Este artículo se publicó hace 7 años.
Espigadores: contra el despilfarro alimentario

Por El Quinze
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Hace años, y posiblemente nuestros abuelos aún tengan memoria de ello, en los campos, tras la siega, se podían ver grupos de niños y mujeres espigando, es decir, recogiendo los granos que habían pasado inadvertidos a los segadores. En ocasiones, eran los hijos o las mujeres de los campesinos, pero en otros casos los payeses llamaban a familias con pocos recursos que habitualmente podían quedarse con lo que recolectaban. Una atávica rutina que, al parecer, no ha llegado a desaparecer del todo.
En un primaveral día de febrero, un grupo de diez personas de diferentes edades se mueve entre murmullos y matas de lechuga en el Parque Agrario del Baix Llobregat, una gran extensión de campos de cultivo que atraviesa 14 municipios. Ataviados con un chaleco verde y una pequeña navaja, recogen las verduras del suelo y las ponen en cajas de plástico. Lo que recolectan es lechuga francesa, la que es alargada y se cierra en torno al corazón, por arriba. Las que se compran en los supermercados son perfectamente ovaladas, muy distintas de las que quedan en este terreno. Al agricultor se le inundaron las tierras durante las lluvias de octubre y eso afectó al crecimiento de las lechugas. Algunas tienen hojas en mal estado, pero el problema principal es que son feas y no se pueden vender: los requisitos estéticos impuestos por las cadenas de distribución no lo permiten. Sin embargo, son absolutamente aptas para el consumo.
Menos despilfarro contra el hambre
Los encargados de espigar son los Espigoladors del Prat, coordinados por Marc Farré. Una armada de voluntarios recolecta kilos y kilos de lechuga que iban a ser abandonados por el propietario de la parcela. Lo hacen con el fin más noble: donar lo recogido a entidades sociales. Espigoladors es una entidad sin ánimo de lucro que organiza, previo acuerdo y consentimiento de los agricultores en cuestión, jornadas para recoger aquellas hortalizas que no pueden ser vendidas por cuestiones estéticas. El objetivo: acabar con el despilfarro alimentario. Tirar comida que se podría consumir supone un gasto en términos monetarios y representa un problema ético, social, medioambiental y nutricional grave. Hay quien defiende que reducir el despilfarro de alimentos es el primer paso para acabar con el hambre en el mundo.
Víctor Jimeno, del barrio del Clot de Barcelona, tiene 29 años y se ha unido desde octubre a los más de 400 voluntarios que conforman el grupo de espigadores: "Me enteré de la iniciativa porque el despilfarro alimentario me enoja. Vivimos en un mundo en el que la mitad de la gente se muere de hambre y la otra mitad se tiene que poner a dieta y tira la comida", apunta Jimeno. También le motiva la inmediatez de la propuesta: "Son las 11 de la mañana: a las 2 de la tarde, estas lechugas estarán en la mesa de alguien que las necesita para comer", explica.
En Catalunya, cada persona despilfarra casi 35 kg de alimentos al año, según datos del departamento de Seguridad Alimentaria de la Generalitat, lo que equivale a la comida consumida en casi 26 días. Más de la mitad de este desperdicio se produce en los hogares, el 12% en bares y restaurantes, el 9% en los comercios, el 4% en los servicios de catering y las instituciones, y solamente el 1% en los mercados municipales. En el conjunto de España, se desperdician al año 7,7 millones toneladas de alimentos, según el estudio Biois 2011.
Según los expertos en la materia, el problema podría atenuarse si se fomentase una consciencia colectiva más crítica acerca del despilfarro de comida: si los consumidores hiciesen una compra más responsable, sin dar tanta importancia a la apariencia de los alimentos; si no se dejasen llevar por los reclamos publicitarios y planeasen mejor la compra, ya que a menudo se compra y se cocina en exceso; si se reaprovechasen los alimentos que se están desperdiciando... También ayudaría una compraventa más directa, reduciendo los intermediarios.
