Este artículo se publicó hace 7 años.
Malvivir de la chatarra en Barcelona

Por El Quinze
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"Siempre estamos un poco peor. Pero el cambio es tan lento que incluso nosotros lo normalizamos". Modou, que hoy ha estado cerca de nueve horas paseando entre contenedores, compara la recogida de chatarra con el tabaquismo: la salud siempre mengua si uno no deja de fumar. Algo parecido pasa con la recogida: siempre se gana menos, siempre se vive peor, si se sigue en el oficio. El senegalés de 35 años –tres en Barcelona– tiene experiencia en ambas actividades: relata sus vivencias con la chatarra mientras sostiene un pitillo entre los dedos, justo al salir de vender hierro en una nave del Poblenou. La jornada de trabajo le ha rendido 10 euros. "Mal día", lamenta.
Defiende el mismo argumento –aunque algo más parco en palabras– Mihael, un padre de familia de origen rumano que lleva cerca de cinco años recogiendo materiales con su bicicleta. Consigue, en función del día, entre 5 y 20 euros. Trabaja por las tardes y vende el kilo de hierro a seis céntimos de euro. "Cada vez es más difícil, aunque nunca fue fácil", reconoce. Mihael no quiere que le hagan fotos. Según él, por las acciones de unos pocos se les mete a todos en el mismo saco. "Yo no quiero ocupar, no quiero delinquir. Sé que hay algunos que lo hacen. Pero yo sólo me dedico a recoger chatarra, y hay mucho racismo en la calle. Sólo hago esto para ayudar a mi familia", explica Mihael.
Los chatarreros trabajan a cualquier hora, a menudo en jornadas largas, pero es al salir o ponerse el sol cuando se concentran alrededor de los almacenes de materiales del Poblenou. Modou dice que raramente pueden probar bocado mientras rebuscan en los contenedores y que es después de la venta cuando invierten parte de lo ganado en comer. Él vive en Badalona, donde comparte piso con otros migrantes senegaleses. Mihael, por su parte, duerme en la calle. Es la única opción que le queda para poder mandar cada mes una remesa de 70 euros a su familia. Una cantidad que ha ido decreciendo desde su llegada a Barcelona. Estas Navidades, dice, si la cosa no cambia y no vuelve a facturar importes más elevados, volverá con los suyos. "Prefiero ser pobre en mi pueblo, con los míos, antes que aquí sólo".
Un trabajo competitivo
Tradicionalmente, citan los testimonios consultados, la chatarra ha sido vista como un trabajo competitivo. "Cuando veo a alguien en un container, ya no me acerco: aquello ya es suyo. A veces hay que alejarse mucho para poder conseguir algo", dice Mihael, que explica que los mejores días son aquellos en los que algún contacto le pasa el vaciado de un domicilio. Aunque esto no suele ocurrir.
Las principales comunidades de la chatarra en Barcelona están compuestas por personas del África subsahariana o de países de la Europa del Este. No tienen contacto entre ellas y no colaboran. No entran en trifulcas, pero tampoco esconden los recelos que se tienen unos y otros. La calma tensa se mantiene de forma recurrente desde la creación de grandes asentamientos de chatarreros en el Poblenou a principios de la segunda década de los 2000, cuyo referente –por presencia de personas y por capacidad negociadora con la Administración– fue la nave Mount Zion, un complejo de fábricas abandonadas en la calle Puigcerdà, 127, desalojado por decenas de policías en 2013. Las distintas nacionalidades estaban divididas y eso les impidió sumar para arrancar al entonces alcalde Xavier Trias (CiU) algo más que una cooperativa, Alencop.
Las diferencias entre comunidades y el modus operandi de cada una –los del África del Oeste cooperan más entre ellos y suelen compartir piso, mientras que personas como Mihael funcionan de forma más autónoma– hace que la mayoría de chatarreros libren la guerra por su cuenta. Amadou Tidiane estuvo seis años recogiendo chatarra en Barcelona. Recuerda que, antes de los desalojos de la nave de Puigcerdà, había "algo más de colaboración" entre los migrantes dedicados a la recogida de materiales. La desaparición paulatina de asentamientos desde Mount Zion, sin embargo, acabó de mermar las relaciones entre ellos. "En los asentamientos hablabas, podías compartir algo", recuerda Amadou.
