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La claustrofobia de Henry

Henry no se encuentra a gusto. El futbolista francés afirma que no encuentra espacios para desarrollar su juego y da la impresión de que el equipo no está dispuesto a jugar pensando en él.

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La claustrofobia futbolística no figura en ningún tratado de medicina deportiva. Es, sin embargo, la principal razón para que Thierry Henry esté viviendo un suplicio en el equipo azulgrana. Basta ver la celebración de gol ante el Almería del fichaje más caro del Barça el pasado verano para comprender que algo falla.

El astro francés, que siempre presumió de no inmutarse tras marcar porque su admirado Michael Jordan tampoco sonreía cuando encestaba, corrió como un loco hacia el córner después de anotar a portería vacía. Hizo el avión y se lanzó sobre sus piernas con tan mala suerte que su rodilla izquierda se quedó trabada en el césped. Dolió con sólo verlo.

La imagen escenifica la decepción del barcelonismo con un futbolista que suma cinco tantos en 12 partidos: tres los logró rematando a placer, y dos más en acciones de uno contra uno con el portero. Ni rastro de sus carreras y de sus golazos desde fuera del área, y pocos destellos de magia.

La falta de espacios

“Tiene que acostumbrarse a  un equipo que no sólo juega para él, sino para otros dos”, dice uno de sus compañeros. “Sabe que sus actuaciones no son lo esperado, pero mentalmente está bien y en los entrenamientos ya demuestra que es el más rápido del equipo”.

Otro integrante del vestuario expone que su problema es de adaptación al esquema táctico. “A Titi le he visto muy contrariado tras algunos partidos por los pocos espacios que encuentra sobre el césped”, dice.

“Para un jugador como él, al que le cuesta salir, es fundamental recibir en largo, en profundidad. Necesita mucho espacio para desbordar a los defensas”, añade, “pero aquí ya se sabe que cada semana nos encontramos con un autobús”.

En el cuerpo técnico lo ven de otro modo. “Estamos acostumbrados a delanteros explosivos, como Etoo o Messi, que lanzan un sprint tras otro, que aparecen constantemente”, dicen. “Henry es distinto: él, más que el tiempo, mide el espacio. Calcula  mucho sus esfuerzos y, si ve que le faltan metros, prefiere esperar”.

Otro asunto que preocupa en el club es la adaptación del francés a su nueva vida. Recién separado de Claire Merry, con quien tiene una hija, en el vestuario le han detectado “bajones”. “Hay días en que hace bromas y se le ve muy contento”, dicen. “Pero también ha habido semanas en que llega hablando por el móvil y nada más terminar de ducharse vuelve a cogerlo”.

Son los efectos secundarios del catenaccio, capaz de convertir al eterno aspirante al Balón de Oro en un delantero que se alegra cuando marca a portería vacía y en fuera de juego.