Entrevista a Jean Wyllys, exdiputado brasileño y activista LGTBIQ+"Al fascismo no le gustan las personas alegres, por eso reivindico lo festivo"
El activista reflexiona sobre el miedo y la desinformación en política. Cinco años después de haber abandonado su país por amenazas de muerte, reconstruye lo que significó convertirse en blanco del odio en un Brasil tomado por el fanatismo ultra.

Madrid-
Es 27 de marzo de 2025 y Jean Wyllys, de paso por Madrid, vuelve a poner el cuerpo para conversar con Público de su trayectoria, su último libro y un proyecto político inminente en el que viene participando desde hace un tiempo. Wyllys fue el primer diputado federal abiertamente homosexual y referente de los derechos LGTBIQ+ en Brasil. En 2019 tuvo que renunciar a su mandato recién renovado y abandonar su país tras una sucesión de amenazas de muerte, acoso y una campaña sistemática de difamación, impulsada —según sus palabras— por la ultraderecha bolsonarista. "Salí de Brasil porque ya no existían las condiciones para seguir trabajando como congresista. Había sido reelegido con una buena cantidad de votos, pero estaba amenazado de muerte y nadie me garantizaba protección. Entonces tomé la decisión de no asumir mi tercer mandato", recuerda. Periodista, profesor, artista y ganador de un reality show que le confirió una fama y visibilidad sin precedentes, se convirtió en uno de los principales referentes progresistas del país. Pero también en uno de los objetivos predilectos del bolsonarismo.
"Yo fui un blanco muy importante de las fake news, antes de que se hablara de fake news en Brasil. Fui una de las primeras víctimas, desde el momento en que asumí mi primer mandato, en 2011. Todo lo que se decía sobre mí en las redes era falso. Todo estaba manipulado para desacreditarme", expresa. Durante años, convivió con insultos, ataques, amenazas. Llegó un momento en el que la situación era insostenible. Terminaron por empujarlo al exilio, por un lado, la sensación de que el odio se había institucionalizado: "Cuando ganó Bolsonaro, eso que antes estaba en la subpolítica, en los márgenes, pasó a ser la política oficial. Fue una autorización al exterminio simbólico de ciertas personas, como los homosexuales, las personas negras o los indígenas". Por otro, el asesinato de su amiga Marielle Franco, concejala de Río de Janeiro: "Cuando mataron a Marielle, yo dije: El próximo soy yo. Porque yo representaba lo mismo: una política de derechos humanos, con perspectiva de género, LGTBIQ+, antirracista, de clase. Querían dar un mensaje".
Wyllys no llegó a la política por el camino de los manuales, sino partiendo de su propia experiencia. Su militancia política empieza muy temprano, "a causa de la izquierda católica, que en Brasil en los años 70 y 80 se relacionaba con la teología de la liberación". Se trata de una doctrina dentro de la Iglesia muy ligada a la cuestión de clase, "a mi clase social", dice Wyllys. "Yo vengo de la pobreza, hijo de una pareja interracial: mi padre era negro, mi madre es blanca. Y desde muy niño los rasgos de mi homosexualidad quedaron muy claros", comenta. El hecho de percibirse "distinto", aunque no supiera por qué exactamente, le hizo cuestionarse desde muy temprano la institución eclesiástica: "No entendía qué sentido había en abrazar todas las diferencias menos la homosexualidad. Fueron años duros, sobre todo cuando el VIH empezó a extenderse. Había mucho estigma hacia las personas homosexuales".
