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Rosas rojas para Isaías

Cientos de personas despiden al ex concejal socialista de Arrasate-Mondragón ante la indiferencia de una buena parte de la población en un feudo clásico de la izquierda abertzale

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Arrasate-Mondragón amaneció ayer como otros muchos municipios vascos en los años 80: bajo un cielo plomizo, un sirimiri pertinaz y una persona asesinada por ETA que había que enterrar. Los tiempos son otros. Porque ni la banda terrorista tiene la fuerza de entonces, ni las víctimas hacen su último viaje hasta el cementerio acompañadas únicamente por los lloros silenciosos de su familia y sus amigos. Hace décadas, ETA mataba sobre todo a militares y guardias civiles. Ahora le vale todo, hasta ex concejales socialistas como Isaías Carrasco Miguel.

Esta localidad guipuzcoana, un feudo tradicional de Batasuna o cualquiera de sus marcas electorales, no era seguramente el mejor escenario posible para despedir a una víctima de ETA. Ni siquiera la plaza del Ayuntamiento estaba abarrotada para saludar con una salva de aplausos la salida del féretro a hombros de Patxi López, Jesús Eguiguren, Miguel Buen, Manuel Huertas… Pero, ¡qué demonios! Arrasate-Mondragón —con más de 20.000 habitantes—era el pueblo de Isaías Carrasco, el pueblo donde había nacido, el pueblo donde había querido vivir y el pueblo donde ha muerto.

Eso fue lo único que no eligió él, morir tiroteado por un terrorista a la puerta de su casa. Pero, decía antes, los tiempos que corren hoy son distintos a los años 80 por mucho que le pese a ETA. Ayer, miles de ciudadanos vascos acudieron a las concentraciones convocadas al mediodía frente a los ayuntamientos y las instituciones de todo Euskadi. Por eso, Sandra, la hija mayor de Isaías, no estaba sola cuando leyó su escrito contra ETA, contra los asesinos de su padre. Incluso, él estuvo presente de alguna forma, en las 164 pequeñas fotografías con su imagen que componían tres grandes pancartas colgadas del Ayuntamiento con el lema Todos somos Isaías.

Fue ése el momento de la repulsa pública. Porque la familia quiso que las honras fúnebres se celebraran en la más absoluta intimidad, sin cámaras ni prensa alrededor. Sólo la familia, los amigos, los socialistas, los representantes de otras fuerzas políticas, los ciudadanos… pudieron acceder a la capilla ardiente instalada en el salón de plenos del Ayuntamiento desde la noche anterior. “Yo no subo. Yo ya he visto a muchos compañeros muertos, metidos en la caja. No quiero subir. No puedo. Esto es la hostia, pero hay que seguir. Por lo menos, que los hijos no te noten que estás jodido”, contaba un ex edil socialista de un municipio vizcaíno al pie de las escaleras del Consistorio.

La capilla ardiente

Unos peldaños más arriba, en la capilla ardiente, el dolor se desbordaba. La familia de Isaías velaba su cuerpo, mientras asistía al paso de cientos de ciudadanos anónimos y recibía las condolencias de militantes socialistas de base y de altos cargos del partido, cansados, hartos de tener que revivir una situación que se repite de tiempo en tiempo al capricho de ETA.

No había más que ver la cara descompuesta de la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, del secretario de Organización del PSOE, José Blanco; del presidente del Senado, Javier Rojo; del presidente de la Generalitat de Catalunya, José Montilla… y de otros, de tantos otros, como el lehendakari Juan José Ibarretxe, el presidente del PNV, Iñigo Urkullu; el coordinador general de IU, Gaspar Llamazares; el secretario general de EA, Unai Ziarreta; y varios presidentes autonómicos.

Es lo que tiene ETA, esa ruin capacidad de reunir a adversarios políticos el día antes de las elecciones a costa de sembrar de nuevo el terror y arruinar la vida feliz de una familia, una familia humilde que jamás hubiera podido imaginar que la banda la iba a situar en el centro de la diana después de que Isaías dejara el Ayuntamiento hace casi un año.

Una especie de fortín

El Consistorio donde había trabajado codo con codo con sus compañeros socialistas para mejorar la vida del municipio la pasada legislatura era ayer una especie de fortín. Se iba a celebrar su funeral en la iglesia situada al otro lado de la plaza, pero cualquiera lo diría. No hay margen de confianza con ETA, y las Fuerzas de Seguridad no están ya para relajar las medidas de protección. En dos ventanas del Ayuntamiento y en el tejado de la iglesia, se apostaron miembros de la unidad de élite de la Ertzaintza vestidos de negro y con la cara cubierta por un pasamontañas. Y en cualquier esquina se adivinaba la presencia de escoltas y agentes de paisano.

¡Qué país! Si hasta en la comitiva fúnebre que portaba las coronas se integraron ertzainas de incógnito para proteger a diestro y siniestro. Eduardo Madina iba a la cabeza, afectado como otros. Quizá, él más por tener que revivir estos días el atentado que le preparó ETA con una bomba y que le ha dejado tocado de por vida. Detrás de él, cada uno de una gran corona o un ramo de flores —la rosa roja era la reina—, se situaban serenos y tristes concejales socialistas y miembros de las juventudes del partido.

