Este artículo se publicó hace 7 años.
Un plato en la mesa repleto de solidaridad

Por El Quinze
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El 19,6% de los habitantes de la capital catalana viven por debajo del umbral de la pobreza, según datos de la Enquesta Sociodemogràfica de Barcelona, recogidos a mediados de 2018. Entre los casos más extremos, están las 3.500 personas que, según la Red de Atención a las Personas sin Hogar, no tienen un lugar en el que pasar la noche o los usuarios de los 18 comedores sociales del Ayuntamiento: alrededor de 14.000 personas. Se trata de una cifra que en los últimos años "se ha mantenido estable, con una pequeña tendencia al alza por la llegada de más personas a la ciudad", según explican fuentes de Serveis Socials del Consistorio barcelonés.
Para hacer frente a esta situación, el Ayuntamiento ha venido ampliando las ayudas a los comedores en casi medio millón de euros anuales en el periodo comprendido entre 2011 y 2018, hasta los 2,91 millones de euros actuales. Solo en el último curso se repartieron más de 400.000 comidas, una cifra que no incluye las cenas en compañía o a domicilio para personas mayores con poca autonomía, que dependen también de la Administración local. Este esfuerzo, sin embargo, continúa siendo insuficiente para atender a toda la demanda. Es por eso que, en muchas ocasiones, allí donde no llega el Ayuntamiento, tratan de hacerlo asociaciones y fundaciones sociales de carácter privado, que, mediante ayudas –provenientes del sector público o del empresariado–, intentan achicar el agua para que no se hunda el barco.
El reparto en la calle, suspendido
En el barrio del Fort Pienc, entidades como Amásdes, Terike, Sai Amor, Silo o Casa Solidària estuvieron organizándose durante más de seis años para repartir comida en la calle a quienes más lo necesitaban. Los beneficiarios de esta acción solidaria eran cerca de un centenar de personas. Entre ellas había personas sin techo, extranjeros en situación irregular o menores migrantes no acompañados. Durante el último año, la actividad se trasladó a la parroquia de Sant Fèlix l’Africà, en la calle Sardenya, pero la pasada primavera, como consecuencia de las presiones de algunos vecinos, se dejó de hacer. Ahora, y pese a que esta iniciativa había contado durante todo este tiempo con el beneplácito y el seguimiento del Ayuntamiento, las distintas asociaciones implicadas aseguran que el Consistorio les ha dado la espalda.
Carol Roura, secretaria de la junta de Amásdes, mantiene que fue hace aproximadamente un año cuando las cosas empezaron a cambiar. "Nos estuvimos reuniendo con Servicios Sociales para intentar encontrar un local en el que llevar a cabo nuestra actividad, pero no les hemos gustado nunca. Como cubrimos lo que el Ayuntamiento no llega a cubrir, nunca nos han puesto las cosas fáciles", considera Roura, que sostiene que siempre han recibido el cariño del barrio.
"Más allá de la actividad estrictamente solidaria, el reparto de comida que se llevaba a cabo en la calle terminó generando numerosas quejas vecinales por suciedad, ruido y cierta sensación de inseguridad, hasta el punto de convertirse en algo insostenible", explican fuentes de Serveis Socials. En alguna ocasión –y en esto coinciden las entidades y el Consistorio–, la Guardia Urbana tuvo que hacer acto de presencia en la zona para controlar alguna actitud inapropiada por parte de alguno de los usuarios que se acercaban a recoger comida. "Aunque siempre había sido una cosa puntual", asegura Ignasi Roca, presidente de Sai Amor.
Fue a mediados del año 2018 cuando se acordó trasladar el reparto de comida al interior de la parroquia de Sant Fèlix l’Africà durante un año. Un pacto que, según el área de Serveis Socials, no resultó sencillo, ya que, en su opinión, no todas las entidades colaboraron en la misma medida "en la construcción de un proyecto conjunto, compartido y autogestionado por los colectivos que lo integraban". "El párroco empezó entusiasmado, pero al cabo de un tiempo los vecinos empezaron a denunciar un aumento de criminalidad e inseguridad que no nos permitió renovar el acuerdo otro año más", cuenta Roura. El reparto de comida en la parroquia se llevó a cabo por última vez el pasado 31 de mayo.
Roca sostiene que el cambio de actitud del Ayuntamiento llegó un par de meses antes de las elecciones municipales. "Nos dijeron que el Ayuntamiento estaba trabajando en un nuevo plan y que la situación de entidades como las nuestras se tenía que regularizar", explica el presidente de Sai Amor. Y recuerda que la noche del 30 de marzo, mientras repartían la cena en la calle –al margen de su actividad en la parroquia, seguían haciendo reparto en la vía pública los fines de semana–, se les acercó un coche de la Guardia Urbana. "Nos avisaron de que, si no cesábamos nuestra actividad, nos acabarían multando por desórdenes públicos", explica Roca.