Hoy Amadou ya no recoge chatarra. Se acabaron para él las jornadas maratonianas en busca de materiales junto a su carrito de súper transformado en almacén portátil. Ahora forma parte de la cooperativa Alencop junto a otros exchatarreros. Está en la comisión de comunicación y dedica la mayor parte de su tiempo a la entrega de paquetes, otra de las vías que la cooperativa abrió entre los múltiples servicios que ofrece. Alencop recoge a domicilio, de manera gratuita, electrodomésticos y otro tipo de chatarra. En concreto, se hace cargo de hierros y derivados, residuos de aparatos eléctricos y electrónicos, así como pilas, baterías, bombillas e incluso aceite usado.
La cooperativa desarrolla otras tareas, como el vaciado de naves, locales y pisos bajo presupuesto. El proyecto, que cuenta con el apoyo del Ayuntamiento de Barcelona y Labcoop –una cooperativa que impulsa proyectos de emprendimiento social cooperativo–, ha permitido regularizar por la vía laboral la situación administrativa de 20 exchatarreros. Amadou considera la cooperativa como un primer paso y anhela que los puestos de trabajo se amplíen para dar cobertura a muchos más chatarreros. Él sigue teniendo amigos dedicados a la recogida de materiales.
Una salida cooperativa insuficiente
Alencop fue una iniciativa pionera de salida laboral para personas dedicadas a la chatarra. Pero no todo el mundo recuerda aquella obra del Gobierno de CiU como un éxito. El desalojo, seguido de la creación de la cooperativa, desalentó al movimiento político del asentamiento de Mount Zion. Así lo expresa Julián Porras, doctor en sociología por la Universitat de Barcelona y miembro del Espacio del Inmigrante. Porras, experto en las consideradas economías informales y que ha trabajado en un estudio exploratorio para la Universitat Autònoma de Barcelona sobre los chatarreros en Catalunya, no resta peso a las responsabilidades municipales respecto a este colectivo, pero sí enmarca la problemática en un fenómeno global. "Hay chatarreros en todas las ciudades del mundo. Forman parte de una cadena de oficios precarios que se dan en la urbe global. No puede atacarse desde una única ciudad", asegura.
Según Porras, los chatarreros cumplen una función primordial en la recogida selectiva de unos materiales a los que la Administración no presta atención en el ciclo de recuperación de residuos. Asimismo, la selección de materiales de los containers ofrece también una segunda vida a muchos objetos que pueden ser útiles para algunas personas. De ahí el nacimiento del apodado en la prensa Mercado de la Miseria, en Glòries, donde hasta 300 vendedores comercializan su género, la mayor parte recogido de la basura. Ni siquiera las obras de reurbanización de la plaza han hecho disminuir el número de paradas. La construcción hace unos años de los nuevos Encants –con su techo de espejos, también en Glòries– tampoco frenó la venta ambulante de productos reutilizados. En el nuevo mercado, proyectado por el Consistorio, se ofrecen tres tipos de licencias: de persiana, de armario y de subastadores –39 puestos, con subasta diaria a las cinco de la mañana– y para todas ellas hay que pagar el Impuesto sobre Actividades Económicas (IAE). De manera que, si ya en la antigua Fira de Bellcaire no todos los vendedores cumplían los requisitos para vender –muchos estaban en situación administrativa irregular–, en los nuevos Encants estos requisitos han seguido dejando fuera del circuito a vendedores y compradores y, así, dando sentido al Mercado de la Miseria.
UN LUSTRO DE LA 'CASA' MOUNT ZION
Se la denominaba la casa. Y, más allá de ocupar una buena franja en los informativos y los titulares de los diarios durante 2012 y 2013, mereció incluso un cómic. Mount Zion –así la llamaron también sus integrantes– fue mucho más que un templo para las personas dedicadas a la chatarra. Era su refugio. Conocida también como Ca l’Àfrica, fue habitada durante tres años por más de 300 personas de diferentes países. La nave fue ilustrada por Sagar, con texto de Jorge Carrión, en la novela gráfica Los vagabundos de la chatarra (Norma, 2015). Se ha cumplido ya más de un lustro del movimiento chatarrero y su posterior desalojo. Según voces como la de Julián Porras, del Espacio del Inmigrante, aquel fue un movimiento "único" que dejó un prolongado vacío en las luchas migrantes en la ciudad hasta la aparición del Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes de Barcelona en el año 2015.