Trump recula tarde: los efectos de la guerra de Irán se sumarán a los de los aranceles con cargo al bolsillo de los estadounidenses
Las empresas de gas estadounidenses están entre las grandes beneficiarias del conflicto debido a los ataques a las refinerías del Golfo.

Washington DC-
La guerra de Irán ha dejado de resultar tan lejana para los estadounidenses en el momento en que han ido a poner gasolina. Las taquicárdicas subidas del barril de crudo a raíz de los ataques de la semana pasada al yacimiento de gas más grande del mundo y a las refinerías del Golfo han sido lo suficientemente elocuentes para que Donald Trump empiece a recular. Este lunes el presidente estadounidense ha anunciado que su equipo ya está negociando con Teherán, aunque el régimen lo niega. Pero finalizar el conflicto no implicará automáticamente que se solucione el daño económico.
Uno de los grandes disruptores del mercado energético ha sido el bloqueo del estrecho de Ormuz, por donde pasaba el 20% del flujo de petróleo mundial hasta que el 28 de febrero Israel y EEUU atacaron Irán. A causa del cierre, el precio del barril de Brent no ha hecho más que subir hasta alcanzar picos de 115 dólares.
Los analistas de la consultora energética Wood Mackenzie ya han advertido que llegar a ver 200 dólares por cada barril de crudo no está fuera de lo posible este 2026, frente a los 73 dólares que costaban antes de la guerra. El problema con el petróleo es que genera una espiral que acaba impactando directamente en los consumidores. Por el momento, donde más lo han notado los estadounidenses es a la hora de repostar. El precio de la gasolina en EEUU ha pasado de costar alrededor de tres dólares el galón (unos 3,7 litros) a dispararse hasta 3,79 dólares. Un precio que, incluso, podría llegar a parecer barato ante las previsiones de los analistas que proyectan una crecida hasta cinco dólares por galón.
El carburante para aviones es aún más sensible a las subidas del barril de Brent que la gasolina para coches. Esto significa que el tráfico de mercaderías de cualquier tipo también ya está aumentando en coste, algo que en breve podría verse reflejado ya en el supermercado o cualquier tienda. Aunque los estadounidenses siguen notando un encarecimiento del coste de vida, el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, explicaba el miércoles pasado que habían decidido congelar los tipos de interés porque aún está por ver cómo afecta "el choque petrolero" a la inflación.
Powell remarcaba que el aumento del coste de la vida que sufren los ciudadanos tiene aún más que ver con los aranceles que con la guerra de Irán. El efecto del conflicto no ha acabado de aterrizar, ni mucho menos. Mientras, los impuestos a las importaciones se van haciendo cada vez más perceptibles a medida que las compañías van agotando las existencias que habían acumulado antes de que entraran en vigor los gravámenes, con el objetivo de evitar una subida drástica de los precios.
Por lo tanto, aunque se lograra reabrir el estrecho de Ormuz, la onda expansiva de todas estas semanas con el flujo de petróleo interrumpido se seguiría notando en el mercado. Por no mencionar que seguramente volver a navegar por este cuello de botella marítimo será percibido con mayores riesgos para las aseguradoras, lo que se podría traducir en un aumento de los costes para las compañías, que también se reflejaría en el precio final del consumidor.
El otro gran disruptor, que está provocando aún más preocupación a los analistas, es el daño a las refinerías del Golfo. Se ha pasado de calcular cuánto durará la guerra, a cuánto se tardará en reparar las infraestructuras dañadas en la última ola de ataques.
Catar, Kuwait, Emiratos Árabes y Arabia Saudí aún están rebuscando entre los escombros para llevar a cabo un balance de daños real. Por el momento, ya se sabe que el ataque a la central catarí de gas licuado de Ras Laffan ha reducido un 17% la capacidad de exportación de gas natural licuado del país. Por sí sola, Ras Laffan producía cerca del 20% del suministro mundial de gas natural licuado y era clave para responder a la demanda del mercado europeo y asiático. QatarEnergy ya calcula que se tardarán entre tres y cinco años en reparar por completo la instalación y que anualmente tendrá un coste de 20.000 millones de dólares en pérdidas.
Aun así, en este contexto sí que parece que hay un claro ganador: las compañías exportadoras de gas estadounidenses. Con las instalaciones del Golfo dañadas, Asia está buscando alternativas donde comprar gas y una de esas alternativas es EEUU. El secretario del Interior, Doug Burgum, así lo decía la semana pasada en Tokio, donde anunció acuerdos energéticos por valor de 57.000 millones de dólares con proveedores asiáticos: "Necesitamos vender energía a nuestros amigos y aliados para que no tengan que comprarla a nuestros adversarios".
Debido a que la capacidad de exportación de gas de EEUU a corto plazo es limitada, estos cargamentos se han vendido a un precio superior, lo que promete beneficios para las gasísticas americanas como Cheniere y Venture Global. En la bolsa, sus cotizaciones ya se han disparado.

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