijo. El moderador, algo incómodo, le respondió: "Es que soy francés". Iba con ironía, pero pareció la metáfora perfecta de un festival algo chapado a la antigua y al que, como opina el mismo Hollande sobre el tratado europeo, le falta "una parte dedicada al crecimiento". En la sección oficial de este año no sólo no hay ninguna mujer, sino tampoco ningún debutante.