Los huertos urbanos de Bogotá, islas de biodiversidad para combatir la crisis climática
La capital colombiana se posiciona como una ciudad pionera en la agricultura urbana con más de 2.500 huertos comunitarios, que permiten recuperar espacios de la ciudad, combatir la inseguridad alimentaria y reaprovechar residuos orgánicos.

La Huerta La Resiliencia se reúne alrededor de la hoguera después de la jornada de trabajo a compartir un plato de lentejas, arroz, huevo y papas. Mientras todos contribuían, Moradita, una de las huerteras con más experiencia, ha preparado el fuego y la comida con la ayuda de otras personas del grupo. Tras un breve descanso para comer y reponer energía, entre conversación y conversación, La Resiliencia vuelve manos a la obra, hasta que una voz va reuniendo uno a uno a todos los presentes para cantar el cumpleaños feliz a dos de sus miembros más jóvenes. La más pequeña acaba de cumplir dos años. Es un domingo soleado de febrero y se respira comunidad en este espacio público de la localidad de Engativá, en Bogotá.
“La Huerta aporta a la comunidad un espacio de aprendizaje continuo, un lugar de experiencias vivas que transforman la relación que tenemos con el mundo”, explica Tzitzi Barrantes, miembro de la Huerta La Resiliencia, que se ha reunido ese domingo en una “minga” o jornada de trabajo comunitario. El segundo y cuarto domingo de cada mes hacen un llamamiento a la gente de la comunidad y de la zona para encontrarse y trabajar en la Huerta. “Este espacio permite la diversidad entre personas de diferentes edades, creencias, facilidades o dificultades económicas”, dice Barrantes.
En la capital colombiana hay más de 2.500 huertos comunitarios, según el Directorio de Huertas Urbanas y Periurbanas del Jardín Botánico de Bogotá, organización que realiza procesos de asistencia, capacitación y fortalecimiento de este tipo de iniciativas. Una cifra elevada en comparación a otras grandes urbes como Madrid, que cuenta con más de 370 huertos comunitarios -según el Ayuntamiento de la ciudad-, Nueva York (más de 550), Berlín (más de 200) o París (más de 180). Londres es la única capital que se acerca a Bogotá, con algo más de 2.000 huertos.
Sin embargo, es difícil hacer una estimación exacta debido al elevado número de procesos que han surgido en los últimos años -sobre todo tras la pandemia de la covid19- y a que algunas comunidades prefieren funcionar de manera autónoma e independiente, por lo que la cantidad podría ser aún mayor.
Recuperar la ciudad y combatir la inseguridad alimentaria
Muchos de los huertos comunitarios de Bogotá sirvieron para recuperar espacios de una ciudad que presenta graves problemas de basura e inseguridad en sus calles. “Esto era un lugar donde no había orden, para el consumo (de sustancias), guardaban armas…”, dice Flor acerca de la Huerta Comunitaria Carvajal Osorio, en la localidad de Kennedy. “Nuestro propósito era recuperar un espacio invadido por basura y escombros. Era un punto de venta y consumo”, dice Alfonso sobre la Huerta Monterrey, en la misma localidad.
Nuestro propósito era recuperar un espacio invadido por basura y escombros
En estos espacios se reúnen de forma voluntaria huerteros de todas las edades para trabajar la tierra. Los más mayores transmiten sus conocimientos en una ciudad a la que muchos migraron del campo por necesidad, buscando nuevas oportunidades laborales o desplazados por el conflicto colombiano. “Queda ese arraigo hacia el cultivo de alimentos, los vuelve a llevar a ese sitio al que alguna vez pertenecieron”, explica Christopher Torralba, administrador ambiental y especialista en gerencia de recursos naturales. Una conexión con la tierra que ha estado siempre presente en la capital colombiana y sus raíces indígenas, pero que ha cobrado fuerza en los últimos años, sobre todo tras la crisis sanitaria de la covid19.
La pandemia y el cese de actividades fundamentales hizo que algunos alimentos que no se cultivaban en la capital colombiana dejaran de llegar a las tiendas o mercados, agravando la inseguridad alimentaria de la ciudad. Conscientes de esa dependencia, muchos ciudadanos empezaron a cultivar en sus propias casas o buscaron espacios cercanos en sus barrios donde poder hacerlo. Una tendencia por la que Bogotá habría alcanzado la cifra de más de 20.000 iniciativas de agricultura urbana, según el Jardín Botánico, entre las que se incluyen las huertas comunitarias, institucionales (colegios, bibliotecas u hospitales), caseras, familiares y privadas (empresas).
En una ciudad de casi ocho millones de habitantes -según proyecciones del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE)-, donde en 2023 el 21,2% de la población de Bogotá (más de un millón y medio de personas) experimentó inseguridad alimentaria moderada -vieron reducida la calidad/cantidad de alimentos que consumen- y el 4,7% (más de 370.000 personas) sufrió inseguridad alimentaria grave -sin alimentarse por un día o más-, según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida (DANE), las huertas urbanas se posicionan como una iniciativa para fortalecer la soberanía alimentaria de la población.
