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El magistrado que cae tan bien como el doctor House

ÁNGELES VÁZQUEZ

'A mí me cae bien, como el doctor House. Te gusta verle, pero te da miedo que un día sea tu médico', comenta una joven a un grupo de amigos que fuma un cigarro en la calle. Le ha seguido en los resúmenes del juicio que ofrecía un programa nocturno de humor.

La popularidad adquirida por el juez Javier Gómez Bermúdez, con la retransmisión en directo del juicio por los atentados de Madrid y su reproducción en muchos formatos, le ha convertido en el magistrado más conocido de España. Tanto, que en una conversación informal hasta se le compara con el célebre doctor de Cuatro.

Su mano dura con los que se lo merecían, abogados que trataban de introducir a ETA en el juicio, acusados alborotados o ex directores generales de la Policía que se negaban a revelar sus fuentes, le ha proporcionado una imagen de juez estricto, pero recto. 'El ‘super' sobra', con el que cortó la declaración de 'superinocencia' de Rafa Zouhier, le hizo también cercano. El personaje incluye otro lado más sensible, forjado con sus atenciones a las víctimas, a las que dirigió sus primeras palabras en la vista.

Gómez Bermúdez quería presidir y ser ponente en este juicio y estuvo meses preparándolo y preparándose. Es una de sus virtudes: su visión de conjunto y con perspectiva de las cosas. Por eso durante las 57 sesiones que se prolongó la vista oral -un récord para juzgar un sumario de 93.000 folios y 29 acusados, muchos necesitados de traductor- combinó el control de lo que pasaba en la sala con lo que sucedía en el exterior. En su mesa tenía tres botones, que no llegó a utilizar, para interrumpir la retransmisión, si la situación lo requería. Como ejemplo de que tampoco se le escapaba lo que sucedía fuera está un incidente ocurrido en el Metro entre acusados en libertad y algunas víctimas que asistían al juicio. Reunió a los primeros en su despacho y les aconsejó que en el futuro evitaran esas situaciones cambiándose de vagón si era necesario.

Conocedor de los medios

Su segundo matrimonio con una periodista, Elisa Beni, seguro que contribuye a su conocimiento de los medios de comunicación. Es un rara avis judicial. Uno de los pocos jueces locuaces con los periodistas, aunque siempre sabiendo bien qué es conveniente que sepan y hasta dónde puede contar. Durante el juicio era frecuente verle hablando con los que seguían la vista habitualmente. En los recesos aprovechaba para recibir a responsables de medios de comunicación o a víctimas, mientras sus compañeros de tribunal, Alfonso Guevara y Fernando García Nicolás, iban juntos a tomar un café.

En definitiva, su actuación en el juicio ha merecido el respeto de todos, incluso de los que veían con recelo su nombramiento como presidente de la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional, cargo que fue anulado dos veces por el Tribunal Supremo. Antes de presidir la Sala, compaginó la Sección Primera con el Juzgado Central de Menores y el de Vigilancia Penitenciaria, algo a lo que estaba acostumbrado desde sus primeros años en Almería, donde fue decano y compatibilizaba su juzgado con otro de Roquetas de Mar.

Quizá sólo haya cometido un fallo: su mujer ha escrito un libro, La soledad del juzgador, que se presentará en noviembre y que contará el 11-M desde su perspectiva.

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