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Homenaje en el camino para los represaliados por el nazismo

Por El Quinze
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"Fue casi de rebote y por accidente". Así llegó la primera piedra stolpersteine a Catalunya, España y la península Ibérica. Y así lo reconoce el alcalde de Navàs, Jaume Casals (CUP). El municipio del Bages fue el primero en sumarse a esta iniciativa de memoria histórica que se ha extendido en los últimos años por toda Europa. El término alemán significa algo así como "una piedra en el camino que puede hacer tropezar" y sirve para referirse a esos pequeños adoquines que se colocan en el suelo y que están provistos de una inscripción en recuerdo de personas deportadas o asesinadas por los nazis en la Segunda Guerra Mundial. La idea fue del artista Gunter Demnig, que empezó a ponerlas por su cuenta a principios de los años noventa en Colonia (Alemania).
Las ciudades alemanas están repletas de ellas. Indican los domicilios de judíos y miembros de otros colectivos y comunidades represaliados que fueron llevados a campos de concentración o, directamente, asesinados. En España, algunas localidades cuentan ya con muchos de estos adoquines, la mayoría de ellas en Catalunya, donde ya hay 131 piedras y se prevé la colocación de otras a corto plazo. Sabadell, Manresa, Girona, Granollers, Lleida, Olesa de Montserrat o Igualada son algunos de los municipios que han aceptado el reto de llevar a cabo investigaciones para identificar qué vecinos fueron víctimas del nazismo en la primera mitad de siglo XX. Pero la experiencia pionera se dio en el municipio de Navàs.
"Hicimos un libro de memoria histórica y, durante la investigación, encontramos cosas que nadie nos había explicado. Una de ellas fue que cinco navasencs habían sufrido el horror de los campos de concentración nazis", recuerda Casals. Alguno de los historiadores de la zona que participaron en el proyecto conocía la iniciativa de las stolpersteine porque las había visto en otras ciudades europeas. "Contactamos con el artista y se las encargamos. Demnig en persona puso las cinco baldosas en abril de 2015. Nos dimos cuenta de que era una acción muy potente, y tristemente pionera en Catalunya. Habríamos preferido no ser los primeros, y que mucha gente hubiera cerrado heridas antes", lamenta.
El Ayuntamiento hizo difusión de su tarea, y Navàs se erigió en referente en la materia. Hasta que en 2017 el Memorial Democràtic, el ente de la Generalitat dedicado a la memoria histórica, empezó a coordinar esta iniciativa y a guiar a los municipios que quisieran replicarla. Una de las localidades que más se ha involucrado ha sido Sabadell –ciudad gobernada por una coalición de ERC, Crida per Sabadell, Guanyem Sabadell y Unitat pel Canvi–, que cuenta con unas 25 placas y tiene más de 30 en lista de espera.
Tres historiadores venían investigando desde los años noventa acerca de los habitantes deportados originarios de esta localidad del Vallès Occidental, un trabajo que se publicó en varios artículos académicos. "En 2018, a raíz de un programa de memoria histórica impulsado por el Ayuntamiento, se quiso potenciar el recuerdo a aquellos deportados y se puso sobre la mesa la opción de colocar las placas", recuerda Genís Ribé, técnico del Museu d’Història de Sabadell. Desde entonces, la ciudad ya ha instalado más de 20. Y lo más importante, ha desenterrado un pasado del que aún reciben novedades.
"Las placas han hecho llegar información de memoria histórica más allá del ámbito académico, al público general. La iniciativa nos obligó a investigar de nuevo caso por caso y analizar las historias de vida de cada persona, cuál fue su último domicilio o si eran sabadellenses de nacimiento", apunta Ribé. El museo preparó una exposición que terminó hace unos días y que ha servido también para llegar a más familiares de los afectados y sacar a la luz nueva información. "Han aparecido descendientes que no sabían demasiado sobre sus familiares. O que sabían, pero nunca habían indagado. Hemos ingresado documentación en el archivo de 16 familias nuevas. Lo más valioso es el testimonio directo de las familias, haber hablado con ellas, porque ves la huella que todo aquello ha dejado. Es importante porque han salido a la luz historias no contadas", celebra el técnico del museo.
