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Egipto: más incógnitas que soluciones

El golpe de Estado contra Mursi pone a los Hermanos Musulmanes en un escenario inesperado. Tras su cacareada victoria en las elecciones de hace un año sólo les queda el ostracismo o el escarnio

GONZALO WANCHA

Otra noche de insomnio, gases, disparos y helicópteros en El Cairo. Esta vez, los leales a Mursi marcharon hacia el downtown para recordar que a pesar de los días que han pasado y que en estos momentos se celebra el Ramadán, siguen exigiendo la restitución del orden democrático previo al golpe de Estado del día 3 de julio. Los últimos combates contra las fuerzas del orden se han saldado con 7 muertos y más de 600 heridos, por ahora.

En la acampada de Raba al Adawiya el ambiente es desolador. El hospital de la mezquita acoge a la mayoría de afectados por las reyertas de la noche. Los heridos se pasean por la destartalada sala sonriendo a la prensa, mostrando  sus vendajes y moratones con gestos de cansancio. Ahmed está sentado con el ojo hinchado como un globo, narrando cómo desde lo alto del puente 6 de Octubre les rociaban con gasolina para prenderles fuego. Cuando echó a correr se encontró de bruces con un grupo de baltagueia (sicarios a sueldo) que le apedrearon. '¡Estoy vivo a pesar de todo al-hámdu lillâh (gracias a Dios)!', exclama.

El doctor Isham Ibrahim, coordinador de la acampada islamista de Raba al Adawiya, al este de El Cairo, cuenta que en cuatro horas han recibido más de 300 heridos. La mayoría no se atreven a ir a otros hospitales porque allí podría detenerlos la Policía, así que este hospital de campaña es hoy el epicentro de la actividad de los Hermanos Musulmanes.

La sala acoge a heridos y periodistas. Los líderes de la Hermandad no dudan en adoptar una postura victimista ante los abusos de las fuerzas de orden, y ofrecen una exaltada rueda de prensa rodeados de camillas con heridos moribundos y una mesa repleta de los casquillos y perdigones que recogieron la pasada noche a modo de pruebas. El doctor Isham hace un llamamiento a todos los egipcios para que vengan a Raba al Adawiya a dialogar y conocer a todos los que viven aquí, algo que parece imposible en una ciudad con dos caras opuestas como El Cairo.

Este miércoles, la inquietud entre los fieles a Mursi es considerable. Mustafá, un cirujano del Hospital de Shubra, lamenta que 'los medios de comunicación que son todos leales al golpe de Estado están criminalizando tanto a los Hermanos Musulmanes, que en la calle la gente normal y corriente empieza a mirarnos mal y a atacarnos. A día de hoy, cualquiera puede ser un baltagueia...' Los baltagueia son sicarios y matones a sueldo. Y la Hermandad asegura que la Policía les paga 500 libras egipcias al día -55 euros al cambio- por hacer el trabajo sucio. Ahmed se deja fotografiar amablemente el tobillo en el que recibió un disparo. 'Estaba huyendo de la Policía hacia la plaza Ramsés y una pandilla de chavales me disparó, no sabíamos por dónde escapar', susurra asustado y adormilado por los calmantes.

De nuevo de noche, y durante el rezo especial de Ramadán del Targuij, los seguidores de Mursi volvían a ser atacados. Estas actuaciones de las fuerzas del orden alejan a Egipto de la orilla y lo adentran en la tormenta perfecta para el Ejército, que trata de criminalizar a los proMursi y simplificar la transición en una cuestión de seguridad nacional contra terrorismo. Esto posicionaría a la SCAF, la Cúpula Militar, en el centro de todas las decisiones, minimizando así la influencia política y diplomática.  A pie de calle, en la acampada de Raba al Adawiya, los seguidores de Mursi disimulan la fatiga y el miedo jurando que solo se irán de aquí si el depuesto presidente es restituido. Si no, 'nos tendrán que sacar sin vida', repiten como si de un mantra se tratara. Los Hermanos Musulmanes han creado un califato que vive de espaldas a los movimientos del Gobierno interino y que reclama la resistencia pacífica, convirtiendo a Raba en un cantón ideológico del islamismo político del cual el expresidente Mursi era el mascarón de proa.

La situación en Egipto se va complicando a medida que pasa el tiempo. 'Unos por otros, la casa sin barrer', asegura Mohamed en perfecto español. Como guía turístico,  no trabaja desde hace dos años, y aunque ha repudiado las políticas de los Hermanos Musulmanes, no confía en el golpe de Estado de los militares, ni tampoco en el supuesto pacifismo de la acampada. La de Mohamed es la postura más común fuera de las principales plazas de protesta, donde el lema implícito es 'la revolución no se come'.

El paradigma no es tan sencillo como lo plantean los dirigentes de cada uno de los bandos. No se trata de un enfrentamiento entre seguridad contra terrorismo, o de legitimidad democrática contra dictadura militar: se trata de intentar recomponer el castillo de naipes que era la flamante democracia posMubarak, para lo que hay que buscar la implicación de todas las fuerzas, incluyendo a los Hermanos Musulmanes. Sin ellos en el barco, la nave egipcia será simplemente ingobernable.

Eman Ahmed, Analista de Seguridad y Estrategia del centro Al Ahram señala que 'la pelota está en el tejado de los Hermanos Musulmanes. El futuro de Egipto depende de si deciden tomar parte de un proceso democrático o siguen apostando por esta estrategia de resistencia urbana'. Los leales a Mursi afrontan un escenario inesperado, tras su cacareada victoria en las elecciones de hace un año: ostracismo o escarnio. Para lo primero no hay duda de que están preparados, en vista de la irreductible acampada y tras ocho décadas de historia funcionando como una organización ilegal.

Para lo segundo, el escarnio y la humillación, tendrían que reconocer al Gobierno interino en el que el Ejército ha delegado la transición política, algo así como tragar cianuro, teniendo en cuenta la persecución que la nueva Fiscalía está llevando a cabo sobre los líderes de la Hermandad y la acusación al depuesto presidente Mursi de posibles relaciones con grupos terroristas, espionaje ilícito e incitación a la violencia.

Además, el nuevo Gobierno interino nace manchado de sangre, ya que los principales responsables de seguridad son los únicos que han permanecido en sus puestos. Mohamed Ibrahim es el ministro de Interior y Abdel Fatah Al Sisi, el general golpista, es el líder de los militares y ministro de Defensa. Ambos son responsables de la masacre de la Guardia Presidencial en la que murieron 53 personas, sin que nadie haya sido aún declarado culpable de estas muertes. Lamentablemente, todo parece indicar que el devenir de Egipto es un problema con más incógnitas que ecuaciones y coaliciones posibles, donde los cambios sólo llegarán por la presión de la violencia.

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