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Se busca al Madrid

Bilbao se coloca a un partido de la final tras arrollar a los blancos por 17 puntos

ALBERTO CABELLO

En un playoff no hay lugar para muchas sorpresas. Cada equipo expone en su escaparate todo lo que tiene. Desde ahí se decide el mejor conjunto. Lo que se ha visto en los tres partidos de esta serie destila una falta de liderazgo y de toma de decisiones abrumadora en el Real Madrid. Pasan los minutos, pasan las posesiones sin que ninguno de los pesos pesados organice una minicumbre en mitad de la pista o sin que el entrenador interprete algún gesto que denote molestia o enfado con lo que sucede en la pista. Ni siquiera Llull se inmutó cuando cometió la tercera falta personal aún en el segundo cuarto. Ni el ogro Messina ni el bonachón Molin le han pillado el punto a esta plantilla.

Al otro lado del parquet todo lo contrario. Lo más nimio se exagera, se barroquiza. Ese gesto solidario en el que un jugador se lanza por un balón que se marcha por la línea de fondo se convierte en toda una celebración. Una ceremonia que ejemplifica el estado de sobreexcitación de los bilbaínos. No se percibe el miedo al explorar un territorio tan exigente como una semifinales de la ACB.

Así que para empezar, la actitud de unos y otros andan tan distanciadas como los dos polos. Luego, en el esqueleto del partido, las señales tampoco son buenas para los blancos. Tan malas que a los vascos sólo les falta un partido para confirmar una de las grandes sorpresas en la historia de la liga ACB.

Los vascos han reconducido su vértigo hacia una frénetica excitación

Al Real Madrid le duró la animosidad tres o cuatro posesiones. Esas en las que estuvo encima de la línea de pase hasta arañar el balón. La enseñanza de lo que sucedió en el segundo encuentro pareció surtir efecto. Pero no. De pronto el agujero negro. La nada.

Bilbao se animó con el baloncesto callejero de Aaron Jackson. Corría la pista con los arabescos del que se cree en un parque. O remataba en una penetración o asistía para el triple de un acertadísimo Blums. Hervelle y Mavroedis se fajaban bajo los tableros en busca de cualquier migaja que saliera escupida del aro. A veces en el baloncesto las ganas miden más que los centímetros.

Los de Katsikaris se subieron a las barbas de un Madrid en el que sólo Llull aportaba algo de energía. El resto andaba en la inopia. Acabó el primer cuarto con ocho puntos de desventaja, el segundo con 12. Mientras, todo salía a la perfección en los locales. Cualquiera que salía del banquillo aportaba algo.

Molin necesita aplicar un lavado de cerebro para no caer mañana

El tercer cuarto fue el único momento en el que los blancos estabilizaron su pulso. Y lo consiguió gracias a un héroe inesperado. Sergio Rodríguez salió de un letargo que los más mal intencionados datan desde ese partido del Mundial de Japón de 2006 ante Argentina. Molin le dio un vuelco al quinteto con tres bases y ahí el Madrid se sintió de lo más cómodo. Había partido con diez minutos por delante y sólo ocho puntos de desventaja.

Pero otra vez lo inexplicable. El equipo experimentado, el resabiado en este tipo de circunstancias se dejó arrollar por el novato. Y nadie pegó un grito, nadie dijo basta. Bilbao disfrutó de un final de partido celestial con una ventaja que estaba ya cerca de los 20 puntos. A 48 horas del cuarto partido, Molin deberá intentar un lavado de cerebro para reconducir una situación a día de hoy complicada. Más allá de la derrota o la victoria, la reputación del Madrid está en juego.