Este artículo se publicó hace 7 años.
Ruralizar Collserola: más payeses y menos bicis

Por El Quinze
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Barcelona y su área metropolitana no tienen por qué renunciar a albergar espacios en los que recuperar su carácter más rural. Esa es la idea que trata de abrirse camino en la sierra de Collserola, declarada parque natural en 2010 y principal pulmón verde que une la capital catalana con algunos de los municipios que la rodean. Tener más campos y más ganado que paste por la montaña puede repercutir positivamente tanto en el mantenimiento del bosque como en el consumo de productos de proximidad. El Consorci del parque y varios ayuntamientos promueven Alimentem Collserola, una iniciativa que trata de incrementar el número de cultivos, mientras que algunas entidades del territorio defienden lo mismo a través del proyecto Ruralitzem. Parece que no será tarea fácil, porque faltan payeses en la zona y porque los que ya ejercen piden más facilidades y apremian a que se tome conciencia de que la montaña no es solo para salir en bici, a correr y a pasear.
Las entidades de Ruralitzem hace años que insisten en ello, pero ahora tienen una página web propia en la que pueden exponer sus reivindicaciones. El activista Arnau Montserrat, vinculado al histórico centro okupa con huertos de Can Masdeu que está ubicado en la parte barcelonesa de Collserola, explica la evolución del movimiento. Recuerda que al principio decían "reruralitzem", porque "estas zonas fueron el cinturón agrícola de Barcelona", pero que le quitaron el re para hacerlo más sencillo. Según él, "el control de la cadena agroalimentaria está en manos de muy pocos actores que fijan las condiciones", así que la propuesta de ruralización tiene mucho que ver con la soberanía alimentaria y con garantizar que el productor y el consumidor recuperen poder. Favorecer la agricultura a pequeña escala implica "más proximidad, sostenibilidad y autonomía", defiende.
Para ello, Arnau pide reivindicar proyectos ya existentes o potenciales en la cuenca del río Llobregat, Montcada i Reixac o Collserola, además de potenciar otras iniciativas, "caballos de Troya de la reconciliación entre el mundo rural y el urbano", como los mercados de payés y las cooperativas de consumo. En lo referente a Collserola, el Consorci detalla que en la actualidad hay 320 hectáreas de cultivos activos, lo que representa casi el 4% de las 8.200 hectáreas de superficie del parque natural, que abarca la mayor parte de la sierra. Además, son recuperables otras 148 hectáreas más que corresponden a zonas agrícolas que se abandonaron hace relativamente poco, en las últimas décadas, así que el 6% de la superficie podría ser agraria.
El jefe de servicio de Medi Natural i Territori del Consorci, Joan Vilamú, apoya esa idea de ruralizar Collserola. "No deja de ser gestión del territorio", subraya. Ya caminan en esta línea con Alimentem Collserola, una iniciativa que se empezó a gestar en 2016 y cuyo foco principal difiere del extinto proyecto de Les Portes de Collserola, que promovió en Barcelona el Gobierno del convergente Xavier Trias y que ponía el acento en rediseñar los corredores de conexión entre la ciudad y el parque. Con Alimentem Collserola, además de difundir el patrimonio agrícola, se apoya a los payeses con medidas como la elaboración de un estudio para mejorar la fertilidad de los suelos agrícolas o un banco de tierras para facilitar el acceso a quienes deseen cultivar. En Sant Feliu de Llobregat también se plantean reactivar una finca pública abandonada, así como poner en marcha una granja de huevos ecológicos. Aunque por el momento la actividad ganadera en Collserola se limita a cuatro rebaños de más de 300 cabezas, unos cuantos más de menor tamaño y la apicultura.
Vilamú admite que la masificación galopante que sufren algunas zonas de la sierra produce "interferencias" en ese proceso de ruralización. Para hacerse una idea, en solo diez años los visitantes se han más que duplicado, y en 2018 ya eran más de 4,7 millones, frente a los poco más de dos millones de 2008. Ciclistas y paseantes son los principales responsables de este crecimiento. En algunas ocasiones, los rebaños acaban tropezándose con bicicletas de montaña o perros sueltos que andan de paseo con sus amos. "La gente debe aprender que no se puede meter por todos los sitios", defiende Vilamú. Según él, la receta es sencilla: "Respeto. Entre los usuarios y de los usuarios hacia el medio natural, el bosque, los cultivos, los rebaños y con la gente que trabaja en el parque".
