Información y transparencia, claves para gestionar el ‘sí, pero aquí no’

Por El Quinze
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En los últimos años las informaciones sobre conflictos sociales relacionados con la aceptación o el rechazo de la diversidad han proliferado. Entre ellos, los casos de rechazo a centros de acogida de migrantes menores de edad no acompañados. No es un fenómeno nuevo y seguirá aumentando, por múltiples razones. El tema, en sí relevante, es aún más preocupante por las situaciones contextuales que dan normalidad y visibilidad a este tipo de reacciones.
Uno de los principales facilitadores de las migraciones son las dinámicas socioeconómicas globales. Crean trabajo, pero también nuevas pobrezas y nuevos conflictos, a menudo intencionales. Los intereses geoestratégicos, la crisis climática o la apropiación de recursos naturales en tierras ajenas llevan a conflictos que nos son presentados como tribales, religiosos e incluso con apariencia de humanitarios, que fuerzan a la migración.
Somos poco conscientes de ello, pero hay intereses e interesados en distorsionar este fenómeno y convertirlo en un problema puntual, no estructural. Nuestro país ha sido tierra de paso, de mezcla y de culturas de síntesis desde siempre; como todos los países. Lo que ha cambiado es la velocidad con que se realizan las traslaciones de población. Los menores que migran solos siempre han existido. Lo que no existían eran las leyes que, para bien y para mal, los etiquetan como tales.
El acrónimo nimby remite a los servicios o instalaciones que se consideran necesarios, pero que no se quieren al lado de casa, por los efectos negativos que se les asocian. Término aplicado habitualmente a instalaciones de interés ambiental, aparece también recursivamente ante instalaciones de interés social. Se trata de casos de naturaleza muy distinta, pero que comparten el temor a las molestias que pueden generar, a un incremento de la inseguridad, a la presencia de personas o de estéticas no deseadas que puedan perturbar su tranquilidad o a la devaluación económica de las propiedades. El nimby, que se puede interpretar como una reacción individualista y egoísta de los colectivos reactantes, tiene también una lectura positiva: es la expresión de cierta cohesión social o empoderamiento.
Una sociedad que no esté mínimamente vertebrada no tiene capacidad de afrontar o confrontarse a ningún proyecto, no hay capacidad de autoorganización. El sentimiento de pertenencia y de identidad suele considerarse como un elemento de salud social. Pero esta capacidad de afrontamiento tiene también un riesgo: puede facilitar la construcción de una imagen negativa, estigmatizar la diferencia, consolidar el rechazo y, además, puede ser susceptible a la manipulación.
En los últimos años asistimos, de forma acelerada, a intentos descarados de construir relatos –informaciones, noticias o fake news– que buscan generar una opinión o una mirada distorsionada de la realidad para favorecer la aparición de reacciones que convienen a intereses no siempre confesados –ni confesables–. Es, de nuevo, la versión de un fenómeno ancestral: construir miradas a partir de interpretaciones interesadas. La identificación con una u otra nos confiere identidad como personas y nos hace sentir parte de un colectivo, una necesidad psicológica básica del ser humano. Los nimby no escapan a estas vivencias y son extremamente sensibles a la comunicación, a la gestión de esta y a la credibilidad de las fuentes que enaltecen o minimizan el proyecto propuesto y el conflicto que se genera.
Cualquier nuevo proyecto o servicio genera inevitablemente un cambio en su entorno. El ser humano puede aceptar cierta novedad, siempre que no le haga salir de su nicho de confort o de lo que le es familiar. Estamos en una época de cambios acelerados, lo que Bauman llamaba modernidad líquida. Su acumulación genera un sentimiento de pérdida de lo nuestro y nos hace percibir que no tenemos el control sobre nuestro entorno. Nos fuerza a adoptar nuevas pautas de comportamiento y a habituarnos a situaciones que requieren un esfuerzo que no estamos seguros de querer o poder hacer. Nos sentimos víctimas y necesitamos siempre tener un culpable, sea o no el auténtico responsable.
Además, es muy frecuente que la implantación de servicios no deseados coincida con la concentración de instalaciones de naturalezas parecidas en zonas empobrecidas o marginalizadas. Se produce, entonces, la maximalización de la percepción de inequidad e injusticia. Esta es una de las constantes en todos los estudios de fenómenos nimby.
¿Qué hacer? No hay fórmulas mágicas para gestionar estos conflictos. Pero hay que tener en cuenta algunas cuestiones. Por un lado, la imprescindible transparencia, la claridad y la credibilidad de la toma de decisiones y la información. A ello ayuda el seguimiento desde la concepción a la gestión del centro o del proyecto por parte de los potencialmente afectados. Además, los protagonistas del rechazo nunca son homogéneos y, por tanto, requieren de informaciones específicas y con frecuencia de procesos de mediación. Por otro lado, y paradójicamente, en zonas muy individualistas, la aparición de un movimiento social de rechazo eleva el nivel de vertebración social, cosa que permite que a medio plazo se pueda negociar lo que en origen resultaba imposible. Y, finalmente, no hay que olvidar que reaccionamos más a una percepción construida de la realidad que a hechos objetivos, lo cual pone la gestión de la comunicación –y los procesos psicológicos asociados– en el núcleo de los conflictos del sí, pero aquí no.