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Frontera de EEUU La caravana migrante se desintegra en Tijuana

Llegar a Tijuana ha supuesto la descomposición de la caravana de migrantes centroamericanos. No hay salida colectiva para sus integrantes. Algunos tratan de saltar el muro a la desesperada. Otros, contratan los servicios de un coyote. Un tercer grupo se prepara para instalarse en la ciudad fronteriza, hacer dinero y esperar a que la situación se calme. La fuerza del grupo que les trajo hasta aquí no basta para entrar en Estados Unidos.

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Integrantes de la caravana de centroamericanos llegan a Tijuana (México). Imagen de archivo.

GUATEMALA, Actualizado:

El éxodo centroamericano alcanzó Tijuana. ¿Y ahora, qué? Esa es la pregunta que se hacen cientos de migrantes hondureños, salvadoreños, guatemaltecos y nicaragüenses. Han llegado a la frontera, pueden ver Estados Unidos, al otro lado del muro, pero todavía tienen muy lejos su objetivo. Ha transcurrido mes y medio desde que 160 pioneros comenzasen su caminata en San Pedro Sula, en Honduras. Ahora son miles en Tijuana, Baja California, México. El modelo de caravana fue eficaz para realizar protegidos un peligrosísimo tránsito. Una vez estancados en la frontera, la fuerza del grupo se convierte en lastre. Hay demasiada gente, el borde está más vigilado y los coyotes han incrementado precios.

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“No sabemos qué hacer”, explica Eduardo Antonio Ávila Escoto, un antiguo policía hondureño que trae sus papeles para demostrar que dejó el cuerpo por miedo a la acción de la Mara Salvatrucha (MS-13) y el Barrio 18, las dos principales pandillas que operan en Centroamérica, México y Estados Unidos. Él no lo sabe, pero estar en el punto de mira de estas estructuras criminales no es motivo suficiente para que Estados Unidos te de asilo. Quizás podría alegar que dejó el cuerpo para no cometer abusos durante el primer Gobierno de Juan Orlando Hernández. Podría ser una estrategia. Honduras es un país en el que se mata a quien disiente, como demuestra el caso de Berta Cáceres.

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A fallback.

Aunque Ávila Escoto dice que él nunca reprimió a nadie. Lleva una carpeta con la documentación que demuestra que fue policía. Pero no es suficiente. Y la salida colectiva ha quedado descartada. Nunca fue una opción real, pero quedó demostrado el domingo, 25 de noviembre, cuando agentes de la Border Patrol norteamericana lanzaron gases lacrimógenos a los hambrientos que se encontraban en territorio mexicano.

Sin sueño colectivo, estamos ante el fin de la caravana tal y como la conocimos hasta ahora.

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La caminata de miles de centroamericanos exhaustos y enfermos ha cumplido con parte de su objetivo: atravesar México sanos y salvos, protegidos de los agentes migratorios y los grupos criminales.

Lo que venga ahora será otra cosa. La caminata de cientos, miles de centroamericanos exhaustos y enfermos ha cumplido con parte de su objetivo: atravesar México sanos y salvos, protegidos de los agentes migratorios y los grupos criminales. Ahora, cada cual velará por sus intereses. El grupo les protegió hasta llegar a la frontera con Estados Unidos, pero ahora no puede salvarles. Las soluciones son individuales.

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Las opciones para los caminantes son exiguas y están bien definidas: pueden pedir asilo en Estados Unidos, quedarse en México o cruzar como ilegales. La cuarta posibilidad es darse la vuelta y regresar. Al menos un centenar de migrantes tomaron esta vía en la última semana, montando en el avión que dispuso la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), la rama de la ONU que atiende estas cuestiones.

La mayoría, sin embargo, sigue en Tijuana.

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Algunos ya han pedido asilo en Estados Unidos. Se trata de un proceso largo y con pocas posibilidades de éxito. Para inscribirse, uno debe acudir al paso fronterizo de El Chaparral, donde se anota en un libro. Se trata de una lista que gestionan, desde hace dos años, los propios solicitantes de refugio. Comenzó cuando llegaron miles de haitianos, en 2016. Siguió funcionando con los centroamericanos que periódicamente llegan a Tijuana. Y también lo mantuvieron los mexicanos, originarios de Guerrero y Michoacán, que huyen de la violencia. Cruzar la frontera y ser entrevistado por un funcionario norteamericano puede demorarse, al menos, un mes. Y nadie garantiza que el Gobierno de Estados Unidos no te deporte porque no considera que tu caso merezca ser beneficiado del asilo. Según un informe de la Universidad de Siracusa, entre el 75% y el 80% de los centroamericanos que piden asilo terminan siendo rechazados.

Otros, no sabemos cuántos, han regresado a la clandestinidad y buscan la forma de hacer dinero para contratar un coyote. Quienes tienen familia en Estados Unidos solo esperan una remesa. Los pobres entre los pobres buscan un milagro. La llegada de la caravana ha disparado los precios. Actualmente, los coyotes piden entre 4.000 y 8.000 dólares por cruzar al otro lado. Se trata del mismo precio que cobraban por realizar el trayecto desde Honduras o Guatemala. Así funciona la ley de la oferta y la demanda. Muchos migrantes, una frontera doblemente militarizada y pocas posibilidades de éxito implican tener que pagar más. Existen otras ofertas, pero están limitadas o son puros rumores, que suenan más a estafa. Hay quien dice haber escuchado a compañeros que lograron cruzar pagando 250 o 300 dólares. En este caso, el coyote se limita a entregar a los migrantes a la Border Patrol para que estos soliciten asilo inmediatamente. En un primer momento, Trump quiso poner fin a esta práctica por una orden ejecutiva, pero un juez se lo impidió.

