Los pescadores de la Barceloneta: el fin de una larga historia

Por El Quinze
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Las calles, plazas y playas de la Barceloneta, ahora llenas de bañistas de todo el mundo, atesoran el recuerdo de actividades tradicionales como la pesca, que, junto con la función portuaria, la construcción, la reparación naval, la industria mecanometalúrgica y los baños de mar definieron este barrio levantado en 1753.
La pesca estuvo presente siempre en los arenales de la costa barcelonesa, desde el pie de Montjuïc a las playas extramuros y más allá, hacia el Besòs. Lo muestran los restos arqueológicos de las barracas de pescadores halladas en el solar de la antigua estación de Cercanías. Con la construcción de la Ciutadella y la destrucción de gran parte de la Ribera, los pescadores siguieron viviendo dentro murallas.
En el primer tercio del siglo XX, los pescadores ocupaban la dársena del puerto, donde se hacía la subasta del pescado –la popular banqueta– y la playa de la Mar bella, al final de la calle de las Drassanes. A los pescadores autóctonos y los procedentes de la costa valenciana y alicantina se les añadieron los del sureste peninsular, sobre todo de Granada y Almería, a menudo temporeros que se cobijaban en los arenales del Somorrostro o compartiendo los pequeños quarts de casa.
Antes de la Guerra Civil, en la Barceloneta vivían poco más de 30.000 personas. Había una fuerte vida asociativa en la que participaban los pescadores, reunidos en torno al Pòsit de Pescadors y las cooperativas: el Centre Cooperatiu de Pescadors, con la agrupación coral El Xubasquero, y la Joventut Pescadora. Destacaba también la fuerte presencia de pescadores en bares y bodegas. Muchas mujeres de pescadores ofrecían pescado –a menudo de la parte o morallaque le correspondía a cada marinero– en tiendas improvisadas en la calle, y otras tenían puntos de venta en el mercado o trabajaban en él. A menudo las familias de pescadores ocupaban las calles delante de sus viviendas, donde zurcían y remallaban las redes o preparaban los palangres.
Después de la guerra, tiempo de destrucción de parte del barrio y el puerto por los bombardeos aéreos, la Barceloneta recuperó poco a poco la actividad pesquera. El puerto de pescadores ocupaba el espacio al pie de la Torre del Rellotge, y la Confraria de Pescadors funcionaría en el Passeig Nacional –ahora Joan de Borbó–, donde se ubicaron un buen número de establecimientos de efectos navales que proveían a barcos y pescadores. Destacaban el de Martí Ventosa y el Remitger.
La posguerra no mejoró las condiciones de vida y laborales de los pescadores, que no lograron que se construyeran las prometidas casas de pescadores en la playa. Los de las barracas del Somorrostro fueron expulsados en 1966 al nuevo barrio de Sant Roc, en Badalona, del que tenían que desplazarse cada día –a veces en taxi– hasta la Barceloneta para ir a pescar. Su trabajo no era fácil: junto a las barcas de gestión familiar –como Albiol, Forné o Costa Picarin–, muchos marineros recibían un salario en función de la pesca capturada, de la que el patrón y el armador se llevaban un buen tajo. No eran extrañas las ayudas a pescadores jubilados o a sus viudas. Y existía una escuela gratuita para sus hijos.
Pese a las dificultades, la pesca ocupaba en 1971 a cerca de un millar de pescadores y un centenar de barcas. Seguía la gestión directa en manos de familias de la Barceloneta, pero se empezaba a introducir la gestión externa. Se mejoraron las instalaciones del puerto pesquero, con una fábrica de hielo, cámaras frigoríficas y un edificio cubierto para la subasta. La pesca continuó favoreciendo la creación de fondas y puestos de comida con pescado fresco, que ofrecían guisos marineros tanto en el Passeig Nacional como en los populares y muy frecuentados chiringuitos de la playa, algunos regentados por familias pescadoras.
Este ecosistema empezó a resquebrajarse con las propuestas urbanísticas que proponían la desaparición de gran parte del barrio, como el Plan de la Ribera de 1965, o los planes de ampliación del puerto y las nuevas formas de transporte de mercancías, con contenedores, que desquiciaba el trabajo de los estibadores. Cabe añadir el cierre de empresas como la Maquinista Terrestre y Marítima y la crisis de la construcción naval. La pesca empezó a cambiar con la tecnificación de las embarcaciones, las reglamentaciones medioambientales y la llegada de barcas y peces del extranjero.
Vecindario y pescadores pararon el Plan de la Ribera, proponiendo la reforma de las viviendas, la mejora de los equipamientos y la permanencia del vecindario y las actividades marítimas de la Barceloneta, para detener la marcha de los jóvenes y para dignificar el barrio. El Plan Parcial de Reforma Interior (PERI) se redactó en 1986, fruto de un proceso participativo con las entidades de barrio. Por desgracia, los Juegos Olímpicos de 1992 no tuvieron en cuenta las propuestas y se optó por hacer actuaciones puntuales en la playa y el Port Vell. Se destruyeron los Tinglados del Moll de la Barceloneta y los chiringuitos de la playa, y desaparecieron los establecimientos de baños. Las nuevas actuaciones comerciales y lúdicas, en el Maremagnum, y los hoteles de lujo, como el Vela –obra de la Autoridad Portuaria–, así como la proximidad de la Vila Olímpica, marcarían una nueva etapa.
Hoy el puerto pesquero se ve forzado a marchar fuera de la Barceloneta, mientras el barrio se convierte en un espacio turístico, ya que los quarts de casa, que permanecieron sin mejoras al no aplicarse el PERI, son objeto de la especulación inmobiliaria, dando lugar a la creación de apartamentos turísticos. Poco a poco, el turismo fractura y rompe la tradicional vida social y económica del barrio, que ahora es sustituida por nuevas actividades y un comercio al servicio de los visitantes que frecuentan masivamente la playa y llenan las calles sin ningún miramiento por la gente que vive en ellas, y en las que los pescadores, que antes eran unos de los protagonistas de la Barceloneta, ya cuentan bien poco.
*Una primera versión de este texto se publicó en el número 1 de la Revista Argo del Museu Marítim de Barcelona.