Opinión
Catalunya, vivero cooperativista y pionera en los modelos de cesión de uso

Por Iván Miró
Sociólogo y cooperativista
A diferencia de otros países, como Alemania, Dinamarca o Suecia, el cooperativismo de vivienda ha sido uno de los cooperativismos menos desarrollados en el Estado español. Históricamente han destacado comunidades como Madrid; sin embargo, en la actualidad es Catalunya quien ostenta el título de ser el territorio con más proyectos de vivienda cooperativa. No solo eso, sino que es pionera en la promoción de viviendas en cesión de uso.
Hay un dato que hay que tener en cuenta, y es que el cooperativismo de vivienda siempre ha estado por detrás del de consumo o de trabajo. De hecho, los cooperativistas a menudo se han referido a este tipo de cooperativismo —el de vivienda— como “un ave de paso”, ya que los proyectos de cooperativas en este ámbito han funcionado pero hasta cierto punto: tras la promoción de la vivienda, y una vez lograda la propiedad, desaparecía la actividad cooperativista.
Primeras experiencias en el siglo XIX
No obstante, si se puede hablar de un territorio cooperativista, ese es Catalunya, donde ya en el siglo XIX encontramos iniciativas como la Cooperativa Obrera Mataronina, que en 1881 encargó casas para sus socios al arquitecto Antoni Gaudí; o, como recoge la historiadora Mercè Tatjer, la cooperativa de consumo El Llobregat de Gironella, que construyó “un verdadero barrio cooperativo” con viviendas y huertos.
El cooperativismo de vivienda siempre ha estado por detrás del de consumo o de trabajo
Más tarde, el impulso de este tipo de viviendas vino de la mano de la Ley de Casas Baratas de 1911, con exenciones fiscales a las cooperativas; y por el trabajo de Eladi Gardó y del urbanista Cebrià de Montoliu, que divulgó sobre este tipo de modelo de vivienda y lo popularizó en La cooperació en el moviment de les ciutats jardí. Fue entonces cuando se levantaron, en Barcelona, El Benestar de l’Obrer en el barrio de Sants (1913), la Cooperativa de Periodistes en el barrio de La Salud (1914), o la Cooperativa de la Habitació Barata en Sant Andreu (1916). Unos años más tarde, en 1935, nacía la Federació de Cooperatives de Cases Barates de Catalunya y Balears.
Obrerismo, migración y crecimiento de las periferias
Después de la guerra, con una enorme crisis residencial por el crecimiento migratorio y la especulación, el catolicismo social inició la construcción de miles de viviendas cooperativas en las periferias urbanas, como La Puntual en La Guineueta en Nou Barris (1952), Sagrat Cor, en el barrio de Sant Martí, también en Barcelona (1958) o Ciutat Cooperativa, en el municipio de Sant Boi de Llobregat (1963). También el movimiento obrero construyó sus propias promociones de viviendas, como la imponente Cooperativa Obrera de Viviendas, en el Prat del Llobregat (1962). Durante la década de los 70, se pusieron en marcha numerosas iniciativas, como la Cooperativa d’Habitatge Laie, con varias promociones en Mataró.
Muchas de estas iniciativas también proyectaron y abrieron escuelas y cooperativas de consumo, lo que facilitó la dinamización de los barrios donde se ubicaban. En 1988, en Catalunya, había 160.000 viviendas construidas por cooperativas. De la mano del movimiento sindical y vecinal, estos proyectos tenían como objetivo promover una vivienda asequible en propiedad y así facilitar el acceso de la clase trabajadora a una vivienda digna y a precios más bajos que los que establecía el mercado.
Otras maneras de vivir
Este modelo, sin embargo, colapsó cuando estalló la crisis económica de 2008. Es a partir de entonces cuando, en Catalunya por lo menos, se empiezan a dar otras y nuevas expresiones del cooperativismo de vivienda; ya no orientadas a la propiedad privada, sino en base al modelo de cesión de uso. Un buen ejemplo es Sostre Cívic, una iniciativa inspirada en el modelo Andel danés o la Federación Uruguaya de Cooperativas por Ayuda Mutua (FUCVAM) , que emergió como una alternativa a la transitoriedad del alquiler y a la inaccesibilidad de la propiedad, con vocación participativa, tanto en la construcción de los inmuebles, como en la posterior convivencia de los usuarios.
Un ejemplo de este modelo, por el cual el edificio permanece en propiedad de la cooperativa, es el de Cal Cases, nacido en 2006 en Santa Maria d’Oló. Más tarde llegarían Princesa 49, la primera iniciativa de vivienda en cesión de uso en Barcelona, inaugurada en 2018; o La Borda, en los terrenos de Can Batlló, ganados gracias a la lucha vecinal. Esta última fue la primera cooperativa en modelo de cesión de uso construida en suelo público en Barcelona, con un proyecto de auto-organización de las usuarias. Con las políticas públicas de la Economía Social y Solidaria (ESS) desplegadas a partir de 2015, este tipo de proyectos en suelo público empezaron a ganar terreno.
En la actualidad, Sostre Cívic tiene más de 1.500 socios y socias; y ha promovido proyectos de vivienda como Cirerers, La Balma, La Clau Mestra o La Xicoira; todos ellos integrantes de la cooperativa-matriz. Por otra parte, el otro operador del modelo en cesión de uso que tenemos en Catalunya, La Dinamo, ha promovido cooperativas de viviendas independientes como La Diversa, La Titaranya, La Morada, La Raval o La Closca.
Gracias a la Federació de Cooperatives d’Habitatge, la Sectorial d’habitatge cooperatiu y transformador de la XES, y las alianzas con el Sindicat de Llogateres, en muchos municipios catalanes el nuevo cooperativismo de vivienda planta cara a la especulación y transforma el modelo capitalista de propiedad para hacer posibles otras maneras de vivir.
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