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En Sol desde el primer día

La acampada se apoya en el trabajo de muchos voluntarios

ANA REQUENA AGUILAR

A sus espaldas, horas de trabajo altruista, cansancio desinteresado, energía casi inagotable. Lidia, Rafael, Merche, Verónica y Antonio son sólo cinco de las decenas de personas que arriman el hombro en el campamento de Sol prácticamente desde el principio, cuando el desalojo de unos pocos acampados que decidieron dormir en el suelo de la Puerta del Sol produjo una respuesta ciudadana masiva. Desde entonces, no han parado de prestar apoyo ni un solo día.

Justo después de dejar a sus dos hijos en el colegio cada mañana, Merche Trujillo, de 41 años, va directa al campamento. Allí pasa la mañana, hasta que a las cuatro recoge otra vez a sus hijos. "Salgo de aquí a las tres, lo justo para comer algo y que me dé tiempo a llegar a la escuela", dice. Merche ha ayudado en todo lo que ha podido: comunicación, relaciones con los medios, recados, fotocopias... "Apoyo intelectual más que nada", afirma mientras señala su brazo en cabestrillo, fruto de un accidente doméstico.

Después de dejar a sus hijos en el colegio, Merche Trujillo va a Sol

A ella, el paso de los días no le ha restado energía y está dispuesta a seguir el tiempo que haga falta. "Este es mi trabajo, si desaparece Sol seguiré en la asamblea de mi barrio", asegura Merche, a la que despidieron cuando estaba de baja. Las imágenes de la carga policial contra la acampada de Barcelona le dan escalofríos y le recuerdan "otros tiempos". "Hay que conseguir un cambio radical político y social", concluye.

Preparando una enorme olla de arroz con verduras está Rafael Rodríguez, 56 años, un empresario de la hostelería cuyo negocio quebró y que se ha convertido "en el inventor de la alta cocina del 15-M", como él mismo dice. Las fabadas y guisos que han alimentado a cientos de personas desde hace más de diez días salen de su experiencia en los fogones. "Yo no estoy indignado, estoy hasta las pelotas", dice sin tapujos. "Y a Zapatero le digo que, si no sabe gestionar lo que hay, que se venga a ayudarme en la cocina", remata.

La primera vuelta que dio por el campamento fue para verlo con sus propios ojos y ya que estaba se quedó "a colaborar como uno más". Rafael se pasa aquí el día, prepara sus guisos para la comida y muchos días también ayuda con la cena. "Para la próxima voy a reivindicar una cocina de esas de feria", dice riéndose. Y es que los medios son limitados: tan sólo un paellero a gas y una enorme perola. "Me va a dar pena que se desmonte el campamento, pero donde vayan ellos iré yo", afirma rotundo.

Antonio Pardo ayudó a montar la infraestructura tecnológica

También seguirá ayudando, pase lo que pase, Antonio Pardo, de 37 años, administrador de sistemas y uno de los artífices del entramado tecnológico de la acampada. Antonio se implicó desde el primer momento, en cuanto vio "que había que estar en la plaza; es un lugar simbólico". "Montamos la infraestructura de red y los servidores y luego empezamos con los dominios y a instalar aplicaciones", explica. El martes, a primera hora, prácticamente al mismo tiempo que desalojaban a los primeros acampados, ya tenían todo listo.

Buena parte de su trabajo lo ha hecho fuera de la acampada porque allí la conexión a internet no siempre es estable. Conjugar su altruismo con el puesto de trabajo que le da de comer no le ha sido complicado. "Trabajo en lo mismo y tengo un horario flexible", precisa. Junto a muchas otras personas, Antonio se aplica ahora en diseñar nuevas herramientas para mejorar la comunicación entre las plazas.

Lidia Posada ha dormido poco estas últimas semanas, pero no se queja. Con 26 años, trabajó en la organización de la manifestación del 15 de mayo y, desde entonces, está en la acampada. "La primera semana dormí unas dos horas al día, ahora ya un poco más", afirma. Cuando sale de su trabajo en una empresa de energía solar, Lidia se marcha para el campamento.

"Desde el principio estuve en la comisión del manifiesto y en la elaboración de notas de prensa", dice. Conforme el movimiento ganaba adeptos, sus labores se han ido haciendo cada vez más específicas. Ahora tiene a su cargo una de las cuentas abiertas en Twitter por el movimiento.

También Verónica Viejo ha hecho del campamento su segundo hogar. Desde que comenzaron a levantarse las primeras lonas, esta maestra de 29 años ha colaborado con la comisión de alimentación, y con el grupo de educación y cultura, y ha ayudado a organizar las asambleas en Carabanchel y Mejorada del Campo. Su trabajo actual sólo le quita unas horas semanales, el resto de su tiempo va al campamento. "Y seguiré", dice riendo.

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