A día de hoy no existe ninguna ordenanza pública que prohíba el reparto desinteresado de comida en la calle, y fuentes de la Guardia Urbana afirman que, por el momento, no han interpuesto ninguna denuncia contra ninguna de las entidades implicadas. De hecho, tanto Amásdes como Sai Amor cesaron el reparto de comida en la calle el pasado 13 de abril. La primera está buscando otras formas de ayudar y la segunda ha decidido que, de momento, no insistirán más en el tema y se centrarán en otros proyectos. Fuentes de Sai Amor explican que no existen negociaciones entre el Ayuntamiento y las asociaciones, y que siguen a la espera de que el ente público redacte el proyecto de regularización.
"El Ayuntamiento trabaja con las entidades de la ciudad para garantizar comidas dignas para todos, pero no por el derecho a repartir comida en cualquier sitio y de cualquier manera", explican fuentes del Consistorio, que mantienen que cada día hay plazas disponibles para cenar en los comedores municipales. En materia de alimentación, y según datos correspondientes al año 2018, el Ayuntamiento proporcionó 1.913.706 comidas, y 132.176 personas fueron atendidas o recibieron ayuda alimentaria a través de diferentes programas municipales. Las mismas fuentes aseguran que el Ayuntamiento ha manifestado a las distintas entidades implicadas su disposición para ayudar a definir un proyecto de atención a la alimentación, y recuerdan que la intervención y el trabajo social deben hacerse "siguiendo unos criterios mínimos de dignidad y acompañamiento".
Más que un plato de comida en el Eixample
Algunas iniciativas sociales no se limitan a proporcionar comida a quienes no tienen, sino que ofrecen acompañamiento a estas personas en situación de vulnerabilidad. Es el caso de La Merienda, un proyecto que la Fundación Sud Integració lleva a cabo en la Dreta de l’Eixample, uno de los barrios con una renta familiar per cápita más alta. "Hicimos una investigación sobre comedores sociales y nos dimos cuenta de que, en realidad, no había una necesidad tan grande de comida, sino de acompañamiento a las personas; era gente que necesitaba ser escuchada", explica Martina Puga, coordinadora de esta comunidad.
La Merienda se reúne cada lunes y miércoles de 17 h a 20 h en la Basílica de la Concepció, en la calle Roger de Llúria. Una cuarentena de voluntarios dedica su tiempo libre a acompañar a las personas que se acercan a este espacio, que en invierno ha llegado a superar las 120 personas usuarias, que reciben comida y acompañamiento gracias a las aportaciones de empresas privadas y entidades públicas. "Lo más importante aquí son los vínculos que se crean entre todos. Hay gente que empezó viniendo como usuaria, pero que ahora nos ayuda, además, como voluntaria", explica Puga. Es el caso de G., una joven de origen peruano que llegó a España sin los papeles en regla y que, después de asistir asiduamente a La Merienda y normalizar su situación, terminó por colaborar en la coordinación y la intendencia de las tardes. "Aquí ya conozco a todo el mundo", asegura.
"La Merienda tiene también una parte de empoderamiento personal", comenta Alejandra Llambés, voluntaria y encargada de las redes sociales de La Merienda. El objetivo es ir más allá del simple reparto, por lo que también trabajan la inserción laboral de los usuarios. "Si solo te ponen un plato de macarrones, difícilmente hablarás con nadie, pero si me cuentas qué te pasa, intentaremos encontrar soluciones a tus problemas", argumenta Puga. En un pequeño despacho improvisado, ella misma atiende a todo el mundo que quiera buscar trabajo. "Principalmente les ayudamos con todos los trámites burocráticos, así como enviando ofertas de trabajo por internet. El otro día, una chica de Venezuela fue a una entrevista de trabajo y ya le han hecho un contrato", explica orgullosa la presidenta de la entidad.
En el claustro de la iglesia hay gente de todo tipo y de todas las edades. Juegan al dominó mientras las voluntarias reparten café con leche y pastas. Carme, de 75 años, es la usuaria más veterana. "Vengo aquí desde el primer día", asevera. Cuenta que, en sus años mozos, era actriz, y todavía se sabe de memoria los monólogos que representaba entonces. "La gente es fantástica; siempre llego tarde, pero me guardan comida todos los días. No os creáis que no tengo problemas, pues tengo muchos, pero cuando vengo aquí los dejo en casa", añade. Carme tiene dos hijos, a los que nunca ve, y una bisnieta que todavía no ha conocido. "Espero hacerlo algún día", comenta mientras se sienta de nuevo al lado de otros usuarios, que se quejan del calor que hace estos días en la ciudad.