Para Arnau, "lo más importante no es crear nuevos payeses, sino salvar a los que permanecen". Entre ellos está Alfred March, de 33 años, que a través de la asociación La Rural gestiona unas 2,5 hectáreas de huerta y plantas aromáticas en Valldoreix, en el municipio de Sant Cugat del Vallès. Producen miel, distribuyen cestas de verdura y tienen dos puestos de venta –los sábados por la mañana en el huerto y los domingos en la estación de la Floresta–. Sus verduras se consumen también en escuelas, restaurantes y mercados de Sant Cugat. Y organizan cursos de huerta para niños. Alfred sí que ve esencial que haya más agricultores, pues ahora solo hay una decena desempeñando una actividad profesional en Collserola. "Uno de los grandes retos es atraer a payeses. Si no entran más, esto no se mantendrá", sostiene, si bien no omite las dificultades para que esta actividad resulte atractiva.
Un camino lleno de obstáculos
Alfred, que está preparando un pedido de 210 kilos de remolacha para los colegios, explica que desde pequeño el campo había sido su pasión y en 2014 se lanzó a probarlo profesionalmente. "No teníamos muy claro que la agricultura pudiese ser un oficio viable", admite, y de hecho el suyo no ha sido un camino de rosas. "Los que hemos empezado de cero hemos pasado dificultades y años sin sueldo", reconoce. La figura del pequeño productor no es muy común –y menos por estos lares–. Y el margen de beneficio es muy bajo. El acceso a la tierra es difícil, puesto que los propietarios prefieren alquilar a corto plazo. Tampoco resulta fácil la obtención de agua, para regar, o de estiércol, por la falta de explotaciones ganaderas cercanas. También lo tienen difícil para acceder a subvenciones agrarias, porque se considera que están en ámbito urbano. Y además tienen que lidiar con otra amenaza: los jabalíes.
Alfred defiende que el incremento de los campos de cultivo debería ir acompañado de una mayor sensibilización de la sociedad: "No será posible si no se conciencia a la gente, que vea que esto no es solo un sitio para hacer footing". El payés resalta que su actividad "sirve al bien común y no es un simple negocio", por lo que ve relevante que Alimentem Collserola contemple un contrato agrario para remunerar a los payeses por mantener cuidados los caminos, los muros de piedra seca o los prados, aliados contra el fuego. Para ruralizar la sierra hay que convencer a múltiples actores. En la Font Baliarda de Barcelona –cerca de Can Masdeu, donde quieren recuperar una balsa–, colectivos vinculados a Ruralitzem han trabajado en un proyecto de agroforestería para que la zona acoja un bosque comestible, una viña con especies autóctonas y árboles frutales adaptados al clima mediterráneo. Según el activista Arnau Montserrat, el Ayuntamiento aceptó y otorgó una subvención, pero el proyecto no tiene el visto bueno del principal propietario, la Fundación del Hospital de Sant Pau, con lo que se prevé desarrollarlo en terrenos municipales del antiguo merendero de La Maña, también a los pies de Collserola. Al cierre de esta edición de El Quinze el Consistorio no había facilitado su versión.
Otro de los retos pendientes es extender por Barcelona la venta de verduras de la sierra, algo que ya practican en la cooperativa L’Ortiga, que también cultiva en Valldoreix. Por otra parte, la asociación Acció i Participació Social Sostenible (Apassos) apoya la idea de Ruralitzem y tratan de llevarla a su terreno: desde hace un año organizan un mercado de payés en el barrio del Guinardó de Barcelona. Se ubica en la plaza Maragall los sábados no festivos por la mañana. Jordi Ribas, activista de Apassos, explica que con esto querían recordar que el Guinardó "es un barrio que históricamente ha tenido mucho verde, pero que ahora vive de espaldas a la montaña". Ponen el acento en los productos de proximidad y ecológicos, aunque estos, por ahora, no son de Collserola. Aun así, reivindican que su iniciativa ya tiene sentido por soberanía agroalimentaria y mejora de los hábitos de consumo. "Uno de los lemas que extendemos es "¿Por qué ir al Carrefour si tienes un mercado de payés?"", explica.
MÁS VISITANTES QUE LA SAGRADA FAMILIA
El Parque Natural de Collserola ya recibe a más visitantes que la Sagrada Família, uno de los atractivos turísticos más visitados de la ciudad de Barcelona. Según un estudio llevado a cabo por el Institut Nacional d’Educació Física de Catalunya (Inefc) por encargo del Consorci del parque, en 2018 acudieron a la montaña 4.720.000 personas, por encima de los 4.661.770 que visitaron la basílica. El crecimiento más exponencial de la última década ha sido el del número de ciclistas en la sierra: se acercan a los dos millones de visitas, siete veces más que en 2008. La plataforma Collserola Sport, Respecte i Ciclisme (CSRC) reclama levantar las restricciones para las bicis. El Consorci, por su parte, reconoce que hay un problema de masificación y mantiene que estas pueden circular por 283 kilómetros de caminos –además de las carreteras y las calles–, pero no por los senderos estrechos. Se contemplan sanciones que pueden llegar a los 500 euros por incumplir estas indicaciones.