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'Cerebros' latinos en la sombra

En España viven más de 1.100.000 centroamericanos y sudamericanos, de los que el 33% procede de Ecuador

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El abogado ecuatoriano César Ganchoso, de 40 años, ha pasado los últimos 11 meses limpiando baños, mesas y cristales en un edificio de oficinas de Barcelona. Su visado de turista caducó en diciembre de 2004 y desde entonces deambula por España en busca de un puesto de trabajo en la economía sumergida. “Tarragona, Alicante, Barcelona, Madrid... Es difícil encontrar empleo sin tener papeles, pero trabajaré donde haga falta para quedarme en España”, asegura.

Como él, miles de profesionales como el futbolista internacional Lupo Guerrero (Ecuador), la bióloga Inés Comilla (Colombia) o el médico Cosme Sainz (Argentina) trabajan como cuidadores, camareros, limpiadores u obreros. Forman parte de una colonia de más de 1.100.000 latinoamericanos que han llegado a España huyendo de las crisis económicas de Argentina o Ecuador o las políticas de Colombia, Venezuela o Perú, entre otros países. Por procedencia la mayoría son ecuatorianos (33%), colombianos (21%) y peruanos (9%).

Aunque la mayoría de la colonia llega a España sin titulación universitaria, su nivel educativo es superior al del resto de inmigrantes. “Las clases bajas de sus países de origen no pueden comprar un billete de avión para España y los que emigran suelen ser gente medianamente preparada”, explica Carlos Malamud, investigador principal de América Latina del Real Instituto Elcano. Pero señala un riesgo para sus países: “Esta fuga de cerebros es una gran pérdida de capital humano y a largo plazo devastará sus economías, aunque ahora se esté compensando con las remesas”.

En 2007, los inmigrantes enviaron desde España 8.269 millones de euros. De éstos, Latinoamérica recibió el 70%, a pesar de que su colonia sólo representa el 33% de los extranjeros que viven en el país.

Regularización o retorno

César es el principal sostén económico de sus padres, que viven en Ecuador, y cada mes les envía 150 euros. Estas remesas apenas cubren sus gastos de alimentación y han desinflado el sueño del ahorro con el que llegó a España: “Creía que todo iba a ser más fácil. Si lo hubiese sabido, habría venido más preparado o, tal vez, me habría quedado en Ecuador”. Sin embargo, César mantiene su ilusión y echa cuentas del dinero que necesita para comprar una casa en su ciudad natal, Guayaquil: “Con 25.000 euros podré comprar una de tamaño medio. No necesito muchos lujos”.

Pero a día de hoy, la principal preocupación de César es la regularización de sus papeles. Al entrar en los pasillos de la estación de metro de O’Donnell (Madrid) anda nervioso y mira constantemente a sus espaldas. La policía le detuvo hace un mes en un intercambiador de autobuses cercano y todavía sigue con el miedo en el cuerpo. “Sin papeles, he pasado de luchar por la defensa de la Justicia como abogado a estar perseguido por ella en España. ¡No soy un delincuente!”, exclama impotente.

Los agentes no le multaron, pero iniciaron un expediente de expulsión del país contra él. El proceso durará varios meses y espera que sus años en España le ayuden a conseguir el permiso de residencia por arraigo. Por ley, un extranjero puede regularizar su situación si demuestra que vive en el país desde hace más de tres años, “pero el expediente complicará la situación”, explica Marta Rivera, abogada especializada en inmigración.

Por irregular, César no puede acudir a las oficinas de trabajo del INEM y sus únicos recursos son sus amigos y los anuncios breves de prensa. Uno de sus primos le ha acogido en su casa de Madrid, donde vive con su esposa y una desconocida pareja paraguaya a la que realquilaron una habitación del apartamento.

El ocio en comunidad

Al llegar el sábado, calma sus angustias con su primo y algunos amigos, con los que pasa el día entre los pinos y encinas del parque de la Casa de Campo de Madrid. Allí, todos los fines de semana se reúnen miles de latinoamericanos para comer, bailar y olvidar las largas jornadas de trabajo. César come un plato de carne de cerdo frita, con mote (maíz grueso) y una salsa especiada. A escasos metros, un tipo ejerce de peluquero al aire libre y la música reggaeton de Daddy Yankee se mezcla con el merengue de Wilfrido Vargas.

Este tipo de concentraciones se produce todos los fines de semana en diversos puntos del país, como los Comederos del Prat, en Barcelona, o la Avenida 1º de mayo, en Murcia. Pero las malas condiciones higiénicas en las que queda la zona han despertado las críticas de los vecinos y algunos inmigrantes. “Las reuniones son necesarias, pero la gente tiene que comportarse de forma cívica. Si se habilitasen espacios públicos especiales sería mucho más fácil”, demanda Raúl Jiménez, portavoz de la asociación Rumiñahui.

Otro de los entretenimientos de la colonia es el fútbol, su deporte más popular. Cada fin de semana se juegan entre 50 y 60 ligas regionales latinas en España, de las que 15 se disputan en la capital. “El deporte es un elemento especialmente importante para los inmigrantes. Es sano y es una buena excusa para encontrarse con amigos y familiares”, dice Washington Tobar, vicepresidente de APEM, la asociación que organiza la principal liga del país con más de 3.500 jugadores.

Aunque no juega a fútbol, César apela a otros factores integradores ajenos al deporte: “Los españoles y latinos tenemos un humor, lengua, cultura y aficiones muy parecidos”. Al igual que los colonos españoles del S. XV trajeron el cacao, el tabaco o la patata, los nuevos ciudadanos han llenado las discotecas con su música y los supermercados con yucas, mates o frijoles. Costumbres, sabores y sonidos que hacen de Latinoamérica algo más que una simple cantera de mano de obra.