No fue hasta que llegó a la Universidad Federal de Bahía, donde estudió Periodismo y un máster en Letras y Lingüística, cuando empezó a llevar una vida como militante. Allí se interesó por estudiar las narrativas de presidiarios de la masacre de Carandiru, una tragedia que ocurrió el 2 de octubre de 1992 en la Penitenciaría de Carandiru (cárcel de São Paulo) cuando tras una rebelión dentro del centro penitenciario murieron asesinados 111 reclusos por parte de la Policía Militar del Estado. Es considerada como "la violación de derechos humanos más grande conocida en la historia carcelaria del país". Entre tanto, su interés por cómo se contaban las cosas por parte de los medios de comunicación, de las tribunas políticas y los partidos iba creciendo: "Me interesaba la cultura pop, el consumo cultural de los pobres, al que siempre se había mirado con ojos de desprecio. Y, bueno, partiendo de una afirmación del filósofo francés Jean Baudrillard, que decía que si millones de personas cambian una huelga por un último capítulo de telenovela, no se puede considerar eso un mero equívoco, me inscribí en Gran Hermano".
Wyllys era, en ese momento, profesor de Cultura Brasileña y de Teoría de la Comunicación en la Escuela Superior de Propaganda y Marketing (ESPM) y en la Universidad Veiga de Almeida, ambas en Río de Janeiro. Pero su vida ya nunca volvió a ser la de un docente o investigador cualquiera: "Las cosas no salieron como yo pensaba. Yo creía que iba a entrar e iba a hacer una etnografía, que iba a salir y mi vida sería como antes. Pero eso no fue lo que pasó. Me convertí en un fenómeno mediático. Fue la primera vez en la historia de la televisión brasileña que una persona dijo: Soy gay con orgullo. Esto fue una revolución cultural el movimiento LGTBIQ+. Muchos gays y lesbianas salieron del armario porque yo estaba allí representándoles". Wyllys quería seguir con su vida intelectual, pero también aprovechar la visibilidad que había adquirido. ¿Cuál era la manera de hacer ambas cosas? "Para mí, fue embarcarme en la política institucional", explica. "Cinco años después, me presenté como candidato al Parlamento por el Partido Socialismo y Libertad (PSOL)", relata.
Desde entonces, se convirtió en el centro de la diana de todo tipo de mentiras y bulos. Se hablaba de que quería impulsar el reparto de un kit gay (cuando se trataba de una propuesta de una ley antibullying), se empezó a difundir que había presentado un proyecto de ley para legalizar el matrimonio entre personas y animales, "reduciendo el matrimonio igualitario a un fenómeno de zoofilia", recuerda. También que había escrito un libro para defender la pedofilia o que había presentado un proyecto para islamizar las escuelas. "Pero las principales mentiras involucraron cuestiones de sexualidad y género. Todo eso creó un pánico moral tremendo. Hubo gente que se lo creyó", señala.
"Bolsonaro no inventó nada. El racismo, la homofobia, el machismo, el clasismo... todo eso ya estaba ahí. Él solo lo organizó, le dio un lenguaje y una estética, y convirtió el odio en identidad política. Eso sí, todo con la ayuda de las plataformas de comunicación que además no se responsabilizan de esos bulos y de esas teorías conspirativas. De esta forma, son compartidas millones de veces y terminan cambiando la percepción de la gente. Se genera un clima violento que se concreta en crímenes reales contra gays, contra mujeres, contra musulmanes. Son las consecuencias de la era de la falsolatria que cuento en mi último libro", argumenta.
"La gente no distingue un hecho de una opinión. Es más, la comunicación digital está hecha para que la gente no distinga. Estamos en la era de lo que Pierre Levy llama Estados plataformas. Esos algoritmos saben más de nosotros que nosotros mismos, también electoralmente", lamenta Wyllys. El activista pone el foco en "las zonas grises del electorado", ese estrato social que no está posicionado y que "la ultraderecha en redes sociales busca polarizar y capitalizar. Se trata de herir y hacer sangrar, gota a gota, todo tipo de legislación relacionada con los derechos humanos", describe. "Cuando Google, Meta o X permiten que las minorías sean difamadas, acosadas y violentadas, se está produciendo una herida en todas nuestras legislaciones", insiste.