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La última opción para los pobres de entre los pobres está cruzar la frontera con “mochila”. Es decir, transportar 25 kilos de droga, generalmente marihuana o cocaína. En este caso, los narcotraficantes ponen el guía y la comida. El migrante no paga nada y gana cruzar al otro lado. Pero se expone a ser detenido y encarcelado. Además, si pierde la mercancía corre el riesgo de ser asesinado.
Quienes no tienen dinero, pero tampoco urgencia, han decidido establecerse un tiempo en Tijuana, trabajar y esperar a que la frontera se enfríe. Es el caso de Francisco Javier Andrés Galeas, originario de la colonia Quezada, en Tegucigalpa, Honduras. Acaba de encontrar trabajo en la cantina El Mariachi, ubicada en el centro de Tijuana. Trabaja toda la noche. No en vano, la ciudad fronteriza es conocida por ser una urbe en la que nunca se duerme.

Andrés Galeas huyó de Honduras por dos motivos: no encontraba trabajo y la Mara Salvatrucha (MS-13) había jurado matarlo. Relata que los pandilleros acosaban a su esposa y que esto era algo que él no podía tolerar. Así que golpeó a un marero. Y firmó su sentencia de muerte. Como prueba, se levanta la camiseta y muestra la cicatriz de una puñalada en su espalda. Quizás en el próximo ataque no iba a tener tanta suerte para sobrevivir.

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El joven trabaja en la cantina por 100 pesos más propinas (4,33 euros). El salario es bajo, bajísimo, pero confía en los turistas norteamericanos que dejan sus dólares para el servicio. Dice que su objetivo es cruzar al otro lado, que quiere una vida mejor para sus hijos, que no quiere que ellos sufran lo que él tuvo que pasar. Tiene una puñalada en la espalda y es muy posible que un juez norteamericano no lo considerase razón suficiente para ser refugiado.

Actualmente, según las autoridades de Tijuana, hay 2.372 centroamericanos en el nuevo albergue de El Barretal, a diez kilómetros de la frontera. El antiguo se ubicaba en el campo de béisbol Benito Juárez, pegado al muro, pero fue evacuado después de una tormenta que lo inundó por completo. Sin embargo, al menos 500 migrantes rechazan abandonar estas instalaciones. Teniendo en cuenta que llegó a hablarse de 7.000 caminantes, la pregunta es obvia: ¿dónde ha marchado el resto del mundo? Es posible que hayan tomado alguno de los caminos descritos anteriormente. Hay una idea que tiene que quedar clara al explicar esta caravana: nadie quiso escuchar otra cosa que no fuese que llegarían hasta la frontera con Estados Unidos. Se ofreció información sobre asilo en México. Se barajaron otras opciones. La idea del “sueño americano” es demasiado poderosa.

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Mientras que los migrantes se estancan en Tijuana, el segundo municipio de Baja California tiene que lidiar con sus propios problemas. El principal, la violencia. El año que está a punto de cerrar terminará como el más violento de su historia reciente. Como explica Marco Antonio Sotomayor, director de Seguridad Pública de la Municipalidad de Tijuana, el municipio fronterizo se encuentra inmerso en una guerra entre tres carteles. Hasta hace diez años, la plaza era dominada por el clan de los Arellano Félix, también conocido como cartel de Tijuana. Pero entonces entró en juego el cartel de Sinaloa, entonces liderado por Joaquín “Chapo” Guzmán. Hubo una sangrienta guerra que terminó con la ciudad dividida. Hace cuatro años irrumpió un tercer grupo criminal en discordia: el Cartel Jalisco Nueva Generación. Resultado: más de 2.200 asesinatos solo este año en una ciudad de 2 millones de habitantes.

Tremenda paradoja: los migrantes centroamericanos escogieron la quinta ciudad más violenta de México como destino porque las alternativas, por Sonora, Chihuahua o Tamaulipas, eran todavía peores.

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Como estaba previsto, cientos de centroamericanos van a permanecer en Tijuana más tiempo del que ellos hubiesen deseado. Un grupo de activistas y migrantes se ha puesto en huelga de hambre en el acceso de El Chaparral, la frontera para peatones. Exigen que se aceleren los trámites para pedir asilo. Nada más. Esto implica descartar la salida colectiva. En realidad, era algo que ya sabían.

A este contexto hay que añadir un nuevo elemento: la toma de posesión, el pasado sábado, de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México. El izquierdista ha mantenido silencio durante las últimas semanas acerca de la caravana. Pero ya ha firmado un acuerdo de cooperación con Guatemala, Honduras y El Salvador. Él niega tener un pacto con Estados Unidos para convertirse en “tercer país seguro”, es decir, el lugar en el que los migrantes esperarían el veredicto de los jueces norteamericanos sobre su demanda de asilo. Sin embargo, sus propuestas de desarrollo van encaminadas a tener un papel de mayor acogida. El problema es que el peso está muy bajo en relación al dólar y lo que muchos de estos migrantes necesitan son divisas fuertes para enviar a sus familiares.

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Está por ver cuál será el rol de López Obrador. Por ahora, en Tijuana, la situación se estanca. Caminar en grupo hasta aquí fue un éxito, permitió mantener al colectivo protegido, incluso cuidado por los mismos policías que antes les hostigaban. Ahora, sin embargo, se impone la ley del más fuerte. O el más hábil. En definitiva, el que consiga entrar en Estados Unidos.

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