Este artículo se publicó hace 7 años.
"Soy como un alcohólico, pero con la comida"

Por El Quinze
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Marta se encuentra ahora en su "peso saludable". No es el que ella desearía, porque dice que siempre querría estar más delgada, pero es el que el médico dice que le conviene. Y al que ha conseguido llegar después de ir apartando de su vida los atracones de comida sin sentido, por pura ansiedad o por adicción, tras mucho esfuerzo, dolor y siete años de apoyo de grupo. Marta –que es el nombre ficticio con el que pide que se la cite para preservar el anonimato– es una de las decenas de personas que forman el colectivo de Comedores Compulsivos Anónimos de Barcelona, uno de los grupos que esta asociación tiene repartidos por Catalunya, España y el mundo. Una comunidad que da una acogida anónima a cualquier persona con una sola condición: ser comedor compulsivo.
"Desde bien pequeñita, por diversos factores, siempre crecí comiendo un poco más de lo normal. Por cultura de familia, supongo. En la adolescencia, esto se incrementó y vi que no era normal comer sin fin. Ahí empezaron los problemas, y me di cuenta de que pasaba algo", recuerda Marta. Al principio, las personas que padecen el trastorno del comedor compulsivo se hallan rodeadas de incertezas. Marta, por ejemplo, nunca había experimentado indicios ni de anorexia ni de bulimia, pero se daba atracones y luego seguía dietas. Un día vio que se organizaban estas reuniones de comedores compulsivos y decidió acudir a una. "Cuando oí a aquellas personas, me reconocí en seguida en ellas. Al principio todo era un poco raro, pero a medida que pasaban las reuniones, me di cuenta de que aquello me podía ayudar", recuerda.
Tras siete años en la asociación, Marta es ahora la encargada de las relaciones externas y con la prensa de un grupo que es totalmente anónimo, del que no se pueden retratar caras ni divulgar nombres reales, pero que abre algunas de sus reuniones y encuentros a gente que desea saber cómo funcionan los grupos o a personas que puedan tener dudas sobre esta problemática. También a familiares y amigos de los afectados. En Barcelona, las reuniones tienen lugar cada mes, en varios puntos de la ciudad, entre ellos Ciutat Vella, en cuya última reunión abierta se dieron cita una decena de personas, todas ellas mujeres. Se habló de "recaídas y resbalones". Con el ruido del ajetreo turístico del Gòtic entrando por las ventanas abiertas para apaciguar el calor, contestan a preguntas que leen en unas tarjetas. "No tengo valor para llevar el programa yo sola. Necesito el apoyo del grupo y de mi madrina", responde una de ellas.
Aunque en verano la asistencia baja ligeramente, el ambiente en la sala es muy positivo y se respira buen humor. Unas más sonrientes que otras, bromean entre ellas antes de empezar los turnos de palabra. No hay preguntas ni consejos: de una en una, se abren y comparten sus experiencias con las demás. Entre las participantes, un reloj de arena, como el de los juegos de mesa, y una campanita, para tocarla si alguien consume todo el tiempo disponible para su intervención. "No la tocamos casi nunca, solo en alguna ocasión puntual", comenta una de ellas con retintín y mirando a Mari Carmen, que se ríe. Mari Carmen es de las veteranas: lleva en el grupo 19 años. "A mí esto me ha cambiado la vida. Yo era un alma en pena. La comida había conseguido apartarme de la gente", lamenta.
Mari Carmen estuvo dándose atracones de comida y vomitando después para compensarlo durante muchos años. Comenzó en su segundo embarazo, con 22 años, cuando vio que los vómitos propios del proceso le hacían perder mucho peso. Empezó vomitando una vez, dos veces, tres veces a la semana. "En el tramo final, vomitaba sangre. Me hacía daño físico. Pero me daba igual", recuerda. Emocionalmente, se sentía muy irritable y aborrecía a todo el mundo. Hija y mujer de alcohólicos, Mari Carmen se enteró de la existencia de los grupos de comedores compulsivos a través del grupo de apoyo de su marido. Primero creyó que ella no estaba tan mal, pero, harta, empezó a ir y dejó de vomitar. En su último intento, ni siquiera logró expulsar la comida. "Me dije: ‘La próxima vez, si tienes un atracón, te lo vas a guardar. No vas a hacer esto nunca más’. Y hasta ahora", asegura.
