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Carrillo a Fraga: "Envejece más ser de derechas"

El ex líder del Partido Comunista de España evidencia la tirantez con el padre del PP

JUANMA ROMERO

Años y años bombardeando al personal con aquello de que fumar mata y al final basta un segundo para derrumbar la teoría:

–¿Que qué le aconsejo yo a Manuel Fraga? Pues que fume. Mi secreto es el cigarrillo. Y que deje de ser de derechas, que envejece mucho más.

Doctrina científica de uno que sabe, Santiago Carrillo. Fumador de la primera hora, comunista también de la primera hora. Protagonista absoluto, con Fraga, del documental Últimos testigos, estrenado en el Festival de Málaga, presentado ayer en Madrid y en las salas desde este viernes.

No comparecieron ante la prensa juntos, sino por separado. No comparten siquiera el mismo documental sobre sus vidas. Cada uno actúa en el suyo, por mucho que participen del mismo proyecto. Fraga, en la pieza dirigida por José Luis López-Linares. Carrillo, en la firmada por el cineasta Manuel Martín Cuenca.

Ya no son nada uno del otro. Nunca lo fueron, aunque la historia les reuniera. “Fraga y yo hemos estado peleados toda la vida. No es un secreto. Hemos estado en campos opuestos. Hicimos el esfuerzo de comportarnos en la Transición. Pero hoy, si habláramos de política, saldríamos tarifando a los 10 minutos. Mis relaciones con Fraga son corteses. Afinidad, ninguna”. Una carcajada del auditorio respondió al ex secretario general del PCE. Siempre lúcido, cómplice. De talante opuesto a un Fraga desabrido, tirante, casi ininteligible con sus 86 años, sentado en ese trono de los demiurgos que se creen por encima del bien y del mal. “Hemos tenido relaciones cuando había que tenerlas”, farfulló el ministro y embajador de Franco, el titular de Gobernación de Arias Navarro manchado por los sucesos de Vitoria, el fundador de AP-PP, el líder de la Xunta durante 16 años. “Dice que envejezco mal. Él sabrá. No me ha perdonado aquel 59 segundos, en TVE”, rememoró Fraga.

Fue el pasado diciembre, cuando atizó a Carrillo con Paracuellos. Un episodio que el ex líder del PCE, en 1936 consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, desmenuza en Últimos testigos. “No di la orden de liquidar a esos prisioneros. Di la orden, de acuerdo con el general Miaja, de evacuarlos. No había un poder del Estado real. El Estado estaba destruido. Me enteré de lo de Paracuellos dos días después, y por el embajador de Noruega. Luego hubo más sacas, aunque no tenía posibilidad de controlarlas”, explicó Carrillo. Pero sí, “hubo atrocidades” de los dos bandos, dijo, “muy difíciles de evitar”.


Algo más que la sangre política les aleja. Fraga asume que pudo cometer errores –“Quizá he sido un hombre autoritario”, afirma en el documental–, pero se adorna con la complacencia: “Estoy bastante conforme con mi pasado”. No fluye en él la emoción, que tiene ya “superada desde hace tiempo”.

En Carrillo palpita la pasión, asegura, “como cuando tenía 19 años”. Y tiene 94. Pone gesto de congoja cuando recuerda la ruptura total con su padre, Wenceslao, el día en que supo que había “traicionado” a la República, en marzo de 1939, o cuando reconoce su “fracaso” por no saber construir una izquierda eurocomunista con asiento electoral. Pero nunca perderá, dice, su alma, España. Y su color: “El rojo”.