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"La sociedad no puede mirar a otro lado"

Una distrofia obliga a Marino Muñoz, de 41 años, a utilizar silla de ruedas. Una adversidad que supera día a día, ya que intenta hacer todo lo que puede por sí mismo

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Marino Muñoz, de 41 años, recuerda con cariño cuando un hombre se acercó a él en un bar y llamó su atención golpeando en su silla con un bolígrafo para preguntarle que a qué se dedicaba. Este profesor, que enseña diseño en un centro para discapacitados de Madrid, animó a Marino a enrolarse a sus clases y le ofreció una posibilidad laboral y, sobre todo, una motivación.

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Pero esos gestos de ayuda no se producen muy a menudo. Aunque cree que la sociedad ha avanzado, Marino sostiene que hay muchas personas que rehuyen ver las dificultades que aún existen: "Antes a los discapacitados nos costaba más salir de casa, pero ahora somos más visibles porque estamos en la calle, en el transporte público y en algunas oficinas. Ya no pueden mirar a otro lado".

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Sin perder el sentido del humor, critica las trabas que han de superar las personas con discapacidad más allá de encontrar un trabajo: "Hoy día el mercado laboral está complicado para todos. Para una persona discapacitada, más. Y si vas en silla de ruedas todavía aún más. Pero lo peor es que, cuando al fin encuentras un trabajo, llegar hasta él en transporte público es un infierno", afirma.

Autobuses llenos y sin rampa, esperas, metros sin ascensor, huecos entre el tren y el andén... La rutina diaria se convierte en un sinfín de obstáculos que se complica, sobre todo, en invierno. "La lluvia puede romperme la silla y entonces tendría que llamar a los bomberos", bromea. Llegar al trabajo le supone una hora y media de camino desde su casa, cuando una persona sin discapacidad tardaría unos 30 minutos.

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Hace años, una distrofia muscular obligó a Marino a utilizar una silla de ruedas. Con el tiempo, esta enfermedad provoca una progresiva reducción del tamaño de los músculos, que van perdiendo fuerza. Este hombre recuerda que cuando era más joven podía incluso correr. Después tuvo dificultades para andar, hasta que perdió la movilidad en las piernas. La distrofia es hereditaria y ha afectado a tres de sus cuatro hermanos.

Aun así, Marino se considera afortunado. Desde 2008, trabaja como teleoperador 17 horas a la semana. "No son grandes ingresos, pero desde que estoy en activo aprovecho más el tiempo, me siento más seguro y más útil", cuenta. Asegura que, pese a tener un grado de discapacidad de más de un 80%, intenta hacer todo por sí mismo.

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Amueblar la casa, comprarse ropa, hasta ir al cine con los amigos, son tareas que suponen una lucha diaria. Aunque le concedieron un piso en 2008, Marino aún no ha podido instalarse en él. Tras varios meses de batalla, ha conseguido que la Comunidad de Madrid ordenara realizar las reformas oportunas en el inmueble. La casa no estaba completamente adaptada y no podía llevar a cabo sus quehaceres diarios. Para Marino, esto es una nueva conquista.

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