Espigoladors suele recibir entre una y dos llamadas por semana. Cuando les llega el aviso de un agricultor, van a la zona para hacer una valoración del volumen de trabajo y concretan un día para ir a hacer el espigueo. El contacto con los voluntarios suelen hacerlo a través de las redes sociales. Colaboran con más de 100 agricultores en Catalunya y más de 50 entidades sociales. "El 95% de lo que se recoge va a diferentes asociaciones sin ánimo de lucro que distribuyen lo que recolectamos entre personas que lo necesitan. El 5% restante va a un obrador situado en el barrio de Sant Cosme, en el Prat de Llobregat, que emplea a personas en riesgo de exclusión social", explica Marc Farré, coordinador de Espigoladors. En el obrador se hacen mermeladas, cremas y patés vegetales que luego se distribuyen en tiendas pequeñas y mercados de toda Catalunya bajo la marca Im-Perfect.
Un proyecto innovador y sin réplica
Este proyecto innovador y sin réplica ni en el resto de Catalunya ni en el Estado nació en 2014, al mismo tiempo que la crisis económica dejaba al 20% de la población en riesgo de pobreza. "No sólo recolectamos alimentos que se echarían a perder para repartirlos entre asociaciones, sino que también contemplamos un objetivo pedagógico: traemos gente de la ciudad al campo, les formamos, damos charlas en colegios y otras entidades y ayudamos a agricultores", dice Farré. Espigoladors también tiene convenios con algunas empresas de distribución y actúa como intermediario, siempre con la misma finalidad: que no se desperdicie comida.
Valeria Cooper es argentina y es la primera vez que participa en una de estas jornadas. Llegó a Catalunya hace unas semanas con la intención de empezar a estudiar un máster en septiembre. "La gente tiene que entender que no se trata de dinero: que lo puedas comprar todo no significa que lo debas comprar todo. Como ciudadanos tenemos derechos, pero también deberes, y uno de ellos es ser responsables en nuestra compra", sostiene esta nutricionista de 27 años que se muestra crítica con las prácticas habituales en términos de consumo. La compra responsable a la que alude Valeria pasa por priorizar el consumo de productos de temporada y cultivados más cerca, es decir, el denominado producto de kilómetro cero. Según los entendidos, la recuperación de la soberanía alimentaria –la capacidad de cada comunidad de definir políticas agrarias y alimentarias más sostenibles– pasa en parte por la relocalización de la producción y la recuperación de la actividad agrícola, en este caso en la zona periurbana de Barcelona.
Apostar por los circuitos cortos
Pep Espluga, director de la diplomatura de posgrado de Dinamización Local Agroecológica de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y colaborador del Grupo de Investigación sobre Agricultura, Ganadería y Alimentación en la Globalización (ARAG-UAB), pone énfasis en la producción y distribución de los alimentos como eje del problema, y no tanto en el consumo. "Lo fácil es poner el foco en el consumidor y recomendarle una serie de buenas prácticas para reducir el despilfarro alimentario, pero fijémonos en la producción y la distribución: en la actualidad, la gran mayoría de agricultores del Parque Agrario producen para Mercabarna, supermercados, grandes superficies y para exportar. Comercializan sólo una pequeña parte de la cosecha: aquella que cumple con unos estándares de calidad determinados", apunta. Espluga asegura que hay que optar por modelos de distribución con circuitos cortos y fomentar las relaciones de confianza entre productores y consumidores. "Se les pide a los agricultores hortofrutícolas que produzcan alimentos aptos para ser transportados a larga distancia. Con una relación más próxima entre productores y consumidores, los agricultores podrían comercializar más productos, y así evitar dejar parte de la cosecha en el campo", añade.
A día de hoy, 182 ciudades –más de 20 españolas, entre ellas Barcelona y Granollers– se han adherido al Pacto de Política Alimentaria Urbana –el Pacto de Milán–, que da recomendaciones para fomentar el consumo de productos locales. La compra directa, sin intermediarios, y la promoción de políticas alimentarias locales, como el Mercat de Pagès o el Mercat de la Terra, ayudan a reducir el despilfarro. Son iniciativas que indican el camino a seguir para lograr un cambio de paradigma que, sin embargo, seguirá dependiendo, en gran medida, del consumidor, al menos mientras la logística de la distribución siga apostando por el modelo imperante.
BUENA COSECHA
Las acciones de Espigoladors han permitido recuperar unas 518 toneladas de alimentos, que se han convertido en más de un millón y medio de raciones de comida servidas por las entidades participantes en el proyecto. La recuperación de estos alimentos ha evitado la emisión a la atmósfera de 124 toneladas de CO2 y el despilfarro de 319 millones de litros de agua.
400 voluntarios
95% de lo recogido se destina a asociaciones
5% de lo recogido se reutiliza en un obrador
100 agricultores
50 entidades sociales