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Villa se desahoga

Justo después de fallar un penalti, el asturiano desenreda la cita con un golazo y lo celebra con rabia. España se mete en semifinales como primera de grupo y Suráfrica le acompaña gracias al tropiezo de Irak

 

JOSÉ MIGUÉLEZ

El banderín no tenía culpa de nada. Pero Villa fue hacia el córner a la carrera, le dio una patada y lo dejó hecho trizas. Llegó a esa esquina embravecido, estirándose la camiseta y jurando en hebreo a gritos. El desahogo clásico que sucede a un gol, multiplicado por mil en este caso por las circunstancias particulares del asturiano.

Por el penalti que había enviado a las manos de Khunes apenas un minuto antes y, sobre todo, por el vaivén al que entre unos y otros sometieron a su futuro durante los días previos y que a estas horas sigue sin conocer con exactitud. Villa no estaba siendo Villa, ni dentro ni fuera, y ese gol fue el reencuentro consigo mismo, la reconciliación con su oficio de delantero, el puñetazo encima de la mesa contra sus alrededores.

No fue un gol cualquiera, además. Fue importante, porque desenredó un partido comprometido, en el que a España le estaba costando encontrarse, en el que Suráfrica andaba sobreexcitada. Y fue una hermosura, un golazo, por cómo bajó el balón en una baldosa del área y rodeado de adversarios, y por cómo lo cruzó al palo contrario con la izquierda, cuando parecía que no había tiempo ni espacio para armar un remate.

Gracias a ese arrebato de Villa, España acabó la primera fase de la Copa Confederaciones con la autoridad que anunciaba su hegemonía vigente. En lo más alto, pulverizando todas las rachas conocidas en el mundo de las selecciones y sin un solo gol en contra que lamentar. En suma, sin un rasguño. Bueno, sólo los que ocasionaron las afiladas botas con las que decidió calzarse el equipo anfitrión.

Y eso que, al principio, exactamente hasta el gol, España no se asemejó a España. En parte, porque echó en falta de manera imprevista la ausencia de sus laterales principales. Parecía un puesto menor, el más intrascendente de la selección perfecta. Pasaban casi como un contratiempo geográfico por este equipo de juego iluminado y estadísticas demoledoras.

Una demarcación que ocupar por pura obligación, pero sin sustancia ni influencia en el engranaje mágico. Y, sin embargo, España lloró ayer con insistencia la ausencia voluntaria de Sergio Ramos y Capdevila. El madridista, además, soporta unos cuantos prejuicios, la sensación de que dilapida unas facultades portentosas por su tendencia a los alardes, los caprichos y la exageración. Pero su sustituto, Puyol, sometido a comparaciones, pidió a gritos el retorno a perpetuidad del titular.

Finalmente, los laterales son mucho más que una ayuda en esta selección. Son más bien una prolongación imprescindible, una salida letal al fútbol de mayoría por el medio que propone la España de los jugones, defensas que actúan de extremos. En suma, un elemento vital en el ataque, que es a lo que dedica la mayor parte del tiempo este equipo.

Fue precisamente por esos costados por donde se rompió la armonía y el juego elaborado. Arbeloa no se asomaba por su lado y Puyol lo hacía por la derecha, pero para desafinar y regalar la pelota. Correcto y racial en los asuntos defensivos, el azulgrana aporrea el teclado cuando toca elaborar.

Fue posiblemente por ahí, tras media docena de combinaciones que morían en nada en cuanto la pelota quemaba las botas de Puyol, por donde España se desanimó. Y por donde Suráfrica, que al principio sólo lo intentó a patadas, se vino arriba. No funcionaba la selección y a Xavi, muy apretado además, le costaba encontrar socios en la distribución de la pelota.

Durante el último cuarto de hora del primer tiempo, Suráfrica, que se había ceñido antes a la destrucción, a responder a mordiscos la posesión rival, se animó a perderle el respeto a los nuestros incluso en ataque. Por un momento, con aventuras que siempre pasaban por los pies de Pienaar, España lo pasó mal, peor que nunca. Llegó viva al descanso porque Suráfrica carece sin remedio de remate. Endurece el gesto, pero a la hora de la verdad se derrite víctima de una pegada de mantequilla.

Justo lo contrario que Villa, que conserva la dinamita incluso cuando le obligan a jugar descentrado. Tras su tanto, Suráfrica se acabó. España se cosió la pelota al pie y ya jugó a lo suyo. No siempre consigue jugar con el mismo brillo y la misma precisión, pero el marcador siempre la despide igual. De su parte.