Doce pasos para superarlo
OA, las siglas oficiales que abrevian el nombre internacional de la comunidad –Overeaters Anonymous–, tiene un funcionamiento similar al de Alcohólicos Anónimos. De hecho, en las terapias de grupo siguen su mismo programa de 12 pasos, adaptado a la comida, el primero de los cuales es admitir el problema y estar dispuesto a aceptar ayuda. Para quienes tengan dudas y no sepan seguro si padecen de compulsión a la hora de ingerir alimentos, tienen un test con preguntas que abren los ojos a quien las contesta: "¿Como de forma razonable delante de los demás y, después, lo compenso cuando estoy a solas? ¿He comido alguna vez comida quemada, congelada o estropeada; de los envases de los supermercados o de la basura?", son algunas de las 15 cuestiones clave. "A mí no me hizo falta reflexionar mucho: respondí que sí a todas", rememora Marta, bromeando.
Una adicción que no entiende de tallas
Los perfiles que se dan cita en las reuniones son muy diversos: hay tanto hombres como mujeres, y de distintas edades. Y contrariamente a lo que se pueda pensar desde el prejuicio, "no hay tallas", asegura Marta. "Acude bastante gente que está en su peso saludable; otros por encima, otros por debajo. Porque no solamente acogemos a personas con exceso de peso, sino también a personas que padecen anorexia o bulimia", añade. Es el caso de Mari Carmen, por ejemplo.
Hay gente que prueba la terapia y quizá no vuelve, o que vuelve más adelante, porque en ese momento no se sentía preparado. Pero a la gran mayoría le resulta de gran ayuda. "La asociación me ha servido para conocerme bien y no sentirme sola. Yo antes pensaba que era un bicho raro; no sabía bien qué me pasaba con la comida, porque desconocía que esto era una enfermedad. No se cura, porque me comparo a un alcohólico o a un drogadicto. Pero gracias a esto la puedo detener", celebra Marta. "A mí la comida me puede, la veo y me vuelvo loca. Es algo que voy a tener toda mi vida, pero ahora tengo herramientas para frenarlo", añade Mari Carmen.
Marta cuenta que se pasó años yendo a psicólogos y endocrinos, pero destaca que las reuniones son lo que más le ha ayudado. No obstante, OA nunca descarta la ayuda médica. De hecho, aseguran que cada vez hay un mejor entendimiento con la comunidad médica, e incluso hacen sesiones públicas en ambulatorios u hospitales. En Barcelona, uno de los lugares de referencia es el Hospital de Bellvitge, con una unidad especializada en trastornos alimenticios, entre ellos el del atracón. "Hace 15 años que se empezaron a diagnosticar estos casos, pero hasta hace poco muchos pasaban desapercibidos. El trastorno no fue recogido en el manual oficialmente hasta 2013", apunta el doctor Fernando Fernández, responsable de la Unidad de Trastornos Alimentarios de Bellvitge.
Los males asociados al atracón
El trastorno por atracón es uno de los cuatro grandes grupos que trata la unidad, junto a la anorexia, la bulimia y los trastornos atípicos. Los comedores compulsivos, indica Fernández, suelen tener entre 18 y 40 años, aunque hay casos muy variados, tanto en hombres como en mujeres. "Suelen ser personas que no tenían obesidad o sobrepeso, pero que reaccionan comiendo ante cuestiones de carácter sentimental, como válvula de escape. Además, no lo compensan de ninguna forma, al contrario que pasa con las personas que padecen bulimia, por ejemplo, que suelen forzar el vómito", explica el médico de Bellvitge. Es por eso que muchos padecen obesidad o sobrepeso cuando se deciden a consultar. El aumento de peso puede rondar fácilmente los 30 o 40 kilos.
La unidad del hospital trata alrededor de 100 casos nuevos cada año, lo que representa casi el 25% de la actividad total del departamento. El trastorno por atracón podría afectar al 3% o 4% de la población en Catalunya, apunta el doctor Fernández. Detectada la situación de cada paciente y analizada su conducta alimentaria, se realiza una evaluación psicológica –a veces psiquiátrica– y se decide la medicación necesaria, si el caso lo requiere. El grueso del tratamiento es la terapia individual o en grupo, que dura unos cuatro meses. "Los resultados suelen ser positivos. El 80% de los usuarios que la terminan se recuperan. Algunos quieren bajar de peso muy rápido y eso genera una frustración que hay que trabajar, pero el índice de éxito es más elevado que con otros trastornos de alimentación", explica el doctor Fernández.