La juventud y la extrema derecha

Profesora de Sociología (UNED)
Desde la irrupción de Vox en el panorama político, los estudios electorales y las encuestas han analizado quiénes están dispuestos a respaldar esta formación. Hasta este momento, la presencia de la extrema derecha en España se consideraba marginal, en gran parte debido a la reciente consolidación democrática. Sin embargo, su progresivo empuje electoral ha suscitado un interés creciente, proporcional al aumento de su respaldo. A medida que su base de votantes se amplía, se vuelve más difícil identificar perfiles específicos dentro de su electorado.
Vox ha evolucionado de ser un partido con discursos centrados en la inmigración y los derechos de ciertos colectivos a ser una opción que canaliza el descontento generalizado con los partidos tradicionales y a posicionarse como una alternativa antisistema que desafía los límites de lo políticamente correcto. Este fenómeno no es exclusivo de España, y responde a una tendencia global en la que la extrema derecha ha sabido atraer el voto de quienes sienten que sus intereses han sido ignorados por las instituciones y los partidos tradicionales.
Frustración, trabas a la incorporación plena a la vida adulta y radicalización
En este contexto y sentir político, ¿cuál es el papel de la juventud en el ascenso de la extrema derecha? Para obtener una respuesta, hay que examinar y tener en cuenta diferentes factores. Por un lado, la desconexión de los partidos convencionales con los jóvenes se ha profundizado, dado que son percibidos por estos como estructuras ineficaces e incapaces de solucionar sus problemas. La precariedad laboral, los bajos salarios y las dificultades para conseguir la independencia económica han generado un sentimiento de frustración que encuentra eco en discursos extremistas.
En este sentido, la extrema derecha ofrece respuestas simplificadas a problemas complejos: identifica enemigos concretos y propone soluciones rápidas que resultan atractivas para una juventud desencantada. El paro juvenil (la tasa de paro en España en 2023 de los hombres menores de 25 años es la más alta de todos los países de la UE; la de las mujeres de la misma franja de edad ocupa el segundo lugar más alto, por debajo de Grecia) y la prolongación de la edad a la que muchos jóvenes no tienen aún un trabajo en condiciones dignas da lugar a que estos permanezcan en una situación de flotabilidad social —a caballo entre la dependencia de los hogares familiares y sus ayudas— y se complique su transición a una vida adulta plenamente autónoma. Esta circunstancia deja a la juventud en una especie de tierra de nadie en múltiples planos vitales, acompañados por la confusión que suele generarse entre aquellos que no ven claro que exista un itinerario creíble —y factible— de incorporación plena a la “adultez”.
El convencimiento generalizado de que la juventud ocupa una posición inferior en la sociedad, con menos derechos y oportunidades que las generaciones anteriores, junto con la percepción de que el Estado no hace lo suficiente para revertir esta situación, contribuye a erosionar la confianza de los jóvenes en el sistema. El temor a una movilidad social descendente es cada vez más evidente en los estudios sociológicos, y desde la crisis de 2008 esta tendencia no ha hecho más que consolidarse.
Además de la importancia de los factores socioeconómicos determinantes, existe otro elemento que ha provocado posiblemente este movimiento de radicalización de la juventud: a partir de la incorporación de los partidos más a la izquierda en gobiernos de coalición con el PSOE, se produce un crecimiento del voto a Vox por parte de la juventud. La lectura sociológica que podemos hacer al respecto es que los jóvenes vieron la entrada al Gobierno de la izquierda más a la izquierda como una rendición de la lucha contra los problemas a los que se enfrentan los jóvenes. Por supuesto, la aparición de este vacío ha sido aprovechada por la extrema derecha.
A la hora de señalar qué es lo que más les influye en su decisión de voto, los jóvenes mencionan, en primer lugar las redes sociales, seguidas de la opinión de personas cercanas y, en tercer lugar, la figura del candidato
Adicionalmente, las ideas consideradas como políticamente correctas —que incluyen “la tolerancia y la interculturalidad”— ya no resultan tan atractivas para estos grupos sociales, por lo que buscan otros marcos ideológicos que sí respondan a sus preocupaciones.
Este sentimiento de impotencia, frustración, y confusión interpretativa lleva a los jóvenes a pensar que están padeciendo las consecuencias de decisiones políticas tomadas por gobiernos que no les han tenido en cuenta. Como resultado, muchos de ellos optan por la indignación y la radicalización, aunque sin un marco claro de acción. Su desconfianza hacia la política se traduce en una percepción negativa de las instituciones y una sensación de falta de representación. Si este desencanto continúa extendiéndose, el país podría enfrentarse a una crisis de legitimidad que alimentaría actitudes cínicas y desafección generalizada.