Demnig recaló en enero de 2018 en la vecina localidad de Granollers para colocar siete stolpersteine. "Encajaba bien con nuestra manera de hacer memoria histórica", explica Carme Barbany, responsable del área de proyectos estratégicos y de comunicación del Ayuntamiento, gobernado por el PSC. "Es una forma de integrar en el urbanismo de la ciudad la memoria de unos hechos trágicos del pasado", añade. En la capital del Vallès Oriental, unas baldosas ya identifican los espacios de la ciudad afectados por los bombardeos de la Guerra Civil, en el marco de un proyecto de memoria histórica en el que hace años que trabaja el Consistorio. Pero el detonante que llevó al Ayuntamiento a contactar con el Memorial Democràtic para homenajear a las víctimas con stolpersteine fue un trabajo de investigación de bachillerato sobre vallesanos deportados hecho por Núria Sala. Las biografías de estas siete víctimas están también recogidas en la publicación municipal Granollerins deportats als camps de concentració nazis, y el Ayuntamiento mantiene la puerta abierta a ampliar la lista en caso de localizar otras víctimas.
Iniciativas individuales
La ampliación de la información existente y la verificación de nombres, fechas y datos relacionados con los represaliados es uno de los aspectos más positivos que se derivan de la colocación de las placas. Lo asegura Juan M. Calvo, historiador y miembro del Amical de Mathausen, una de las entidades de memoria histórica que ha participado en la iniciativa en distintos municipios. "Nosotros no podemos iniciar la petición, porque deberíamos hacerlo con los miles de deportados y exiliados de los que tenemos constancia, pero ayudamos cuando las familias o los Ayuntamientos ponen en marcha una solicitud", explica. El Amical, eso sí, ofrece sus listados de deportados y exiliados para que los investigadores locales cotejen los datos. "A menudo este trabajo nos ayuda, porque aparecen nuevos deportados que no nos constaban, o rectifican nombres que estaban mal escritos, porque a veces nuestras fuentes provienen de Francia y Alemania, y hay detalles erróneos", resalta Calvo. Además de participar en la investigación y ayudar en lo que puede, la entidad está presente el día de la colocación.
Aunque son más favorables a los memoriales colectivos, Calvo asegura que este es un proyecto muy positivo e interesante y destaca la visibilidad que da a los exiliados españoles. "Las baldosas incluyen si las personas fueron deportadas o asesinadas, y aquí, en España, indican también si estaban en el exilio. Porque las piedras se colocan en la última localidad en la que esa persona residió antes de exiliarse tras la Guerra Civil. Pero no significa que fuera deportada directamente desde esas poblaciones, ya que muchos republicanos fueron apresados o asesinados ya en territorio francés, por ejemplo", detalla Calvo.
Es el caso de dos hermanas de Sabadell, Emília y Angelina Masachs Borruel, que murieron en Francia sin llegar a ser deportadas. Cuando estalló la Guerra Civil, el padre de las niñas, Joan Masachs, se alistó en el ejército republicano, y la familia tuvo que exiliarse a principios de 1939. Tras pasar por el campo de Argelers-sur-Mer, llegaron a Oradour, donde quedaron atrapados durante la ocupación alemana de territorio francés. A Joan lo reclamaron para el servicio militar obligatorio alemán. Pero Emília Borruel y sus dos hijas permanecieron allí, donde, en junio de 1944, en la recta final de la Segunda Guerra Mundial, tuvo lugar la masacre de civiles más grande vivida en Francia durante la contienda: 642 personas fueron asesinadas, entre ellas las dos hermanas, que entonces tenían 11 y 7 años y que se hallaban en la escuela. Tanto la madre como el padre estaban fuera de la villa cuando aconteció la tragedia. Joan y Emília vivieron algunos años más allí mismo, donde tuvieron otros dos hijos, hasta que volvieron a Sabadell. Los supervivientes tuvieron que lidiar con aquella gran pérdida, que hoy queda inmortalizada gracias a las stolpersteine instaladas en el barrio de la Creu de Barberà, ante la última casa en la que la familia residió antes de exiliarse.