Este artículo se publicó hace 15 años.
Noche grande cuando sólo hubo un balón
El Sevilla se impone al Villarreal en un partido vibrante y con goles (3-2)
Hasta la indumentaria de Juan Carlos Garrido de blanco y oro, equipado con el chándal oficial del club evidenció que el Villarreal reservaba sus mejores telas para el arranque del choque. Hubo que esperar, pero finalmente lució el esmoquin. Este partido en el Sánchez Pizjuán hace unas semanas hubiera sido una final por la Champions para ambos conjuntos, pero los patinazos del Sevilla le quitaron caché al asunto. Los de Manzano han bajado un piso y ahora pelean por la segunda competición europea.
Esa Liga Europa es la que distrae a los castellonenses en la disputa doméstica. La tentación es conectar el piloto automático, aunque la filosofía de Garrido no conoce noches en blanco. Si se sucumbe es con el balón y en la portería contraria. Este equipo ya tiene una reputación como para regalar un partido por la excusa de otro torneo.
Los de Garrido, con poca garra, regalaron la primera media hora
El Sevilla aprovechó ese primer cuarto de hora de profundo sesteo amarillo para enfilar el triunfo con dos muy buenos goles. Ejecuciones magníficas, pero que llegaron a partir de errores de los visitantes en conceptos primarios. Ni Bruno ni Matilla dieron abasto para contener el empujón de los locales en ese pequeño espacio de tiempo.
Zokora rajó del ombligo a la garganta el engranaje defensivo del Villarreal con una de sus galopadas posesas en busca de no se sabe muy bien qué. Sin embargo, esta vez dio en la tecla. Cantó línea y bingo. Llegó hasta el borde del área ya casi rendido por el esfuerzo cuando Musacchio se interpuso en su camino con la pelota ya más cerca del portero que otra cosa. Falta y tarjeta amarilla para el defensa, pero lo peor estaba todavía por llegar. Rakitic lijó el poste de Diego López con un magnífico lanzamiento de falta.
Sin tiempo para la digestión, Negredo le ganó la zancada a Catalá en busca de un pase de Perotti. Primero potencia. Luego, clase. La que tuvo para elevar sobre la salida del portero.
El lanzamiento de pelotas al campo en los últimos minutos afeó la cita
Garrido, entonces, escenificó otro partido con Catalá desplazado al centro de la zaga y Marchena haciendo compañía a la pareja del mediocampo. La idea infundió sangre y más posesión a los levantinos. Al fin apareció ese Villarreal que tanto gusta de la conducción por dentro, de la conexión de Cazorla con la pareja de delanteros. Es este un equipo sublime cuando se rodea del balón y endeble si vive a su merced. El día y la noche.
El partido ganó quilates cuando la contienda se jugó de tú a tú. Ambos equipos se dejaron el pellejo en el césped en una batalla preciosa. No anda muy sobrado el Sevilla de contundencia en la zaga para detener a un equipo con tantas variables. Sin Medel, Javi Varas sostuvo la última atalaya con enormes paradas.
El Villarreal llegó a recortar distancias por dos ocasiones. Era un martilleo constante: Ruben, Nilmar, Cazorla,Cani. Sólo un chispazo de Romaric le dio algo de oxígeno al Sevilla. La intensidad y belleza del partido se vio empañada por la impresentable costumbre que se ha instalado de parar el partido con balones lanzados al campo en los últimos minutos.
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