La emoción prevalece sobre la razón
En términos generales, la política no ocupa un lugar prioritario en la vida de los jóvenes. Sus principales preocupaciones están ligadas a su supervivencia, la búsqueda de un bienestar mínimo y la posibilidad de construir un futuro estable. Esto no significa que no intenten reivindicar sus derechos o que no busquen maneras de protesta y acción social: algunos lo intentan a través de las redes sociales y plataformas digitales, mientras otros participan en asociaciones de distinta índole. Sin embargo, estas vías no siempre se perciben como herramientas eficaces para transformar la realidad, lo que refuerza su escepticismo.
El apoyo a opciones radicales se fundamenta en razones más emocionales que racionales. En el caso de la juventud, esta tendencia se ha visto reforzada por su menor experiencia, un carácter más moldeable y la ausencia de grandes responsabilidades. Ante esto, la extrema derecha ha sabido movilizar a personas en esta franja de edad apelando a emociones como el miedo y la indignación. Vox ha hecho un esfuerzo en su estrategia comunicativa para intensificar su presencia en redes sociales como Tik Tok e Instagram, medios utilizados mayoritariamente por los jóvenes, con el objetivo de captar su atención.
Según el CIS, el 8,8% de la población general votaría a Vox, porcentaje duplicado por los jóvenes entre 18 y 24 años (17,5%) y que llega al 12,5% en el siguiente tramo de edad, de 25 a 34 años. Otro dato: el 34,4% de los jóvenes preferirían que Abascal fuera el próximo presidente del Gobierno, lo que casi triplica el porcentaje de la población total que escogería esa opción.
La edad es una variable determinante en la orientación del voto: mientras los jóvenes son más proclives al cambio, los mayores tienden a la estabilidad. Antes de 2008, la mayoría del electorado se repartía entre el PSOE y el PP, pero en los últimos años esta realidad ha cambiado significativamente.
Desde 2019 ha habido muchos intentos por definir el perfil de quienes daban su apoyo a Vox. Los datos postelectorales analizados confirman la marcada juventud de sus votantes, muy por debajo de la media de edad de los que votan a los partidos tradicionales como PSOE y PP.
Actualmente, la intención de voto de Vox es muy superior entre los jóvenes que entre el resto de la población. Históricamente, se han identificado dos grandes explicaciones para comprender las diferencias en el comportamiento electoral de los jóvenes. La primera se relaciona con el ciclo vital, en el que las personas jóvenes tienden a manifestar actitudes políticas distintas simplemente por su etapa de vida. La segunda tiene que ver con el proceso de socialización, es decir, con la influencia que cada individuo recibe de su entorno.
Si tomamos en cuenta la primera perspectiva, los jóvenes suelen inclinarse por opciones políticas con posturas más radicales, lo que favorece los extremos del espectro ideológico según su afinidad. Aunque esta tendencia no ha sido constante en el tiempo, sí ha sido común que el voto joven se concentre en la oposición en cada ciclo de gobierno, particularmente cuando el escenario político no estaba tan fragmentado. Sin embargo, desde 2015, la presencia de Podemos y sus confluencias en diferentes niveles de gobierno ha modificado esta dinámica: el voto antisistema, anteriormente repartido entre los extremos, se ha concentrado ahora en la extrema derecha.
Este comportamiento, sin embargo, no es inmutable. El voto diferencial derivado del ciclo vital implica que, con el paso del tiempo, el atractivo de los partidos emergentes disminuye. Lo que en un momento fue una opción novedosa para una generación, deja de serlo para las siguientes.
La precariedad laboral, los bajos salarios y las dificultades para conseguir la independencia económica han generado un sentimiento de frustración que encuentra eco en discursos extremistas.
Al analizar el perfil de los jóvenes que apoyan a Vox, se hace necesario evaluar si su posicionamiento ideológico coincide con el partido al que han votado. Los datos muestran que no existe esa coincidencia ideológica. Mientras los jóvenes se autoubican en posiciones entre el 5,0 y el 5,3 en la escala ideológica (según el estudio 3490 del CIS sobre Participación política), sitúan a Santiago Abascal en el 9. Además, la valoración al líder de Vox es baja, con puntuaciones que no superan el 3 sobre 10. Y esto resulta interesante y novedoso: a pesar de votarlo, los jóvenes no se identifican ideológicamente con Vox y no valoran a su líder de forma positiva. Sin embargo, la extrema derecha tiene mayor aceptación entre ellos en comparación con el conjunto de la población.