Aprovechar los residuos orgánicos
Más allá de trabajar la tierra, algunas huertas también venden productos procesados cuya materia prima proviene de los propios cultivos, como pomadas, bálsamos, mermeladas o aceites. Otras ofrecen distintos tipos de servicios, como talleres o capacitaciones a la comunidad sobre mantenimiento, siembra y limpieza en la huerta, educación ambiental, planean recorridos de limpieza y recogida de basuras o reciben estudiantes universitarios que van a realizar prácticas.
Y muchas reciben residuos orgánicos de la población local que luego son transformados en abono con el que cultivar la tierra. En una ciudad con un deficiente sistema de reciclaje, las huertas urbanas evitan que miles de residuos vayan a parar al Relleno Sanitario Doña Juana, el mayor vertedero de Bogotá y uno de los más grandes de Latinoamérica, al que diariamente llegan más de 7.000 toneladas de basura y que supone un grave coste social y ambiental.
Uno de los métodos que ha ganado fuerza en los últimos años para el aprovechamiento de los residuos orgánicos, utilizados por ejemplo en las huertas La Resiliencia y Monterrey, es la paca digestora, una técnica de compostaje para obtener abono mediante un proceso de fermentación. Cada paca puede aprovechar hasta 250 kilos de residuos orgánicos y la misma proporción de residuos de jardín (hojas, ramas, tierra, etc), que después de varios meses podrán ser utilizados como abono para cultivar. Bogotá cuenta con al menos 200 puntos paqueros distribuidos por toda la ciudad.
Además de recibir, la Huerta Comunitaria Carvajal Osorio realiza una ruta verde tres días por semana para recoger los residuos orgánicos de la zona y después los somete a un proceso de deshidratación solar para transformarlos en abono. “Tratamos 7,5 toneladas de residuos al mes, esperamos llegar a 9”, dice Wilson. Una vez transformado, utilizan el abono en la propia Huerta o lo venden para su uso en huertas caseras o familiares.
Sin embargo, desde las propias iniciativas comunitarias indican que muchos de sus vecinos no son conscientes de esta labor e intentan ganar visibilidad para conseguir un mayor aprovechamiento de los residuos orgánicos. Para promocionar esta labor y fomentar un turismo sostenible, desde el Jardín Botánico de Bogotá organizan distintas rutas agroecológicas por las huertas de distintos barrios de la ciudad. “Cada ruta tiene una identidad y un propósito”, explica Andrea Lozano, coordinadora del proyecto rutas agroecológicas del Jardín Botánico.
Cada ruta tiene una identidad y un propósito
Salud y medio ambiente
Cereales, legumbres, verduras, frutas, aromáticas… son algunos de los cultivos que se pueden encontrar en las huertas de Bogotá. La mayoría de los alimentos que se cultivan en las huertas son para el consumo propio de los agricultores, se utilizan para cocinar en las ollas comunitarias o se venden a la gente de la zona. Se reduce así la huella de carbono que se generaría en el transporte o desplazamiento de estos productos a una tienda o supermercado. Además, son alimentos cultivados con abonos naturales y sin la utilización de fertilizantes o productos químicos.
Bogotá es una ciudad de casi ocho millones de habitantes -aunque todo el mundo da por hecho que hace tiempo que superó los diez- que no ha parado de crecer en los últimos años. Llena de ruido y trancones (atascos) interminables, a veces puede llegar a ser agobiante. “La ciudad está llena de concreto (cemento) y estas huertas de agricultura urbana se convierten en pequeñas islas de biodiversidad”, explica Torralba. Aunque es difícil medir su impacto, distintas investigaciones apuntan que este tipo de procesos comunitarios conlleva mejoras en la calidad del aire de las ciudades, debido a la absorción de contaminantes atmosféricos; así como beneficios para la salud de los huerteros, ya sea a nivel físico y mental, derivados del trabajo de la tierra, el contacto con la naturaleza y las relaciones establecidas en la comunidad. Sobre este último punto, estas iniciativas cobran especial importancia a la hora de combatir la soledad de las personas mayores. También se traducen en una búsqueda de un estilo de vida más saludable y sostenible por parte de sus miembros, fomentando cambios en la conducta alimentaria o de movilidad.
“Yo le llamo a esto mi gimnasio”, ríe Miriam, una de las huerteras con más experiencia de la Huerta Marsella. “Es un gimnasio mental y espiritual”, dice inmediatamente después otra de los miembros de esta comunidad, conformada por 20 mujeres y un hombre. Refugiadas del típico aguacero bogotano en una mañana de marzo, han parado de trabajar y conversan alrededor de una mesa sobre qué le aporta a cada una pertenecer a la Huerta, mientras las gotas repiquetean contra el techo de chapa sobre sus cabezas. Algunas palabras se pierden bajo el estruendo de la lluvia, pero se alcanza a escuchar un sentir general. “Soy una de las más nuevas, me han acogido muy bien y he aprendido mucho”, explica una de las mujeres del círculo. “Socializar, a veces por mayores tratamos de aislarnos. Es una fuente de unión y convivencia”, destaca otra mujer. “Compartimos saberes”.



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