8M
Entrevista a Carolina Meloni, filósofa feminista"El ejercicio más claro de feminismo anticolonial es que las mujeres blancas traicionen la blanquitud"
En una entrevista con 'Público', la filósofa apela a las alianzas feministas y la memoria internacionalista para combatir el auge de la extrema derecha.

Madrid--Actualizado a
El mundo vive un resurgimiento del fascismo y los feminismos son unos de sus principales objetivos a abatir. Por eso, los lemas de las manifestaciones del 8M de este año ponen el foco en el antifascismo y en su alianza inquebrantable con la emancipación de la mujer y de las clases oprimidas. Carolina Meloni, filósofa y feminista decolonial, propone establecer pactos estratégicos dentro de las corrientes feministas para fortalecer el movimiento. Pero también, revisitar los logros pasado y tomarlos como punto de partida para construir nuevas utopías.
El auge de la extrema derecha parece haber venido con todo el pack, militarismo incluido. ¿Qué papel cumple el colonialismo en el auge de la reacción antifeminista?
Creo que el error de cierto feminismo hegemónico, incluso de algunos movimientos de izquierdas, sobre todo desde Europa, ha sido pensar que el colonialismo era una cuestión anacrónica, ya pasada.
Quienes procedemos de tradiciones anticoloniales, quienes llevamos mucho tiempo militando, trabajando y pensando desde los sures, siempre hemos insistido que no podíamos dejar de lado la cuestión colonial para pensar no solo el capitalismo, sino cómo el capitalismo se conformó y se cimentó precisamente gracias al expolio de territorios, cuerpos y saberes de otros. Y cómo, incluso, la cuestión colonial ha estado presente en el seno de movimientos emancipadores como el feminismo.
Pero los feminismos hegemónicos se han ido conformando con eso que Françoise Vergès denomina el feminismo civilizatorio. Esa superioridad geopolítica y moral que va extendiéndose de manera concéntrica, alcanzando distintos territorios que, según esta percepción, seguirían habitando la barbarie donde aún no ha llegado la emancipación feminista.
Para entender cómo funciona el pensamiento, los procesos emancipadores y el capitalismo, es fundamental entender que el colonialismo no es algo del pasado, sino que está ahí y que se reactiva sobre todo en los territorios que han vivido estos procesos cada dos por tres. Conozco más el caso de Argentina, evidentemente. Esa misión colonial de expropiar recursos y tierras sigue vigente. Actualmente, el Gobierno de [Javier] Milei está aprobando una ley del agua que vende glaciares y otros recursos a empresas y a otros países.
Esa cuestión colonial marca lo que se denominan territorios de sacrificio y nosotros siempre hemos sido territorios y cuerpos sacrificables. Esto, que ha sido el origen del propio capital, es algo que permanece. Lo vemos con Venezuela, Groenlandia, ahora, con Irán, petróleo mediante, así como con todo tipo de recursos que escasean y que son absolutamente necesarios para que siga funcionando esta máquina.
Como profesora de universidad, ¿qué impacto cree que están teniendo los gobiernos ultraliberales y su destrucción de instituciones públicas como la enseñanza pública, en la elaboración de pensamiento crítico y, por tanto, emancipatorio, como los feminismos?
Son movimientos que se han ido reapropiando de distintos discursos y conceptos relacionados históricamente con el fascismo como, paradójicamente, con movimientos emancipadores. Es el caso de la libertad para los libertarios. Además, tienen ese punto de presentarse como antisistema. Y claro, no es casual tampoco, al menos en el caso Milei.
De todas formas, si lo analizamos en detalle, vemos que así es como han funcionado siempre las políticas neoliberales asociadas a ideologías de ultraderecha. Siempre han jugado a esa hibridez, a esa proyección de ser radicales, antisistema, cuestionar una idea paternalista del Estado -socialdemócrata si quieres-, que nos da cierta cobertura en salud, en educación, en vivienda.
Entonces, han ido en contra eso, pero a la vez han ido apropiándose de todas las instituciones estatales. Porque por más que tengan un discurso radical, están haciendo uso de instituciones estatales y de los recursos del Estado, pero únicamente para los intereses de una élite.
Y claro, evidentemente, hay instituciones dentro del Estado, como las educativas, que aunque las feministas autónomas y otro tipo de feminismos -como los comunitarios- podemos cuestionar por todo lo que tienen de patriarcal, de jerárquico, de osificado... vemos cómo esas instituciones rompen con un tejido más militante. Pero no dejan de ser algunas instituciones que pueden ser rentables, como en el caso de la salud, evidentemente, y otras son peligrosas, como es la educación. Creo que hay un claro ataque a la educación.
Aquí en Madrid lo estamos viendo, con las políticas de [Isabel Díaz] Ayuso, que son terroríficas. Tenemos a la Universidad Complutense prácticamente en la quiebra. Pero no solo: todas las universidades de Madrid están endeudadas hasta los ojos. En Argentina está pasando lo mismo. Estas políticas destruyen el tejido social y de los derechos sociales que hemos conseguido. Lo peligroso es eso, cuando juegan a esa hibridación. Por un lado, son antipolíticas públicas, pero, por otro, se meten en las instituciones públicas para destruirlas desde dentro.
Claro, y respecto al impacto que pueda tener esto en la gente joven, hemos visto que, recientemente, hay un mantra sobre cómo estarían derechizándose y acercándose a posturas más fascistas y antifeministas. ¿Qué opina sobre esto?
