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Aguirre admite que ha quedado en minoría

Afirma que ahora es ella el «verso suelto» // La dirección atribuye el voto en blanco a Madrid, País Vasco y delegados cercanos a Costa

María Jesús Güemes

Los dirigentes de la Comunidad de Madrid están tremendamente disgustados. En el Ayuntamiento, se sienten felices. Es la cara y la cruz del Congreso Nacional del PP que ayer finalizaba con la clara victoria de Alberto Ruiz Gallardón sobre Esperanza Aguirre.

La dirigente madrileña no ocultaba su malestar. Para Aguirre ha habido un cambio de papeles. Ahora es ella quien se ha quedado en minoría y se siente “el verso suelto dentro del poema”, tal y como se definió en su día Gallardón al sentirse como la nota discordante del partido. Ahora, la lideresa ha visto como ha perdido fuerza en el nuevo organigrama y ayer reconocía que echaba “en falta” a “muchas personas” como Ignacio González, Francisco Granados, Gabriel Elorriaga, Manuel Pizarro…

También comentó que no se había sentido “muy escuchada” y que esperaba que la nueva secretaria general, María Dolores de Cospedal, “integrara a los que no están”. Con lo que le espera, la nueva número dos del PP trataba de arreglarlo diciendo que, si esa era su sensación, Aguirre podía “hacer rimas con todo el mundo” porque se trataba de “uno de los mejores valores del partido”.

Sus palabras no consolaban a los dirigentes madrileños, entre los que el enfado se iba extendiendo. Es más, en una absoluta muestra de rebeldía los dos hombres de confianza de Aguirre, Ignacio González y Francisco Granados, no asistían a la clausura por no haber sido incluidos en la lista.

El líder del PP ha ganado el Congreso pero no va a lograr que las voces se acallen. Tal vez sólo la de Aznar, quien ayer aseguraba que volvía a quedarse “mudo” otra vez. Salvo esa excepción, parece que a Rajoy le espera un camino plagado de espinas porque ahora hay un sector crítico oficial que le hará la vida imposible al no creer en su liderazgo. Pero él, tal y como ha reconocido en privado, pensaba que era lo que debía hacer. Era consciente de que tenía que premiar a los que le habían ayudado y castigar a los que le habían hecho la vida imposible. Para su círculo, sin duda alguna, era “lo justo”.

Rajoy pensaba que Aguirre podía darse por satisfecha al colocar a dos de sus consejeros: el de Sanidad, Juan José Güemes, y el de Justicia, Alfredo Prada. Mientras él se escudaba en esos nombramientos, los que le rodeaban trataban de cerrar el debate. Gallardón aseguraba que los críticos estaban “presentes o representados”. Se debía referir, tal y como apuntaba más de uno maliciosamente, al caso de Carlos Aragonés, quien había sido reemplazado por su mujer, Lucia Figar.

Francisco Camps enfatizaba que en la nueva dirección estaban “todos”. Y Federico Trillo insistía en que los críticos que habían deseado integrarse lo habían hecho y “el que no está es porque no ha querido”.

A esa polémica se añadía también la de los 409 votos en blanco. En el PP pensaban que eran los de algunos compromisarios de Madrid, otros, del País Vasco y de personas cercanas a Costa. Había quien desde la dirección lo resumía así: “Han sido aquéllos que se han creído que hemos cambiado de principios aunque eso no haya ocurrido nunca”.

El nuevo portavoz del PP, Esteban González Pons, destacaba que con ese resultado no podía organizarse una candidatura alternativa. Eran muchos los que lo repetían a la salida del cónclave, quitándole hierro al asunto.
Pero no todos estaban contentos. Mayor Oreja se encargaba de recordar el precio pagado por Rajoy: la marcha de María San Gil. “El tiempo dirá que siempre ha dicho la verdad”, sentenciaba. El presidente del PP de Álava, Alfonso Alonso, prefería pasar página porque “no va a volver”.

María del Mar Blanco, el nuevo fichaje de Rajoy, aseguraba que su nombramiento no implicaba un distanciamiento de San Gil, a la que seguía considerando su “gran referente”.

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