Opinión
Un mundo raro

Directora de Público.
Y si quieren saber de tu pasado
Es preciso decir una mentira
Di que vienes de allá, de un mundo raro
Que no sabes llorar, que no entiendes de amor
Y que nunca has amado
Desde hace ya un tiempo me invade un cierto extrañamiento, tal vez añoranza anticipada de un presente imperfecto que presumo efímero, porque en parte ya se ha esfumado. Resuena en mi cabeza la canción-himno de José Alfredo Jiménez en la voz de Chavela Vargas. “Di que vienes de allá, de un mundo raro...”. ¿Nos creerán en unos años cuando describamos este mundo raro de hoy?
Cabalgamos a lomos de un mundo inmerso en una profunda transformación que se libra, además, en un cortísimo espacio de tiempo. Tan rápido cambia todo que el nuevo mundo se abre paso a codazos y puñetazos dentro del viejo. El poso de aturdimiento e incredulidad que deja su avance es directamente proporcional a la arrogancia y el matonismo de quienes plantan su zapato sobre un hormiguero bullicioso con intención de ahogarlo, pero lo levantan para dejar salir a unas cuantas hormigas cuando el resto ya han sido exterminadas. No serían nada si acabaran con todas; su gasolina es el miedo de los otros azuzado por la jactancia de los suyos.
En este mundo raro la verdad ha dejado de importar y su relato se impone (porque ya a duras penas se disputa) en una especie de realidad virtual grotesca en la que multimillonarios sin escrúpulos se juegan a las cartas los designios del planeta porque el pueblo, ciudadanas y ciudadanos, ha decidido que así sea.
En Alemania, casi el 40% de las personas que se autoperciben como “trabajadoras” votaron al partido de extrema derecha AfD en las últimas elecciones. En EE UU, Trump logró en los comicios de noviembre un apoyo histórico de la comunidad hispana, especialmente entre los varones. Tanto AfD como Trump y el resto de las extremas derechas globales han convertido en su bandera la lucha contra la inmigración. Al igual que siempre hicieron las derechas a lo largo de la Historia reciente, la seguridad es su máxima y en nombre de esta todo vale; por eso asimilan inmigración a inseguridad, aunque sea a base de mentiras tan ampliamente difundidas como refutadas. Simplificando mucho, el mecanismo consistiría en identificar como enemigo aquello que, por la razón que sea, te hace sentir inseguro y, a partir de ahí, intentar erradicarlo. En el último siglo tenemos dos buenos ejemplos, aunque estén en las antípodas el uno del otro y las motivaciones finales de cada uno sean completamente distintas: el exterminio judío por los nazis y el genocidio palestino por el Israel sionista de Netanyahu.
El cambio de paradigma que implica este viraje ideológico de las clases trabajadoras lleva a algunos pensadores del nuevo neoliberalismo convertidos en referentes para las extremas derechas, como Götz Kubitschek, a avanzar una reinterpretación de la lucha de clases. Según ellos, la batalla se libraría ahora entre trabajadores autóctonos y extranjeros, y no entre poderosos y trabajadores (o entre la burguesía y el proletariado que describieron Marx y Engels).
Qué casualidad que esta nueva “cuestión social” -quizás sería más preciso hablar de eliminación de la “cuestión social”- surja justo cuando los dueños de los medios de producción modernos que manejan el relato predominante de la extrema derecha son precisamente multimillonarios. Qué casualidad también que, una vez interiorizado el conflicto dentro-fuera, esta tesis conduzca casi de forma inexorable a la conclusión de que el eje izquierda-derecha no tiene sentido. En este supuesto movimiento, ¿dejarían de ser las clases trabajadoras el sujeto oprimido para ser el opresor? Y, si el proletariado es el opresor, ¿nace una nueva clase oprimida, la de los migrantes?
Intentar abrir una brecha en ese espacio parece, de nuevo, una maniobra a la medida de los intereses de ese grupo de oligarcas que aspira a regir el mundo desde la soberbia que otorga la ignorancia supina. Durará tanto tiempo como tarde en evidenciarse que otro eje, el Norte-Sur, se afianza cada vez más, pero con un cambio sustancial: las fronteras de ese eje se mueven y buena parte de lo que hasta ahora era Norte (ricos) dejará de serlo para convertirse en Sur (pobres), si me permiten el reduccionismo.
Europa está en una encrucijada geopolítica de irrelevancia y pérdida de valores. En su afán por ocupar un espacio que posiblemente nunca tuvo, se ha metido en una espiral reactiva a los impulsos que le vienen de fuera; básicamente, de EE UU y Rusia. Por ejemplo, ahora busca rearmarse ("La seguridad y la defensa son bienes públicos europeos", le hemos oído decir hace unos días al presidente Pedro Sánchez; bienes públicos) y quiere aspirar a liderar la Inteligencia Artificial planetaria. ¿De dónde sacará el agua necesaria para mantener la ingente energía que consumen los centros de datos en pleno cambio climático? Tiendan un paralelo desde el centro geográfico de Francia a Este y Oeste. Todo lo que quede por debajo será el Sur más Sur y ahí no habrá agua. Y, si las guerras que previsiblemente sucederán a los rearmes no acaban con todo, tocará migrar de nuevo hacia el Norte, como ya hacen ahora muchos de nuestros hijos en busca de salarios y vivienda dignos.
Y en esto estamos. Qué mundo raro. ◼
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