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Homosexuales bajo el yugo de Franco

'Testigos de un tiempo maldito' recoge en un documental y una exposición de retratos las consecuencias de la persecución padecida por personas gays durante la dictadura

PATRICIA CAMPELO

Las hemerotecas dan fe de cómo el término homosexual estuvo ligado durante muchos años a dos tipos de crónicas: la negra y la rosa. Un hombre gay solo ocupaba la atención mediática por ser el presunto autor o cómplice de un delito o bien por su presencia sobre el escenario y justificada su orientación por la sensibilidad artística. Crímenes o folletín acabaron siendo los clichés que la prensa les otorgaba. Tal era así que había quien se veía en la necesidad de salir al paso de los rumores que ponían en duda heterosexualidades: 'No soy homosexual', rezaba un titular de ABC de diciembre de 1978. El autor de esta aseveración era el cantante Rafael, que argumentaba: 'Tal vez fui un chico muy mimado, delicado, muy apegado a las faldas de mi madre; pero todo esto en contra de mi voluntad'.

En el apartado de crónica negra, con frecuencia figuraba el dato sobre la orientación del presunto delincuente: 'Alguien apunta que pudiera tratarse de un homosexual, aunque parece que este extremo podría ser descartado', elucubraba una crónica de julio de 1966 sobre el presunto autor del asesinato de tres jóvenes en Benidorm. Al margen del tratamiento informativo, el mero hecho de tener la condición de homosexual bastaba para acabar en la cárcel o en campos de concentración para gays, como el de Tefía (Fuerteventura). Las mujeres lesbianas, en cambio, estaban invisibilizadas.

La arquitectura jurídica del franquismo favorecía un clima de miedo que impedía moverse con libertad. La ley permitía medidas preventivas contra este colectivo y tratamientos como la lobotomía y los electroshocks para erradicar lo considerado como una enfermedad. Los suicidios y las violaciones en prisión eran frecuentes. Había cárceles específicas en Huelva y Badajoz, y en la Modelo de Barcelona, Valencia y Carabanchel se habilitaban módulos para recluir a este tipo de presos. Desde el Palomar, en la tercera planta de la prisión madrileña, se arrojaron varios reclusos para quitarse la vida. Ese fue el caso de Esmeralda La francesa, a mediados de los 70.

En 1954 se criminalizó al homosexual incluyéndole en la ley de vagos y maleantes, una norma que fue sustituida en 1970 por la de peligrosidad social, en vigor hasta bien entrada la democracia. En el verano de 1979 aún se podía detener a gente por 'travestismo' y 'prostitución homosexual'. Paulatinamente, los artículos referidos a las personas gays se fueron dejando de aplicar gracias a las luchas de grupos como el Movimiento Homosexual de Acción Revolucionaria (MHAR) o el Movimiento Español de Liberación Homosexual.

A pesar del tiempo transcurrido y de las recientes conquistas de derechos civiles como el matrimonio gay, el estigma permanece, según denuncian activistas en defensa de derechos del colectivo lesbianas, gays, transexuales y bisexuales (LGTB).

El artista plástico Javi Larrauri (Madrid, 1971) hace su denuncia a través de su último trabajo, Testigos de un tiempo maldito, sobre el ostracismo imperante aún en este colectivo. En una serie de cuadros ha retratado a personas que padecieron persecución y cárcel por tener una opción sexual distinta a la que imponía la moral franquista. Este proyecto lo completa un documental con testimonios directos de los protagonistas y que ya ha sido expuesto en Madrid y en varias ciudades de Latinoamérica.

'Algunas personas con las que hablé se mostraron con miedo a que episodios del pasado pudieran volver a pasar y, si lo piensas, están sucediendo cosas graves, como las declaraciones del obispo de Alcalá de Henares contra los gays en directo en la televisión pública sin consecuencias; o casos como la homofobia del Partido Popular, que tiene recurrido el matrimonio igualitario', sostiene Larrauri. 'Queda mucho trabajo por hacer'.

Llegar a los testigos de ese tiempo maldito que han prestado su rostro e historia para el trabajo de Larrauri no fue tarea fácil. El artista halló desconfianza. 'Aquí no había cuestiones políticas, encontré a un hombre falangista que me contó su caso; incluso en el PCE echaban a la gente por ser homosexual; no era posible que hubiera unión entre gente tan dispar.' 'Hasta que no llegaron las luchas colectivas de los 70, vivían en la completa marginación y oscuridad', aclara Larrauri.

En este contexto, destaca el caso de Andrés García (1939), hijo de republicanos exiliados, que vivió su homosexualidad con plena consciencia y libertad desde muy pequeño. Unas vacaciones de Franco en San Sebastián, donde Andrés vivía con su novio en los 60, conllevaron varias redadas contra los sospechosos de tener vínculos antifranquistas, y le costaron a Andrés mes y medio de cárcel. Los antecedentes penales que le generó aquello le impidieron recuperar su trabajo en la radio, y se marchó a vivir a Suecia. 'Allí sentí lo que era vivir en un país libre', narra a cámara en el documental.

'¿Puede un adolescente gay, lesbiana o transexual desarrollarse con libertad en cualquier pueblo o ciudad de España?

Candela García (1941) vivía siempre 'corriendo', 'asustada y con miedo a la [policía] secreta', confiesa. Pasó cinco meses y medio en prisión, los primeros 15 días en celdas de castigo. En los años 70, en Francia, comenzó el tratamiento hormonal y a su regreso a España se inició en el mundo del espectáculo, trabajo que tuvo que alternar con la prostitución para salir adelante.

Según ha documentado el periodista Fernando Olmeda en El látigo y la pluma (2004) cerca de un millar de gays pasaron por prisión entre 1970 y 1979 en virtud de la ley de peligrosidad social.

'Hoy no nos meten en la cárcel pero, ¿puede un adolescente gay, lesbiana o transexual desarrollarse con libertad en cualquier pueblo o ciudad de España?', se pregunta Larrauri. Su respuesta está en este trabajo con el que pretende sacar a la luz esta parte de la memoria histórica que lleva implícita la lucha por la igualdad plena de derechos

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