El Ejército venezolano afronta críticas por sus fallos en el secuestro de Maduro pero asume un papel central en el futuro del país
Cuatro días después, en la élite del poder venezolano persiste "cierta sensación de inseguridad y paranoia" por el grado de infiltración que permitió el ataque de Estados Unidos.

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La espectacular operación militar ejecutada por Estados Unidos contra Venezuela el pasado 3 de enero dejó al descubierto graves fallas en los sistemas de seguridad, defensa e inteligencia del Estado venezolano. Con el Gobierno descabezado tras el secuestro de Nicolás Maduro, la atención se desplazó de inmediato hacia una Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) duramente cuestionada por su incapacidad para anticipar o repeler el ataque, pero que ha cerrado filas en torno a Delcy Rodríguez y asumido un papel central en la gestión de la crisis.
Tras la declaración del "estado de conmoción" nacional, efectivos militares patrullan las calles del país, en una demostración de control y respaldo institucional que busca proyectar estabilidad interna en medio del mayor golpe sufrido por el chavismo en más de dos décadas en el poder.
Los sistemas antiaéreos rusos, los avanzados sistemas de radares chinos o la guardia presidencial cubana se mostraron estériles ante el sofisticado operativo estadounidense, que logró imponerse mediante superioridad tecnológica, guerra electrónica y una infiltración previa de inteligencia, neutralizando en minutos las capacidades defensivas clave y dejando en evidencia las limitaciones reales de un entramado militar venezolano que durante años fue presentado por Caracas como un escudo disuasorio frente a una intervención exterior.
Cuatro días después de la agresión sobre el país y el secuestro de Maduro, en la élite del poder venezolano persiste "cierta sensación de inseguridad y paranoia" por el grado de infiltración que permitió el operativo; aseguran a Público fuentes cercanas al Gobierno venezolano. Pese a ello, el general Vladimir Padrino López se mantiene al frente del Ministerio de Defensa y de la jefatura de la Fuerza Armada, que ocupa desde 2014.
El único movimiento interno del Ejército que ha trascendido a la opinión pública ha sido el nombramiento del general Gustavo Enrique González López como comandante de la Guardia de Honor Presidencial, el cuerpo encargado de la seguridad del jefe del Estado, el Palacio presidencial de Miraflores y las instalaciones estratégicas del poder ejecutivo, una unidad especialmente señalada tras el ataque, en el que se ha confirmado al menos la muerte de 32 militares cubanos. La decisión, según fuentes oficiales, busca "garantizar la estabilidad institucional y el funcionamiento continuo del Estado venezolano" en un contexto de máxima tensión interna.
El Ejército venezolano: clave para el chavismo
La institución castrense ha sido un pilar central en el origen y la consolidación del chavismo. El propio Hugo Chávez Frías, entonces teniente coronel del Ejército, inició su trayectoria política desde las filas militares al liderar el fallido golpe de Estado del 4 de febrero de 1992 contra el presidente Carlos Andrés Pérez. Tras su encarcelamiento y posterior indulto, Chávez abandonó la vía insurreccional, optó por la estrategia electoral y articuló su proyecto político en torno al Movimiento V República (MVR), con el que ganó las elecciones presidenciales de 1998. Ya en el poder, y con un profundo conocimiento de la estructura militar, impulsó una reforma doctrinal y organizativa de la Fuerza Armada, que resultó clave para derrotar el golpe de Estado de abril de 2002 y afianzar la lealtad castrense al proyecto bolivariano. Desde entonces, los militares han ocupado un lugar central en el Estado: en algunos periodos han llegado a controlar cerca de un tercio de los ministerios, además de dirigir empresas estratégicas como la petrolera estatal PDVSA, consolidando una fusión inédita entre poder político, económico y militar en la Venezuela contemporánea.
Durante el golpe de Estado de abril de 2002, uno de los oficiales que se mantuvo leal a Hugo Chávez fue Vladimir Padrino López, entonces teniente coronel del Ejército, un dato que el propio chavismo ha subrayado posteriormente como credencial política. A partir de ahí, Padrino inició un ascenso sostenido en el escalafón militar, ganando peso interno en los años finales del mandato de Chávez. Tras su muerte, Nicolás Maduro consolidó su figura al nombrarlo ministro de Defensa en 2014, cargo que ha mantenido desde entonces, convirtiéndose en el militar más poderoso y longevo del chavismo y en una pieza clave para garantizar la lealtad de la Fuerza Armada.
Vladimir Padrino López (Caracas, 1963) ha tenido la compleja tarea de gestionar una Fuerza Armada que, tras el colapso de la producción petrolera a partir de 2013, pasó de años de abundancia presupuestaria y expansión de capacidades a operar con recursos menguantes y un progresivo deterioro material. A esa presión estructural se sumó un desafío aún mayor: mantener la cohesión y la lealtad interna de un estamento militar sometido durante más de una década a llamamientos a la insurrección, deserciones, conspiraciones y sanciones internacionales. En ese contexto, Padrino se consolidó como figura clave en el disciplinamiento del aparato castrense, articulando un equilibrio entre control político, incentivos corporativos y lealtad ideológica que ha permitido al chavismo conservar el respaldo militar incluso en sus momentos de mayor debilidad.
El Ejército venezolano está profundamente ideologizado, un rasgo que se refleja incluso en su lema de armas: "¡Independencia y patria socialista. Viviremos y venceremos!". Esta marcada orientación explica que, a lo largo de más de dos décadas, la Fuerza Armada se haya mantenido leal tanto a Hugo Chávez como a Nicolás Maduro, y que ahora parezca respaldar de manera sólida a Delcy Rodríguez en su rol de presidenta encargada. Todos los llamamientos de la oposición a provocar deserciones han resultado infructuosos, pues aunque algunos mandos medios y oficiales de base pueden no estar plenamente integrados en la dinámica partidista, la cohesión institucional y la internalización del proyecto político bolivariano prevalece –en la élite castrense– sobre las presiones externas y los incentivos a la rebelión interna.
Hoy, el Ejército venezolano, severamente cuestionado tras las fallas evidenciadas durante la agresión estadounidense, se encuentra en el centro de la supervivencia del chavismo. Su capacidad para respaldar a Delcy Rodríguez, mantener la lealtad interna y garantizar el control de las calles será determinante para que el Gobierno pueda sostener la continuidad institucional frente a las amenazas de la Casa Blanca. Más allá de su rol tradicional como garante de la seguridad nacional, la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) enfrenta ahora la prueba más crítica de su historia reciente: consolidar un poder debilitado, disuadir posibles fracturas internas y demostrar que, pese al golpe recibido, sigue siendo el pilar estratégico sobre el que descansa la estabilidad del oficialismo venezolano.

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