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Centros ocupados en Atenas ofrecen una vida autónoma a los refugiados

Cinco espacios autogestionados en la zona de Exarchia contribuyen a que personas de Siria, Irak, Afganistán o Eritrea que han tenido que huir de sus países para proteger sus vidas puedan llevar rutinas independientes bajo un techo.

Centro autogestionado de la calle Dervenion.

ATENAS.- En el ‘squad’ o centro autogestionado de la calle Notara las puertas están abiertas, y hay una pequeña recepción acristalada tapizada con dibujos de los pequeños que habitan en este lugar. Tanques, misiles, barcas, agua y banderas son algunos de los elementos que se repiten. Fuera, en la acera, una niña iraní juega con un niño afgano y otro de Iraq.

El último explica en inglés las nacionalidades de sus compañeros con los que se reta para conseguir la única bicicleta y recorrer un tramo de la calle, esquivando coches y baches. Tras el vestíbulo de la planta baja, la sala de estar: con sillones viejos en las esquinas, mesas, sillas en el centro y un puñado de hombres conversando y bebiendo té.

En este centro, al igual que en los otros cuatro disgregados por el antiguo barrio anarquista de Exarchia, los refugiados pueden llevar una vida más autosuficiente que quienes continúan en los campamentos, malviviendo en tiendas de campaña a la intemperie.

Las diferencias culturales quedan a un lado para organizar comida, limpieza o actividades con los niños. Todo, con el acompañamiento de vecinos, activistas –la mayoría griegos-, grupos anarquistas, colectivos políticos o sociales como No borders, estudiantes y asociaciones. El objetivo último: que puedan llevar una vida digna y autónoma con los recursos que les aportan particulares o entidades. “Aquí estamos sólo nosotros, la ciudadanía. No dependemos del Gobierno ni de las ONG”, apunta Marina, voluntaria en el centro ocupado de Dervenion.

En Atenas, además de estos dos recintos, funcionan el de la vía Themistokleous, el antiguo colegio en Octave Merlier, un edificio en la calle Dervenion y otro en la Universidad Politécnica. En la plaza Kaningos ya se prepara uno nuevo.

Patio del viejo colegio ocupado en la calle Octave Merlier.

La proliferación de estos espacios ocupados comenzó con las movilizaciones para ayudar al centenar de personas que acampaba en el parque Pedion Areos hasta hace seis meses. Una de las estrategias fue ocupar lugares abandonados o en desuso para realojar a refugiados e inmigrantes.

El primero fue el de Notara que, durante este sábado y domingo, celebra su medio año de andadura con un encuentro entre gente de los otros centros, charlas y actividades para la infancia. 200 personas viven entre estas paredes a la espera de hacer efectivo su derecho al asilo o a regularizar sus papeles.

Sin plazas libres

Tras el realojo de las personas que vivían en Pedion Areos, los voluntarios continuaron rescatando refugiados o inmigrantes de las calles para trasladarles bajo techo. “Al principio se buscaba ofrecer una solución temporal. Después, se empezó a conocer la existencia de los ‘squads’ y llegaban por su cuenta. Ahora ya se han quedado”, explica Niovi, voluntaria de la cafetería cooperativa de la calle Ipitou, que recoge alimentos para los refugiados. Hoy, estos recintos están al límite de ocupación, y no pueden aceptar a más personas.

Chaand Shemsad, de 33 años, vive en Notara con su marido, su hermano y su bebé de 18 meses. Profesora de inglés en Irak, alcanzó la isla de Lesbos desde Turquía en un bote ilegal por el que pagó 1.200 euros por plaza. Llegó justo antes del 20 de marzo, fecha de la entrada en vigor acuerdo entre la Unión Europea y Turquía que, entre otros puntos, impide el realojo de las personas que llegan a Grecia pasada esa fecha y torpedea el derecho de asilo al resto. Ella pudo continuar su viaje y llegó a Indomeni, pero tarde. La frontera con Macedonia estaba cerrada.

Fachada principal del centro ocupado de Notara.

“Pasamos tres días en una tienda de campaña. No paraba de llover. Amanecíamos con el suelo encharcado. Mi hijo ha estado enfermo tres semanas, con fiebre y vómitos”, deplora. Chaand rechaza tajante la política de devoluciones a Turquía. “Allí los campos no tienen unas mínimas condiciones de higiene”, asegura. Y espera que la Unión Europea corrija su postura. “Podían arreglar este problema poco a poco; aceptando cada mes tandas de 1.500 personas”, propone.

Trabajo en red y necesidades conectadas

Muy cerca de la calle Notara se encuentra el ‘squad’ de Dervenion. Allí sólo viven ahora diez afganos porque la función de este recinto es la de almacenaje y distribución para el resto de instalaciones, incluso de fuera de Atenas. “Mandamos cajas de plátanos a la isla de Lesbos; siempre donde haga falta”, aporta Marina. A eso de las 13.30 de un día cualquiera, la furgoneta granate de Fredy, nombre que reza en el capó, sale cargada con esas frutas. Todos los ‘squads’ trabajan en red, y conectan demandas y dinámicas de trabajo.

La instalación de Dervenion se ubica a escasos metros de la plaza de Exarchia, donde lucen distintos carteles en griego colgando de árboles. En este barrio de grafitis nació Syriza. Hace años fue un bastión anarquista, y aún hoy mantiene un fuerte carácter político y reivindicativo que convive con la proliferación de comercios, tiendas o cafés ‘vintages’, restaurantes con turistas y terrazas.

200 refugiados en un antiguo colegio

En la calle Octave Merlier, un viejo colegio realoja a 200 personas. “Hoy han cortado en agua, y hay un poco de lío, tenemos que traerla desde fuera”, informa Caroline, una inglesa residente en la capital griega. “¿Alguien le puede dar unos zapatos a este hombre?”, exclama entre el barullo infantil que se ha organizado de pronto en el vestíbulo. Dos decenas de niños y niñas de entre 3 y 14 años suben desde el patio con aros para guardarlos tras el juego.

El colegio es el único de los centros ocupados donde se puede cocinar, y sus habitantes, que viven dentro de las diferentes aulas con tiendas, colchones o mantas, se organizan para cada tarea con el apoyo de los voluntarios. La Comisión de Apoyo a Emigrantes y Refugiados, que trabaja con estos colectivos desde hace años, cocina cada día para el ‘squad’ de Notara.

Dos de las últimas mujeres en llegar han sido Aster Kitlom, de 42 años, y Almaz Gregiher, de 28, ambas de Eritrea. “Aster necesita ayuda urgente, tiene seis hijos, está enferma y estaba viviendo en la calle”, avisa Shishay Ketem, eritreo que traduce al inglés las demandas de Aster. “En nuestro país la vida corría peligro. Ahora necesitamos lo básico, medicinas, alimentos y educación para nuestros hijos”, afirma. Los centros de la calle Themistocleous y el de la Universidad Politécnica los gestionan grupos anarquistas que prefieren no dar a conocer sus instalaciones.

Cerca de 600 personas conviven en estos recintos, puestos en marcha por la ciudadanía en respuesta a la situación de emergencia que se vive en Grecia. ¿Cuánto tiempo más podrán continuar? Responde Dimitra al otro lado de la barra de la cafetería cooperativa Lacandona, que recauda víveres: “Depende de la voluntad del Gobierno, pero ahora mismo hay tantas personas que es necesario que continúen; los necesita”.

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