Para Wyllys, "todos nosotros somos parte de un gran experimento de cambio conductual y de cambio en las estructuras cognitivas". "Estamos viviendo un tiempo de nueva esclavitud. Trabajamos gratis para esos magnates: nos despertamos, nos ponemos a escribir, a publicar, alimentando su riqueza, su conocimiento de nuestros mapas mentales", apunta, "cargándonos nuestros lazos sociales, cargándonos el planeta". Y es que aunque el imaginario colectivo no suele otorgar ningún tipo de solidez material a lo que se conoce como internet, "la información tiene una enorme huella de carbono", recuerda Wyllys. "El agua, que es el recurso básico para la vida, está siendo disputada por los robots, las tecnologías y toda infraestructura de comunicación. Estamos todos dentro de un campo de concentración, como esclavos, trabajando. Hay que resurgir de alguna manera", apela.
"Para mí, la solución es multiplicar los espacios presenciales, los encuentros reales, multiplicar las oportunidades de vernos cara a cara, ya sea para la manifestación, para la fiesta, para multiplicar las asociaciones de barrios, los centros cívicos, los clubes de cine, los clubes de lectura. Contra la atomización producida por internet, multiplicar los espacios para estar juntos, incluso para lidiar mejor con nuestras diferencias, con nuestras controversias, con todo eso que no nos gusta de los demás. Forzar la escucha, la atención", arguye.
Pero no se restringe a lo social. Wyllys también menciona la importancia de reivindicar la escritura en papel, a mano, los billetes, las monedas, "toda la información analógica que nos permita organizarnos al margen de la organización que nos imponen las grandes tecnológicas, porque la disidencia política es más difícil si eres consciente de que todo lo que digas se va a leer, escuchar y juzgar". En otras palabras, se trata de "jugar dentro y fuera de Matrix", dice Wyllys. De ahí que haya decidido no abandonar, por ejemplo, X (antes Twitter).
Y, ¿será igual de fácil poner en práctica esta apuesta por la materialidad, esta reivindicación del cuerpo y los encuentros piel con piel en Europa que en América Latina? Para Wyllys, uno de los mayores desafíos para las izquierdas es aprender a "conducir la energía política de la gente hacia lo social". "Latinoamérica, por la tradición indígena y la herencia cultural africana que se quedó allí tras la esclavitud, tiene una cultura más festiva y esto es muy importante. Es esta una oportunidad muy importante para tratar asuntos como el cambio climático, la igualdad de género, las libertades individuales mientras la gente hace fiesta o va al carnaval. Al fascismo no le gustan las personas alegres, por eso reivindico lo festivo como forma de canalizar la energía. El fascismo se alimenta de cuerpos tristes, de la división, del miedo, de todos los afectos negativos. En una fiesta todo el mundo está reunido, celebrando, no solos. Creo que esta es una apuesta que habría que hacer", propone. Su interés se centra, "decididamente", en las nuevas generaciones, "en recordar también a España todos sus vínculos con el Sur global, unos vínculos llenos de potencia y energía".
En un contexto de escalada bélica internacional, Wyllys habla de recuperar el estilo de vida hippie: "Yo soy pacifista. Sé que la incertidumbre pone ansiosa a la gente, pero tenemos que resistir a los monstruos, porque algo nuevo está viniendo. No podemos dejarnos llevar por la fabricación de enemigos, pese a que eso sea lo que busque EEUU ahora que es consciente de su declive. Mi propia vida, mi propia historia está aquí, no me permite vivir desesperanzado".
Wyllys pudo regresar a Brasil en 2023 y lo hizo con un propósito claro: "Mientras termino mi tesis doctoral en la Universidad de Barcelona, colaboro en la creación de la Convergencia Iberoamericana. Estamos intentando construir un espacio de diálogo, una plataforma de diálogo iberoamericano que ofrezca una alternativa real e involucre directamente a España". Considera que una mayor cercanía entre España y América Latina sería beneficiosa para ambas partes: "A España le vendría bien hacer ese ejercicio de memoria". La cooperación, afirma, "sería un acto de justicia" y tendría efectos concretos en las dinámicas sociales, sobre todo entre "las clases dominantes latinoamericanas y su complejo de inferioridad".



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