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Gangrena política

La trama Gürtel va minando el liderazgo de Rajoy en el PP cada día que pasa

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Una pregunta recorre de abajo a arriba todas las estructuras del PP: '¿Qué está pasando?'. Pero cuando llega a arriba, sólo encuentra, en el mejor de los casos, respuestas poco convincentes y nada tranquilizadoras. A cada paso que da, Mariano Rajoy se hunde un poco más a ojos de sus propios correligionarios y del conjunto de los españoles.

La primera entrega del sumario del caso Gürtel ha sumido en la perplejidad a la inmensa mayoría de los cuadros del PP que, hasta la divulgación del contenido de la investigación judicial, lo más que aceptaban era la posibilidad de algunos casos aislados de enriquecimiento personal y en cuantías relativamente moderadas.

Los críticos vuelven a sacar la cabeza y creen que la situación es cada vez más insostenible

Ahora, bases y cuadros caminan cabizbajos, sumidos en el desconcierto por la falta de información e indignados ante algunos comportamientos sórdidos que trasladan una imagen colectiva del PP que no se corresponde con la conducta de la inmensa mayoría de sus miembros.

Falta por conocerse el contenido de las otras dos terceras partes del sumario y, mientras que Ricardo Costa amenazaba con tirar de la manta desde Valencia y Esperanza Aguirre se daba un respiro en Madrid, encajaba en el puzle la pieza de Baleares con la imputación del ex presidente Jaume Matas.

Cuanto más insiste la dirección del PP en la vertiente de la presunta corrupción de algunas manzanas podridas, más sospechas se extienden sobre la vertiente de la presunta financiación ilegal del PP. Que el reguero pase por Valencia, Madrid, Castilla y León, Galicia y Baleares hace difícil de creer que no pasara también por otros territorios. Cuando la política se convierte en negocio, no conoce fronteras.

Rajoy fue el coordinador de las campañas electorales del PP en 1996 y 2000

La bomba activada por Ricardo Costa, ex secretario general del PP valenciano, es de racimo. En la biografía política de Rajoy, figura el dato de que fue el coordinador de las campañas del PP en las elecciones generales de 1996 y 2000, una posición desde la que hay que esforzarse mucho para no percatarse de nada de lo que pudiera moverse alrededor. Y si nada sabe, ¿por qué no ha ordenado una investigación interna para averiguar a qué tiene que enfrentarse, cuando todo el mundo está convencido de que lo que está por saberse será peor que lo ya conocido?

El 13 de octubre se vivió en el PP como un auténtico martes y 13. Fue el día en que un secretario regional Costa se rebeló contra su presidente, un presidente autonómico Camps engañó a su jefe de filas, otro Antonio Basagoiti rompió la disciplina de voto y el jefe de filas Rajoy vio su autoridad hecha añicos ante la opinión pública. Es la secuencia típica que precede a la proliferación de los reinos de taifas.

Pero la responsabilidad que tienen Rajoy y la dirección nacional del PP va más allá de sus militantes y de sus más de diez millones de votantes. No sólo está en juego el futuro electoral inmediato del PP, sino el propio sistema de partidos políticos por su descrédito social. Por exagerado que pueda parecer en estos momentos, basta con echar un vistazo alrededor para ver cómo partidos que fueron de Gobierno han pasado a estar al borde de la extinción: el Partido Socialista y la Democracia Cristiana en Italia o el Partido Socialista en Holanda, por citar algunos ejemplos y no acudir a la socorrida Unión de Centro Democrático.

La primera entrega del caso Gürtel es un certificado en toda regla de que el PP sufre una gangrena que afecta al cuerpo del partido y, antes de que se extienda hasta la médula y produzca un daño irreparable en los órganos vitales, exige intervenir con el bisturí y, si fuera menester, hasta con la sierra.

Así lo creen los críticos con Rajoy, que ya no temen ser vistos en grupo, sea por Valencia, como Juan Costa y Eduardo Zaplana, o en la cafetería del hemiciclo del Congreso. La crítica tiene dos denominadores comunes: en los seis años que lleva al frente del PP, ha sido incapaz de articular un proyecto político alternativo y ahora ha quedado al desnudo su falta de autoridad.

El PP camina a rastras hacia un congreso extraordinario de refundación. Por más que en Génova la sola mención a esta posibilidad erice los cabellos, es ya lugar común en los cenáculos conservadores. En alguno de ellos, se ha esbozado la teoría de las tres G para intentar hacer el retrato robot de la persona que tendría que asumir la dirección del partido.

La primera G se refiere al criterio generacional: lo más aconsejable sería un veterano de acreditada trayectoria pública y sin contaminar, dispuesto a ser un líder de transición para pasar la aspiradora por debajo de todas las alfombras. La segunda G remite al criterio geográfico: no debería ser ningún barón, sino alguien sin ataduras territoriales y conocedor de los entresijos de la política en la Corte y Villa. La tercera G alude al género: no se descarta que pudiera ser una mujer.

El problema de esta teoría es que ni siquiera a quienes la formulan les sale el nombre que encaje en ese retrato robot. Podría ser Rodrigo Rato, pero el ex vicepresidente sólo volvería para quedarse y no quiso hacerlo cuando era más fácil. Podría ser Alberto Ruiz-Gallardón, pero sus compañeros mantienen la creencia en que el alcalde de Madrid nunca ganará un congreso de su partido en el que se vote libremente.

Mientras que Camps invoca a Gandhi, pero practica el silencio de la omertá, el alcalde de Madrid lo ejercita como fuerza de retroalimentación. Cuanto más alumbra la hoguera, con más fuerza retumba el silencio del alcalde. Puede que tenga otra corazonada.

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