La revancha de Trump contra la democracia de EEUU
El magnate intenta concentrar todos los poderes mientras militariza las calles, persigue a las minorías y reprime a quienes osan criticarlo.

Por Víctor López
Redactor de Investigación
Madrid--Actualizado a
El Partido Republicano empezó a denunciar en los años 70 el giro hacia posiciones "demasiado" progresistas que a su juicio experimentaba entonces Estados Unidos. Lo hizo a través del Powell Memo. El documento llevaba el sello del abogado Lewis F. Powell, posteriormente nombrado juez del Tribunal Supremo por el presidente Richard Nixon —el primer presidente de EEUU en renunciar a su cargo, tras el escándalo del Watergate—. Las bases republicanas situaban como adversarios a los movimientos estudiantiles y antibelicistas, las organizaciones sindicales y los medios de comunicación o referentes culturales de la izquierda norteamericana. Las instituciones y los think tanks tenían que fomentar un sentir en las calles hacia el Partido Republicano. Los planes llevan en marcha desde hace medio siglo, pero nunca habían terminado de cristalizar, al menos hasta que entró en escena el hombre perfecto para caminar hacia el caos y dar la estocada final.
Donald Trump cumple ahora 500 días desde su vuelta a la Casa Blanca. La primera toma de contacto con el poder se remonta casi diez años atrás. El magnate gobernó el país entre 2017 y 2020. Y se despidió de su primer mandato con un intento de golpe de Estado, tras perder las elecciones contra Joe Biden. El telón de fondo lo pusieron las columnas corintias del Capitolio. La banda sonora: una ráfaga de disparos, griterío y humo. El reparto: decenas de hombres enfundados en cuernos de bisonte, banderas confederadas y disfraces militares. Trump actuó a través de sus secuaces. El 6 de enero de 2021 la democracia estadounidense se vio abocada al precipicio por las extravagancias y los arrebatos de uno de los hombres más ricos del mundo.
"Lo que pasó ese día fue un shock para todos los que seguían viendo un faro en la democracia de Estados Unidos. Lo importante es, en todo caso, que los planes de Trump no salieron adelante. Joe Biden se quedó con el Gobierno de la Casa Blanca", resume Carlota García Encina, investigadora principal para EEUU y Relaciones Trasatlánticas del Real Instituto Elcano (RIE). "El Partido Republicano tuvo una oportunidad de oro para deshacerse de Donald Trump. El hecho de que no hubiera consenso hizo que el magnate aprovechara para tomar las riendas de la formación y tejer una red de acólitos que lo ha traído ahora hasta aquí", continúa.
Las consecuencias hace tiempo que se pueden adivinar. El manual trumpista asomó la cabeza mucho antes del asalto al Capitolio. Y esta es una máxima en la que coinciden todos los expertos y académicos consultados por Público. "Trump utilizó su primer mandato como una especie de laboratorio para lo que sería esta segunda legislatura. El presidente ensayó posiciones autoritarias, tanteó el terreno con un sinfín de ambigüedades y marcó la línea arrogante hacia la que se iba a inclinar en el futuro", desliza Mariano Aguirre, investigador no residente del Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB). "El punto clave entre el primer mandato y el segundo lo podemos situar precisamente en la toma del Capitolio. El objetivo no era otro que tomar el edificio en el que estaban los representantes políticos con los que simbólicamente quería acabar. Esto lo podemos entender como una advertencia en toda regla. Trump quiso decir a sus votantes que cuando volviera al Despacho Oval tomaría directamente todos los poderes del Estado", añade el también asesor en materia de seguridad de la Fundación Friedrich Ebert.
"Trump se enfrentó entonces a las reglas del juego de la democracia, utilizó el momento para radicalizarse más todavía. Y manifestó [tras su última victoria electoral] una fuerte voluntad de revancha, señalando a los que en su día lo intentaron juzgar", recuerda Steven Forti, profesor de Historia Contemporánea en la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). "El magnate ha vuelto con las ideas más claras de cómo funciona realmente la administración del Estado, rodeado de un equipo de hombres de absoluta confianza y con el control casi completo del Partido Republicano", insiste el también autor de Democracias en extinción: el espectro de las autocracias electorales (Akal, 2024). Alberto Toscano, filósofo y autor de Fascismo tardío: raza, capitalismo y las políticas de crisis (Akal, 2025), comparte este diagnóstico y advierte: "El primer mandato del trumpismo anticipó algunas de sus dimensiones, pero ahora nos enfrentamos a un fenómeno cuantitativa y cualitativamente diferente".
El primer presidente convicto en la Casa Blanca
Donald Trump se convirtió el 20 de enero de 2025 en el primer presidente convicto de la historia de Estados Unidos. Lo hizo pocos días después de que un jurado de Nueva York lo declarara culpable de 34 delitos de falsificación de registros comerciales, relacionados con una serie de pagos efectuados en 2016 para tapar un cóctel de escándalos sexuales y comprar el silencio de la actriz porno Stormy Daniels. ¿Cómo consiguió volver igualmente a la Casa Blanca? La Justicia lo dejó en "libertad sin cargos", toda vez que la resolución no borró los antecedentes penales de su historial.