Las redes sociales, lo “políticamente incorrecto” y la legitimación de discursos
Uno de los factores más importantes detrás de este fenómeno es el papel de las redes sociales. A la hora de señalar qué es lo que más les influye en su decisión de voto, los jóvenes mencionan, en primer lugar las redes sociales, seguidas de la opinión de personas cercanas y, en tercer lugar, la figura del candidato. Este hecho sugiere que la sintonía ideológica tradicional ya no es tan determinante como lo fue en otros periodos.
El consumo mayoritario de información a través de las redes sociales, sin un contraste con otras fuentes, ha abierto un nuevo espacio de influencia para determinados grupos, medios y partidos políticos. En este contexto, las fake news se difunden con rapidez y resultan difíciles de desmentir. Además, se da una dimensión exagerada a problemas que no suelen tener magnitud. Y eso beneficia a formaciones como Vox, que, por otra parte, ha conseguido presentarse a los jóvenes como el partido de “lo políticamente incorrecto”; algo que conecta con el sentimiento de rebeldía característico de la juventud, que puede interpretar su discurso como una forma de resistencia frente a lo que consideran un intento de adoctrinamiento.
Uno de los problemas más preocupantes en este contexto es que los jóvenes españoles, a causa de la falta de conocimientos sobre los principios ideológicos e históricos de la extrema derecha, no parecen estar preparados para enfrentarse a su discurso. Esto, ligado a una escasa alfabetización digital y a la carencia de una formación sólida en derechos humanos dentro del sistema educativo, los hace más vulnerables a estos mensajes en las redes y a los discursos de odio.
Por último, no hay que olvidar que la entrada de la derecha radical en los parlamentos ha favorecido, y va a continuar favoreciendo, la legitimación y la socialización de determinados discursos. La falta de cultura democrática y antifascista de los jóvenes los deja, una vez más, en la intemperie ideológica.
La necesidad de volver a los consensos
El uso de determinadas plataformas digitales para amplificar mensajes de odio refuerza la necesidad de una reflexión profunda sobre la deriva del debate público. El hecho de que jóvenes sin formación política sean influidos por estos discursos representa un riesgo considerable. Muchos de ellos no han vivido la época que idealizan ni comprenden su verdadero significado. Utilizan consignas franquistas sin conocer su origen, lo que complica aún más la situación.
Frente a esta realidad es fundamental encontrar un equilibrio que garantice el respeto a la pluralidad política y la convivencia democrática. La confrontación debe dar paso a la búsqueda de consensos y al rechazo unánime de cualquier forma de violencia.
La polarización extrema debilita la democracia. En sistemas políticos saludables, los adversarios compiten e incluso negocian. Sin embargo, en democracias profundamente polarizadas, los rivales políticos son percibidos como enemigos a derrotar, una mentalidad que debe ser erradicada. Los líderes políticos tienen la responsabilidad de decidir entre fomentar la división o promover el diálogo y el consenso. Es imprescindible invertir en la educación de los jóvenes y demostrar que es posible debatir sin recurrir a la confrontación.
Asimismo, ciertos medios de comunicación y redes sociales deben dejar de ser un espacio hostil y transformarse en herramientas que promuevan el entendimiento. La capacidad de alcanzar a grandes audiencias no debe utilizarse para fomentar la polarización, sino para construir una cultura del diálogo.
A pesar de todo lo expuesto, lo cierto es que el futuro del voto juvenil es incierto; y en este momento no es posible predecir si los jóvenes continuarán apoyando a los nuevos partidos, si retornarán a las formaciones tradicionales o si dirigirán su respaldo hacia otras opciones emergentes. ◼
La brecha de género en la intención de voto
La intención de voto hacia partidos de extrema derecha, como Vox, presenta una notable diferencia según el género. Desde 2019, los datos reflejan una mayor adhesión masculina a esta formación política, con cifras que, en algunos casos, duplican o triplican el apoyo femenino. Según el barómetro del CIS de diciembre de 2024, el 11,8% de los hombres manifestó su preferencia por Vox, frente al 4,6 % de las mujeres. Esta disparidad puede explicarse, en parte, por el discurso de Vox, que apela a los varones jóvenes mediante la exaltación de valores tradicionales y la crítica al feminismo. Este posicionamiento resuena especialmente en aquellos que perciben los avances en igualdad de género como una amenaza a su estatus. En contraste, las mujeres jóvenes siguen identificando desigualdades estructurales y mayores niveles de precariedad, por lo que tienden a considerar a Vox como un riesgo para los derechos conquistados en materia de igualdad. En consecuencia, muchas de ellas encuentran en la izquierda propuestas que priorizan la justicia social y la protección de los derechos feministas.

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