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La familia de Scolari

Los jugadores idolatran al seleccionador portugués

ALFREDO VARONA

El día que Luiz Felipe Scolari hizo campeón a Brasil (Mundial 2002) ya tenía el permiso nacional para retirarse a una vida más cómoda. Pero el que lo conoce sabe que eso es imposible. Scolari necesita del desafío permanente. Se lo enseñó su padre Benjamín cuando era un mocoso. De esa idea no se despega el entrenador. Tampoco de su inigualable culto a la religión católica, que le ayuda en los mejores y en los peores momentos, como aquel puñetazo a Dragutinovic, jugador de Serbia.

Desde esa personalidad, se puede explicar lo que es hoy Portugal. En su grupo, hay futbolistas con una etiqueta descomunal. No sólo es Ronaldo. También Simao, Moutinho... La mayoría tiene más dinero que cualquier presidente de Estado. Sin embargo, en la selección, hacen un equipo, lo que no siempre es fácil cuando se reúne tanto genio. Ninguno se deja envenenar por el orgullo. “Se me hace duro estar tanto tiempo fuera de casa. Por eso, me aferro a lo que tengo aquí, y lo que tengo es una familia”, resume Ricardo, el portero.

Y ese responsable es el seleccionador Scolari, un tipo al que echan de menos 180 millones de brasileños. Algo debe tener. Su pinta no es nada fotogénica. Parece en permanente mal genio. Pero no es hombre de látigo. Scolari fue defensa, como su padre, y aprendió que la peor manera para recuperar la pelota es pegar patadas. De ahí su fijación por el diálogo. Y siempre va a la cara. Lo lee todo, lo examina todo. En febrero, sabe hasta lo que pesan los jugadores. Y si ve algo malo, lo dice. “El que siga con el culo gordo se quedará fuera”, advirtió este año. Cosas así justifican su inmensa credibilidad ante el futbolista. Justifican a Portugal, en una palabra.