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De cazar reses salvajes, a disfrutar de su sufrimiento

Los primeros casos de ensogados en España datan del siglo XVI

JAVIER RADA

Es muy difícil discernir de dónde vienen estos espectáculos como el del toro ensogado. En Tierras del Ebro, como en Sant Jaume d’Enveja, responden llanamente: “de toda la vida”. Es una tradición transmitida de padres a hijos. Los niños son acercados a la jaula que protege a los asistentes en la plaza y les indican que cuando sean hombres podrán estar allí. O les muestran el toro ensogado lo más cerca posible bajo la misma enseñanza. En la mayoría de los municipios catalanes, estos espectáculos, agrupados bajo el nombre de correbous, datan, de modo documentado, del siglo XIX.

En el resto de España hay constancia de su práctica desde el siglo XVI, y estarían agrupados bajo la expresión, también genérica de “correr al toro”. Para los expertos taurinos, los ensogados podrían provenir de la caza de los toros salvajes o de la conducción de la ganadería primitiva. Rituales nacidos por necesidad (ya sea alimenticia o de culto religioso-pagano) que posteriormente serían cristianizados como el Toro de San Marcos, en Beas de Segura (Jaén).

En el Delta del Ebro, por ejemplo, las reses fueron utilizadas para domesticar la selva natural con los primeros colonizadores. “Se necesitaban reses muy vivas que no se ahogaran en los humedales”, explican los ganaderos. Y de ahí, su uso posterior.

El ensogado es un rito muy extendido en España y tiene su máxima representación en el Ensogado de Benavente (Zamora). En el municipio de Lodosa (Navarra), hay constancia de que se realizó uno por sus calles en 1892. El ensogado derivaría de la caza de estos animales vivos mediante el uso de lazos lanzados a su cornamenta, de modo similar al de los rodeos. Esta tradición pudo llegar al Delta del Ebro por su cercanía con la Comunidad Valenciana, o por las influencias aragonesa y navarro-castellana que proporcionó la autopista fluvial. Además, existen diversas modalidades, en las que se pueden utilizar desde una cuerda a dos, dando la primera mayor libertad al toro y, en principio, un menor sufrimiento.

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