"El mero hecho de que un hombre que ha perdido un juicio por un escándalo sexual y que aparece en los archivos de Epstein haya vuelto a tocar poder solo se puede explicar si entendemos que la democracia estadounidense está en plena fase de descomposición" - Javier Cavanilles
"El juez que lo condenó se encontró con un dictamen previo que venía a decir que un presidente electo no podía ser juzgado, por mucho que los delitos se hubieran cometido antes de llegar a la presidencia. La hipotética condena sería luego revocada por la Corte Suprema. Esto fue solo un paso más para cubrirse las espaldas y terminar –poco a poco- con la democracia", reivindica Mariano Aguirre. "El mero hecho de que un hombre que ha perdido un juicio por un escándalo sexual y que aparece en los archivos de Jeffrey Epstein haya vuelto a tocar poder solo se puede explicar si entendemos que la democracia estadounidense está en plena fase de descomposición", matiza Javier Cavanilles, periodista y autor de El golpe: el fin de la democracia en EEUU (Akal, 2026). Trump concedió asimismo —nada más pisar moqueta— un perdón "total, completo e incondicional" a los 1.500 condenados o encausados por participar en el asalto al Capitolio.
Los múltiples asaltos al poder judicial
El mandatario norteamericano lleva meses intentando mover los hilos del sistema judicial. La Corte Suprema goza de una mayoría conservadora con seis magistrados nombrados por los republicanos —la mitad, por Trump— frente a tres designados por gobiernos demócratas. A los primeros, Trump les ha pedido abiertamente "lealtad" tras un cúmulo de fallos con los que no termina de concordar. El dirigente también cesó el pasado mes de abril a la fiscal general Pam Bondi, que llevaba meses en el punto de mira por su gestión del caso Epstein y por no perseguir a los enemigos del mandatario. Trump también soñó con el momento de cargarse —antes de que finalizara su mandato— al ya expresidente de la Reserva Federal, Jerome Powell. ¿Las razones? El letrado se había negado a bajar los tipos de interés como pedía el presidente de Estados Unidos.
"Los primeros 500 días de este segundo mandato vienen a confirmar que el país camina cada vez más hacia un modelo de autocracia electoral. Esto quiere decir que por mucho que el sistema funcione —relativamente— y exista un sufragio universal, fallan los contrapesos que todas las democracias necesitan para garantizar la división de poderes", sostiene Laura Camargo Fernández, sociolingüista y autora de Trumpismo Discursivo (Verbum, 2024).
"Los primeros 500 días de este segundo mandato vienen a confirmar que el país camina cada vez más hacia un modelo de autocracia electoral" - Laura Camargo
Trump no está inventando la pólvora con este tipo de incursiones, sino que aprovecha "ciertos potenciales estructurales y legales" de la normativa estadounidense para ampliar su cuota de poder, tal y como recalca Alberto Toscano. El problema, no obstante, está, sobre todo, en su excesiva normalización. "Trump ha dejado claro que toda administración o institución tiene que estar capitaneada por personas que le reporten lealtad. El presidente ha despedido a funcionarios de organismos supuestamente independientes y los ha sustituido por perfiles vinculados a su causa", precisa Javier Cavanilles. "La otra cara de la moneda la representan los magistrados que actúan como una especie de muro contra el trumpismo, los jueces que le han intentado poner freno cuando ha ordenado expulsiones ilegales o ha hecho maniobras con los aranceles. La respuesta del presidente siempre pasa por señalar a estos magistrados. Trump tiene que buscar siempre a un malo de turno", sentencia Mariano Aguirre.
La hemeroteca está llena de pruebas. "Me avergüenzo de ciertos jueces por no tener el coraje de hacer lo que es correcto", llegó a decir el magnate tras un fallo reciente contra su política arancelaria. "El fallo ha sido muy desafortunado", insistió en el mismo discurso, dirigido al Tribunal Supremo de Estados Unidos.
La militarización de las calles (enemigas)
Trump se ha servido de los recursos militares para darle forma a su agenda violenta y "exhibir crueldad", insisten las fuentes consultadas por Público, utilizando tanto el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés) como la Guardia Nacional. El presidente ha desplegado efectivos en ciudades gobernadas por demócratas, como Los Ángeles, Portland, Chicago o Nueva Orleans. La Casa Blanca lo ha intentado justificar con el argumento de que las fuerzas del orden locales necesitan apoyo para combatir el crimen, un apoyo que muchas de esas ciudades han rechazado de manera explícita. "Trump está intensificando la retórica de las ciudades enemigas, también en términos puramente políticos. Y lo hace sin apenas esforzarse por convencer a las poblaciones locales de que estas incursiones militares son necesarias. Estamos ante otro claro ejemplo de lo que se conoce como dominación sin hegemonía", denuncia Alberto Toscano.
