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El MNAC: cultura con vistas

Por El Quinze
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La avenida Maria Cristina, en la falda de la montaña de Montjuïc de Barcelona, alterna momentos de tranquilidad con otros de gran bullicio. Son habituales los visitantes de los salones que se celebran en el recinto ferial; hordas de turistas que acuden por la noche a ver la Font Màgica; runners que se atreven a subir hasta la Anella Olímpica o el castillo; e incluso trabajadores de la Zona Franca que cruzan la montaña en autobús, atajando y evitando la congestionada plaza Cerdà. También los hay que se acercan hasta el Museu Nacional d’Art de Catalunya, el MNAC, ya sea para visitar su colección o simplemente para gozar de su mirador. El edificio que acoge el museo, el Palau Nacional, observa impertérrito todo este ir y venir. Inaugurado en 1929 con motivo de la Exposición Internacional, conserva en sus salas y sus depósitos cerca de 300.000 obras y objetos, entre ellos la colección de arte románico –seguramente la más importante de Europa–, piezas de arte gótico y barroco, así como numerosas obras destacadas del Modernismo catalán, entre otros movimientos artísticos. El museo es también refugio de algunas obras con destino incierto: los polémicos murales de Sijena, salvados de un incendio en plena Guerra Civil. O de una colección de puertas que Gaudí diseñó para la Casa Batlló y que estuvieron a punto de acabar en un contenedor. El MNAC, que es altavoz cultural de Barcelona y Catalunya, cuenta también con un órgano de 2.500 tubos fabricado a principios del siglo XX y que preside la Sala Oval. Lo hace, eso sí, en silencio: restaurarlo sale demasiado caro.