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Rayito, el payaso de la triste figura

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Algunos transeúntes, por no llamarlos gente, pasan por delante y le dicen "perrerías". ¿Cómo perrerías, Rayito?

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- ¿Por qué no trabaja usted? —por ejemplo, y yo le respondo.

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- ¡Cómo voy a trabajar si tengo sesenta años, señora!

"Y me tengo que callar", añade, aunque todavía no los ha cumplido, como atestigua su carné: Rafael de los Reyes y un etcétera de apellido, nacido en Linares en 1955, padre y madre muertos, "hermanos como si no los tuviese", una vida en la calle y media, vestido de payaso. "Aquí sufro mucho, porque pasas frío y calamidades".

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Aquí, hoy, es la esquina del edificio Telefónica en Gran Vía, donde da cita para las cinco pero se presenta dos horas antes. Mañana puede ser Argüelles, Ciudad Lineal, Avenida de América, Cuatro Caminos o Nuevos Ministerios. "No me gusta cansar a la gente", justifica el baile de ubicaciones. A veces Rayito parece que ha desaparecido para siempre; en realidad, está dejando de importunar al paseante con su presencia muda. Basta un cartel sujeto a una maleta: "Estoy enfermo, soy esquizofrénico, no puedo trabajar, tengo 59 años, por favor una ayuda, gracias". El lema también cambia con el paso del tiempo y de las aceras. "Hola, pido para comer y para pagar la pensión. Muchas gracias", luce esta tarde de noviembre encabritado. Hay otro más lacónico que un tuit y más triste que un haiku: "Quiero comer. Gracias".

Rayito practica la ruta del hostal. Un cuarto de siglo atrás, vivía con su madre en una casita (como la llama él) empotrada en el patio de luces de un edificio de Legazpi. Desde que falleció ha ido dando saltos de una pensión a otra hasta que cayó en un cuarto de Puente de Vallecas, donde desayuna, come, cena y duerme por 35 euros al día, que paga religiosamente a la pareja de ancianos propietaria del piso. Él, sin embargo, nunca ha tenido uno. "Si te dijera las rachas que he pasado en la calle...", se arranca, antes de enumerar los cajeros automáticos que lo cobijaron y los bancos en los que durmió al relente durante un par de años. "Todo el mundo me quiere y me aprecia", cambia de tercio, mientras visualiza, como el pollo soñado de Carpanta, las bolsas con comida que le llevan algunas personas. "No es que esté hambriento, pero yo las cojo. Y también me traen guantes, zapatos o cuchillas de afeitar".

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La caja, en cambio, no da para alegrías. Ayer, en Goya, el jornal fue de quince euros, cuando la arteria noble de Madrid era, junto a Serrano, su milla de oro. "Con la peseta sacaba muchísimo más y recuerdo una Nochebuena no tan lejana en la que junté doscientos euros. Eso ahora no lo veo ni en pintura". Ya da igual lo que ponga el cartel: "La gente que tiene voluntad te da dinero". Claro que hay quien debería o, en todo caso, podría dar una cantidad mayor, según él, que describe a un actor de una popular serie de televisión antes de remachar: "Me acaba de dar un euro... Pues para que un famoso te dé sólo eso, ya ves tú".

- ¿Cómo ves Madrid?

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- Cada vez peor. La ciudad y la gente han cambiado mucho.

- ¿Cómo es la gente ahora?

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- Veinte, veinticinco [euros].

Antropología monetaria. "Ya no hay humanidad por las personas. Yo no pido limosna, doy una imagen. Qué más le da darme cincuenta céntimos o lo que puedan, si luego se lo dan a los romanos", se queja Rayito, que gira el visor 180 grados en busca de la competencia, que él entiende como mendicidad, antes de señalar aquí y allá. "Yo hago mímica, aunque estos días hace mucho frío", alega desde su banqueta. "También soy dibujante, cantaor flamenco y guitarrista. Iba por terrazas, cafeterías y mercados, pero lo dejé porque no daba. Digamos que soy polifacético artista". Y, desde hace 22 años, payaso de ceño compungido, rostro apesadumbrado y tristura honda. "Me dicen mucho lo de payaso triste, y a veces lo he estado, lo que pasa es que soy muy serio. Y no voy a estar riéndome mientras pido dinero", razona.

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"Ahora estoy solo". Tal vez, desde que se fue su madre, siempre lo haya estado. Primero se vinieron sus dos hermanas a servir a la capital. Luego, un hermano encontró trabajo en un hotel. Eran seis, uno falleció y los otros, como si estuvieran muertos. El llegó con sus padres, a los diecisiete años. No se casó. No tiene hijos, mas sí diez trajes. El que lleva hoy combina con tres horas de maquillaje, con una peluca rechinante y con unos creepers blanquinegros, unos zapatos de rockabilly también llamados boogies. "Son de segunda mano, me costaron 35 euros", presume. "Las pinturas de la cara también son caras", explica mientras una pareja de turistas chinos se hace una foto con él. Le dejan una sonora moneda de dos euros, que completarán sus magros honorarios. "Unos días dan para otros. De momento, voy al corriente".

Aunque la felicidad, matiza, no depende de esa calderilla que falta para la comida y el techo. "Triste por la vida que estoy llevando, pudiendo estar en un teatro", reflexiona, a la vez que enseña la medicación. "Si no me las tomo...", y gira el pulgar hacia abajo. Poco importa que los emperadores romanos dirigiesen el pulgar hacia arriba para condenar a los gladiadores a la muerte, porque Rayito refuerza el gesto con la palabra. "Cuando no tengo dinero, me tengo que joder". Toma cinco pastillas distintas al día, mañana, tarde y noche, al ritmo de las comidas del único hogar que conoce. "Llevo desde niño con la enfermedad esa", la misma que ya no destaca en el cartel. "Ahora estoy más animadico, pero no quiero pensar en la vida que llevo trabajando a la intemperie, porque esto no es vida", confiesan los ojos iluminados de Rayito. "Yo podía estar haciendo cumpleaños, colegios y hospitales. En fin, quitarme de la calle".

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