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11-S: el día que el terror se hizo global

Aquella jornada el horror fue televisado. Un hito que cambió para siempre la historia contemporánea y cuyas derivadas todavía hoy día colean. 

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En esta foto de archivo, un hombre se alza entre los escombros después del colapso de la primera de las torres gemelas en el bajo Manhattan, Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Doug Kanter / AFP

La primera sensación fue de irrealidad. Lo que estaba ocurriendo, aquello que presenciábamos frente a la pantalla no podía ser real pese a que tenía todos sus visos. La ficción y la realidad se dieron la mano aquel 11 de septiembre como nunca antes. Poco o nada podía hacer la voz trémula del locutor frente a lo inenarrable, poco o nada podíamos hacer salvo contemplar el fin de una época.

Aquellas imágenes dejaron a su paso un reguero de hombres y mujeres que a duras penas podían aprehender lo que estaba sucediendo. Vidas que caían libres al vacío para dejar de serlo, la imagen granulada de una retransmisión que pasaría a la historia. Un hito generacional y una pregunta recurrente: ¿y tú qué hacías el día que cayeron las Torres Gemelas?

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Una persona cae desde el World Trade Center después del atentado contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 en la ciudad de Nueva York. José Jiménez / Primera Hora / Getty Images / AFP

Un trauma global para un mundo globalizado. Aquella mañana el terror se convirtió en narrativa audiovisual para las masas. Desde entonces, y quizá ya para siempre, el miedo se quedó dentro, caló hasta los huesos de una audiencia que veía televisado lo inefable. Sin trampa ni cartón, sin el paracaídas de la ficción. A pelo.

El resto es historia contemporánea. El imperio necesitaba un enemigo y lo encontró. El nuevo siglo se tornó desapacible, el acontecimiento impregnó lo cotidiano y nos convirtió en miembros anémicos de un mismo miedo. Desde entonces todo sería post 11-S; la economía, el pensamiento, el arte... Todo llevaría consigo la marca del nuevo tiempo.

Y en ese torbellino de imágenes un presidente absorto en un libro infantil. Un chivatazo al oído y el rostro grávido de George W. Bush rodeado de niños y niñas. El imperio bajo amenaza y su líder leyendo una fábula a preescolares. Otra imagen para la posteridad, otro icono para un mundo ávido de instantes congelados.

Las muertes se contaron por miles. Los datos oficiales hablan exactamente de 2.996 personas, incluyendo 265 muertos en los cuatro aviones estrellados; 2.606 en Nueva York, tanto dentro de las Torres Gemelas como en la base de las mismas, y 125 muertos dentro del edificio del Pentágono. Caídos que el imperio no dudaría en vengar poniendo en marcha la maquinaria que mejor gestiona.

Y es que la trama sobrecoge. Por momentos parece urdida por dos guionistas entregados al desbarre. Imaginen cuatro aviones secuestrados por la red yihadista Al Qaeda. Cuatro aviones convertidos en inmensos proyectiles surcando el cielo del mundo libre. Amenazantes. Con un rumbo perverso y sin billete de vuelta.

Dos de aquellos aviones impactaron en las soberbias Torres Gemelas, icono de una era que ya no es, un tiempo marcado por la arrogancia de Occidente. Otra nave generó graves daños en el edificio del Pentágono, y un cuarto no llegó a destino, estrellándose en algún páramo de Pensilvania antes de alcanzar su objetivo, el Capitolio de los Estados Unidos ubicado en la ciudad de Washington D.C.

Una sucesión de golpes que dejaron al país de las barras y las estrellas en estado de shock. Un trauma que sus dirigentes quisieron remendar a base de ira y venganza. Al estilo del lejano oeste pero con un despliegue armamentístico apabullante y un título a la altura de Hollywood; Operación Libertad Duradera, le llamaron.

De aquellos polvos estos lodos. El asesinato de Bin Laden, máximo exponente de una obra ya inmortal, no fue el final. Después de miles de muertos y miles de millones de dólares gastados, el final tiene forma de huida. Una huida destartalada que evidencia la debilidad del imperio, una debilidad que se empezó a gestar aquel 11 de septiembre de 2001.

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