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La cuarta oportunidad

La sorprendente Rumanía, posible rival de España, conserva su opción en el ‘grupo de la muerte’

ALFREDO VARONA

En Victor Piturca (Orodel, 1956), seleccionador de Rumanía, se advierte el desafío, el golpe de efecto o la necesidad diaria de reivindicarse. De futbolista, fue un hombre que vivía en el área. Ahí hizo muy buenos negocios con el azar. Salió un goleador que fue Bota de Bronce en 1987. Pero, como entrenador, muestra un perfil más misterioso. No hay nada que quiera prestar al azar. Se pasa la vida viendo vídeos, leyendo, traduciendo revistas y enterándose del último modelo: la información es poder. Se dice de él que es obsesivo, inteligente e íntegro. Hasta muy bueno tácticamente. “Parece italiano”, dicen los futbolistas.

Con ese parecido de cara con el actor Andy García, a Piturca le separa de él su tremendo hermetismo. De eso se quejan los periodistas rumanos. Si fuese por él, no tendrían que escribir al día siguiente. Pero nadie le discute los derechos de autor de este grupo de jugadores. Su silencioso trabajo ha tenido respuesta: Rumanía es un buen equipo. Piturca lo llama “la cuarta oportunidad en el grupo de la muerte”. Pero sobre todo ha recuperado el compromiso popular. Atrás queda la indiferencia de años pasados. En Rumanía, donde casi nadie pasa por delante de una Iglesia sin hacerse la señal de la cruz tres veces, desde hace semanas todas las plegarias se dedican a la selección, sean adolescentes, ancianos y hasta militares con o sin graduación.

La gente valora a esta selección que por fin ha autorizado el talento del problemático Adrián Mutu y que ha descubierto a Chivu como “el mejor mediocentro del mundo”. Al menos, eso dicen al otro lado del Danubio. Y eso es obra de Piturca, que habla, que negocia con el jugador y, si hace falta tirarse hasta la madrugada con Mutu convenciéndole de que puede ser el mejor, lo hace.

La biografía de Piturca muestra a un hombre que nunca se acostumbró a ser uno más. De haberse callado, hubiese dirigido a Rumanía en la Eurocopa 2000, pero chocó con el poder. Era la última época de Hagi, que quería mantener los lazos con el pasado: la vieja anarquía que hizo de Rumanía una delicia en el Mundial de EEUU-94. Pero ya no era lo mismo: habían pasado seis años y no hay jugador que cien años dure. Ni siquiera Hagi en Rumanía.

Compañero de generación del rebelde Lacatus, Piturca hizo carrera como entrenador en el Steaua y regresó al equipo nacional. No fue un tránsito cualquiera. Fracasó al primer intento al no clasificar al equipo para el Mundial 2006. Pero el país se fió de él y lo mantuvo hasta completar su obra. Ha sido posible. La Rumanía de hoy nada tiene que ver con el pasado. Entonces, era la inspiración de los viejos coroneles. Hoy, es el orden, la pausa y el balón pegado al piso. Lo demostró ante Francia en un partido simplemente correcto. Aceptó más cancha frente a Italia, pero falló al sacar el revólver.

Frente a Holanda, hay lugar para la hazaña: Rumanía sigue viva. Es lo que toda la gente agradece a Piturca. Hasta Hagi, canoso y gordo, nada que ver con el ego del pasado. Piturca ha logrado un grupo fuera de sospecha. Lobont, un portero que ha dado mil vueltas, lleva una Eurocopa fabulosa. Goian es el capataz de la defensa. Chivu es la voz, el hombre que lleva el negocio en medio campo. Junto a él está Dica, el portento del Steaua. Y, una vez que la pelota pasa al campo rival, tiene gente muy espabilada frente al gol: Marica, los hermanos Niculae o Mutu, que ya no deja nada al azar. En su caso, por superstición. Por eso lleva la ropa interior del revés, para conjurar a la mala suerte. O eso piensa él.