"El presidente habla de hacer una cruzada por América; llena las calles y los barrios de militares para demostrar su fuerza y cerciorarse de que mucha gente no va a salir a votar o manifestarse por miedo a una posible detención. El mensaje es clarísimo: si vuelve a presentarse y gana, algo que no permite la Constitución de EEUU, limpiaría todo lo que él mismo define como woke", precisa Javier Cavanilles. El blanco fácil son ahora los migrantes, víctimas del despliegue del ICE. La misma suerte corren el movimiento propalestino y los grupos antifascistas, declarados "amenaza nacional" y equiparados a organizaciones terroristas como Al-Qaeda.
El mapa electoral, ¿diseñado a medida?
El Partido Republicano es consciente de que sus políticas están levantando ampollas. Y por eso intenta cambiar el mapa electoral: necesita asegurarse las mayorías que le hacen falta para salir airoso de las elecciones de medio mandato del próximo mes de noviembre, unos comicios en los que se renueva toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado.
Este tipo de modificaciones se conocen popularmente como gerrymandering y consisten en manipular de manera interesada los distritos electorales para favorecer un resultado concreto y reducir el peso electoral de las minorías —población negra o latina— donde no son precisamente minorías. "La estrategia se ha utilizado siempre, pero el trumpismo la ha convertido en una especie de arma arrojadiza sin ningún tipo de vergüenza", señala Steven Forti. Los ejemplos son cada vez más habituales. El Tribunal Supremo dio a los republicanos la herramienta jurídica que necesitaban al derogar un mapa electoral que incluía dos distritos de mayoría negra en el estado de Luisiana, haciendo prácticamente imposible que con el nuevo reparto [estos grupos] puedan elegir legisladores.
"El objetivo no es otro que erosionar todo lo que tiene que ver con las libertades electorales y hacer que menos votantes acudan a las urnas para aumentar las posibilidades de mantenerse en el poder. Lo que más ha llamado la atención es el recorte de este derecho en los barrios negros, pero también puede afectar al voto por correo y al voto de las mujeres que se han casado y han cambiado su apellido", advierte Javier Cavanilles. "Trump está intentando destruir la democracia desde dentro, quiere volver a un país para blancos y consolidar la fragmentación entre estados demócratas y republicanos", añade Laura Camargo Fernández.
La batalla en el mundo de la cultura y las universidades
La represión ideológica empezó en las universidades por las manifestaciones contra el genocidio de Israel en Gaza y pronto se extendió a otros niveles de educación, asociaciones culturales y centros de exposiciones. "El trumpismo y la extrema derecha en general reivindican de forma recurrente una libertad de expresión que según ellos estaría fuertemente amenazada por la izquierda woke, reivindican que se pueda decir cualquier cosa porque va por delante el derecho a expresarse libremente. Lo hacen, sin embargo, de forma absolutamente contradictoria, porque este discurso va de la mano de una censura real de propuestas culturales, ideas y narrativas que no comulgan con su visión de lo que debería ser Estados Unidos", asegura Forti.
Trump recortó fondos a todas estas instituciones, tanto las educativas como las culturales y las criticó por defender una realidad demasiado "progresista" y en cualquier caso "antiestadounidense". El problema es que muchos de los centros a los que ha puesto en la diana dependen de los recursos que el mandatario les ha ido arrebatando. "Trump ha congelado los fondos a muchas fundaciones y organizaciones cercanas a lo que considera woke y también vinculadas al Partido Demócrata. Las hay que han aguantado, pero otras muchas han tenido que reformular sus programas para mantener esos fondos. El miedo por la pérdida de recursos y por los señalamientos está encima de la mesa", insiste Carlota García Encina. "El objetivo último es controlar el discurso público. Y no solo con el hostigamiento de decenas de fundaciones de la sociedad civil, sino también con unos ataques cada vez más evidentes contra los medios de comunicación", lamenta Mariano Aguirre.
"Trump va a por la prensa de manera directa y abierta. El presidente quiere hacer política con sus propios tuits, sin medios ni intermediarios" - Carlota García Encina
El magnate inauguró este segundo mandato acompañado de un séquito de tecno oligarcas dueños de importantes plataformas de comunicación online e inteligencia artificial. La hostilidad hacia la prensa norteamericana ha sido recurrente desde el inicio de la legislatura. Y lo mismo ocurre con sus intentos por meter la cabeza en los consejos de administración de medios como The Washington Post. "Trump va a por la prensa de manera directa y abierta. El presidente quiere hacer política con sus propios tuits, sin medios ni intermediarios", expone Carlota García Encina.
El problema es que los deseos del mandatario no siempre tienen por qué cumplirse. Y las consecuencias son tan impredecibles como su propia hoja de ruta. Steven Forti lo resume de la siguiente manera: "Estados Unidos camina hacia una autocracia electoral, pero nadie le asegura al presidente que lo pueda conseguir. El país está en una fase en la que esto puede ir a más con otra victoria del trumpismo o fracasar y paralizar así la autocratización en la que está sumido. Los próximos meses serán cruciales porque la balanza no está del todo decantada y tenemos un amplio sector de la población norteamericana disconforme con los planes de Trump".







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