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Kaká llega en buena hora

El brasileño marca el tanto de la victoria en un partido épico. El Madrid se puso por delante con un tanto de Raúl, que marcó el gol cojo y fue sustituido. El Zaragoza jugó muy agresivo

LADISLAO J. MOÑINO

 

Con todos. Los que estaban y los que llegaron este verano. Con el agua al cuello. Con la Liga escapándosele entre los dedos, en medio de un partido bronco y entrecortado por el exceso de faltas y una grada volcanizada, Pellegrini desparramó por el campo todo lo que tenía para seguir soplando en la nuca al Barça. Tiró el chileno de Raúl, de Benzema y de Kaká acuciado por las lesiones de Van der Vaart y del propio Raúl y por la necesidad.

Fueron Raúl y Kaká los que concretaron que el Madrid siga en la senda del título desde la épica.  Cojeando, cuando ya había pedido el cambio, a Raúl le llamó el instinto. Ese sexto sentido que alumbra una carrera plena de goles oportunos. De resquicios que él ha encontrado como nadie. Raúl sintió la llamada del área, la del gol decisivo. Allí apareció, como tantas veces, para empujar un balón fácil que le regaló Cristiano después de dos rechaces de Roberto. Lo difícil es escoger el momento para arrancar, interpretar cada paso previo al desenlace para presentarse antes que los defensas al remate. Ahí Raúl es único.

Ya se había presentado cuando le tiró un desmarque a Guti en el área. Chutó cruzado, pero entre Roberto y el palo le privaron del gol. Raúl, que había entrado por Van der Vaart, que se rompió al cuarto de hora, abandonó el campo lesionado, pero con la alegría de un juvenil. Esta vez no le dieron minutos de la basura. Le dieron un partido por resolver y no defraudó. Ese es el rol con el que envejecieron dignamente Juanito o Santillana. A Raúl, hasta este partido, no se lo habían concedido. Contra el Zaragoza sí y cumplió: aún guarda los secretos del área.

Luego, el turno fue para Kaká. Colunga había empatado y el Zaragoza se atrincheraba con diez jugadores por la expulsión de Contini tras un codazo a Higuaín. No tuvo tiempo el brasileño de elaborar, pero cuando se vio ante Roberto definió con la categoría que se le supone. Como Raúl, Kaká se presentó a tiempo. Cuando más le necesitaba el Madrid, la estabilidad del proyecto. Leyó un pase interior de Cristiano y con la derecha le cruzó el balón a Roberto. Cuestionado por la excesiva duración de su lesión y sospechoso de estar pendiente más del Mundial que de la Liga, Kaká se redimió para el madridismo.

Antes de que Raúl abriera el marcador, Cristiano había perdonado la ocasión más clara que tuvo el Madrid. Fue en el primer tiempo. Solo ante Roberto, chutó con muy poca intención, casi al centro. También tuvo que soportar la cacería a la que fue sometido. Sobre todo por Ponzio, que le buscó los tobillos. Contini también le firmó la cara con el codo. Hasta Gabi le atizó.

Al Madrid le costó descifrar ese partido de trincheras. La que diseñó Gay en la pizarra y la del juego subterráneo. No tuvo más intención el Zaragoza que tratar de vivir de un pase a la espalda de los centrales y defender en su campo con nueve futbolistas.

La elección de Gay para suplir a Arizmendi, que no pasó la prueba previa al partido, acentuó esa propuesta física y directa. Colocó por detrás de Suazo a Abel Aguilar, un medio centro. De la batalla que hubo en cada disputa salió malparado Suazo, que no aguantó que se le saliera el hombro por segunda vez. Su sustituto, Colunga, también tuvo que dedicarse a esperar ese balón traicionero. Se lo entregó Abel Aguilar al poco de que Raúl marcara y lo aprovechó. Ramos remató al palo un cabezazo que estiraba la agonía. Entonces llegó la hora de Kaká. Una aparición que puede valer una Liga.