“Aquí estamos, con mucha rabia y sin ningún miedo”, decía uno de ellos poco después, mientras sus compañeros, todos ellos llegados desde Vitoria, mantenían la mirada clavada en el suelo con un rictus impenetrable. “¿Y tu nombre?”, le preguntaba. “No, no, el nombre mejor no lo pongas”, me respondía, antes de dar a cambio otro dato: “Nosotros tenemos 18, 21, 24 años”.

¡Qué curioso! La violencia de ETA se perpetúa tanto en el tiempo, casi medio siglo, que quienes deciden ahora echarse al monte y quienes optan como las Juventudes Socialistas por plantar cara a la intolerancia del terror y del asesinato nacieron después de la Transición y son testigos de las mismas barbaridades que los viejos. Viejos, sí, sí, y no nostálgicos, como los que ayer, cuando vieron el féretro de Isaías, levantaron el puño y comenzaron a cantar la Internacional.

Gritos a Astarloa

Porque el dolor, como el miedo, es libre y cada uno lo expresaba ayer a su manera. Y hubo quienes cuando vieron salir del Ayuntamiento al dirigente del PP Ignacio Astarloa, gritaron: “Mira, ahí viene el orejas. ¡Canalla, sinvergüenza, hijo de!”. Y otros trataron de calmar los ánimos desde su dolor. Y también desde su rabia. “Dejadle, hoy no es el momento”. Porque cuando el sufrimiento llega a cotas inimaginables al ver cómo ETA ha acabado con uno de los tuyos, las acusaciones de complicidad, de traición, de “haber agredido a las víctimas” —como le espetó Rajoy a Zapatero en el primer cara a cara televisivo de esta campaña— se sobrellevan mucho peor. Y a veces la rabia se desborda.

En cualquier caso, a los pocos minutos, la calma volvió y un silencio sepulcral se adueñó de toda la plaza durante unos instantes, durante un tiempo que para unos se hizo eterno, hasta que Patxi López, Jesús Eguiguren, Miguel Buen, Manuel Huertas y otros dirigentes socialistas salieron del Consistorio portando el féretro de Isaias. La emoción se desbordó y los ciudadanos acompañaron con aplausos ininterrumpidos los 200 metros que había hasta la Iglesia calle arriba.

Detrás, se repetía la escena ya vivida antes después de otros atentados, de otros muchos. La viuda, María Ángeles, y sus dos hijas, Sandra y Ainara, de 20 y 17 años. Desconsoladas. El hermano pequeño, de 4 años, no estaba. La criatura es demasiado pequeña para conocer ya tanto daño.
Durante el recorrido, el féretro fue pasando de mano en mano, como si todos quisieran tener el honor de llevar a hombros a Isaías. De las manos de Patxi López y los demás dirigentes del PSE-EE, la caja pasó a las de los concejales socialistas en Arrasate y, finalmente, justo antes de entrar en la iglesia, la cogieron a hombros los familiares de Isaías, algunos de ellos recién llegados de la Zamora natal de sus padres.   

Flores para el recuerdo

Entre aplausos, el ataud fue depositado en el interior de la iglesia junto a las 50 coronas de flores dejadas por distintas instituciones, partidos políticos… Había muchas y de todos. En algunos lazos, podía leerse ‘De tus vecinos’, ‘Los amigos del cámping’ o ‘Bidelan’, la empresa donde trabajaba como cobrador en el peaje de la autopista en Bergara.

La iglesia se llenó, tanto que la ceremonia tuvo que celebrarse con las puertas abiertas y cientos de personas aguardando fuera hasta el final de la homilía bajo un sirimiri intermitente. Algunos de los más cercanos a la puerta apenas podían escuchar siquiera las palabras del obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte.  “Nuestra mirada está fija en el ataúd que contiene el cuerpo sin vida de un hombre, de un hombre joven, esposo, padre, hijo querido, asesinado por la violencia desalmada de ETA. La misma mirada se posa sobre su esposa María Ángeles, sus hijos Sandra, Ainara y Adeitz y su madre Agustina”, dijo.

El prelado le dedicó también a la familia de Isaías, y a la sociedad en su conjunto, palabras de “esperanza”. “Sin esperanzas estamos muertos. La esperanza en Dios, que no ha dejado de sus manos la orientación discreta y respetuosa de la historia, aviva nuestras esperanzas históricas y, en concreto, la esperanza de paz de este pueblo, construida entre todos y para todos, que no quiere, no puede resignarse a la presente situación y exige a ETA su definitiva desaparición”, aseguró Uriarte.

La soledad de la familia

Las últimas palabras del obispo fueron para recordar que los padres de Isaías llegaron a Euskadi desde Morales de Toro, en Zamora, una tierra donde él también fue obispo y por ello “tan querida”: “Te echarán de menos en la próxima Semana Santa. Ya no podrás compartir con tus amigos de allí, en las tertulias sosegadas de las noches de verano, el caldo excelente de sus viñas”.

El oficio fúnebre concluyó después de cincuenta minutos con nuevos aplausos y los primeros comentarios. Y en una esquina, una señora decía en voz alta lo que, seguramente, otros muchos también rumiaban en esos momentos en sus adentros. “Ahora viene lo peor. Hoy estamos todos aquí, con ellos, pero ¿y mañana y dentro de unos meses?. ETA no ha roto sólo la vida de Isaías, también la de su mujer y sus hijas”.