Me parece no solo contraproducente, sino injusto con las nuevas generaciones, al hacerles cargar con todo el peso de la ola reaccionaria. En unas jornadas híbridas que hicimos en octubre del año pasado en la Universidad de Alcalá [de Henares], sacamos la universidad a la calle y salió este tema. Una señora comentó que había un auge de la ultraderecha que se veía muy claramente en que los jóvenes los votaban. Un chica se levantó y, de manera muy educada, pero muy contundente, dijo que aquello era terriblemente injusto para la juventud. Dijo que si una gran parte de los jóvenes están votando a la ultraderecha, nuestras generaciones también tendrán que asumir parte de esa responsabilidad ¿no?
A mí esos análisis de brocha gorda, como los que dicen que "la juventud es de extrema derecha", no me resultan confiables. Y luego creo que hay un bucle constante al poner el foco en la juventud. Creo que con esos discursos estamos invisibilizando, silenciando o incluso castigando cualquier fuerza emancipadora que tenga la juventud y que puede ser claramente revolucionaria.
También creo que estas críticas a la juventud tienen que ver con la propia lógica de las redes sociales y que se está amplificando mucho ese fenómeno. Sí. Yo me pregunto hasta qué punto realmente son tantos y no es que estamos amplificando las voces de los cuatro o cinco influencers y de todo ese tejido odiante que hay en las redes al trasladarlo a la realidad.
Si no me equivoco, en estos últimos meses han salido cuatro libros analizando este fenómeno y los cuatro son prácticamente iguales, con el mismo título y centrados en los jóvenes reaccionarios.
Sospecho también que cuando terminamos sustituyendo un montón de espacios físicos por espacios virtuales al final se nos queda la dinámica, ¿no? Lo que me sorprende es que sea sobre los jóvenes. ¿Qué ven las generaciones posteriores que consideran más peligrosos a los jóvenes que a sus iguales, por así decirlo?
Quizás no queremos ver nuestra responsabilidad en muchas cosas. Los fracasos que hemos tenido como generación. Quizá no queremos asumir que les hemos dejado un planeta de mierda. Y encima les echamos la culpa de una ola reaccionaria. En este sentido, hay múltiples discursos respecto a la desesperanza, que para mí son ultra performativos. Desde series de televisión, medios de comunicación, redes sociales... El mensaje es: no hay futuro.
Hay una crisis climática ya insostenible, ahora la guerra, falta de recursos, precariedad laboral, no vas a tener casa en tu vida... Son discursos claramente desalentadores. Si yo hubiese escuchado eso con 18 años, claramente me hubiese impactado mucho. Llevamos mucho tiempo con esa desesperanza a cuestas y funciona como ese performativo de parálisis. Ya no soñamos con la revolución.
Claro, y con esa carencia de utopías es complicado caminar.
Pero fíjate que en circunstancias muchísimo más precarias, más difíciles, la humanidad ha hecho revoluciones. Incluso con regímenes totalitarios, esclavistas, absolutistas... hemos cortado cabezas.
Eso me hace pensar que lo que ocurre es que todavía hay cierto miedo a perder algo. Es habitual escuchar eso de "¿por qué no se queman contenedores?". Bueno, algunos se queman, pero además es que quizá todavía no hemos llegado a lo peor. Las respuestas más contundentes suelen darse en contextos donde la gente ya no tiene nada que perder. ¿Cómo ve esto?
Pues fíjate, no sé hasta qué punto es una cuestión de privilegios. Pienso en Latinoamérica y, en concreto, en el caso de Argentina y de esa ola ultra reaccionaria. Y la verdad es que hay muchos jóvenes que han votado Milei y parece que es cierto que los discursos antisistema han calado como el único horizonte.
Pero creo que los factores son múltiples y que puede haber un cambio de ideología, pero también es que esa ideología reaccionaria siempre ha estado ahí. Y es sintomático que el feminismo sea el enemigo. Demuestra que realmente este movimiento ha sido el único que en las últimas décadas ha terminado siendo claramente transformador.
O sea, revolucionario, no únicamente reformista...
Exacto. Revolucionario, además, a nivel macro al cuestionar las instituciones, y a nivel micropolítico, al cuestionar nuestra manera de amar, de relacionarnos con la familia, los afectos, nuestro cuerpo, el sexo... La manera de follar, de desear. Muy pocos movimientos revolucionarios han hecho esos cuestionamientos a tantos niveles al mismo tiempo, subjetivos y políticos. También creo que ha traído respuestas a la crisis climática, a la crisis de los cuidados, a la reproducción social, a muchas otras cuestiones... que es normal que nos convirtamos en las enemigas.
Creo que tenemos que estar más orgullosas de lo conseguido. Antes lo hablaba también con una compañera. Creo que son muchísimas las cosas que han cambiado y que hemos conseguido que vayan calando. Y creo que eso también está en la juventud. Las actitudes, las formas de relacionarse, los tipos de violencia que antes estaban super normalizadas, ahora son inadmisibles.
Dice que tengamos memoria sobre nuestra propia historia ¿no?
Exactamente. Porque borrar la memoria siempre ha sido una estrategia de la ultraderecha. Especialmente de los procesos emancipatorios. Eso es lo que está pasando ahora, que no nos acordamos casi ni de lo que hicimos el 8-M del año pasado.
Toda esta reacción antifeminista se está dando a la vez que un repliegue nacionalista. A menudo se compara este momento histórico con el periodo de entreguerras del siglo XX. Hablando sobre la memoria colectiva, ¿qué podemos recuperar del internacionalismo y de los feminismos de otros momentos históricos que nos ilumine en estos tiempos oscuros que se avecinan?
Ayer las compañeras de Ni una menos de Argentina sacaron su manifiesto para este 8-M, y tiene que ver con reactivar ese internacionalismo y apelan precisamente a la memoria internacionalista del feminismo, incluso de memoria relativamente reciente como fue el propio "ni una menos". Apelan a volver a retomar la herramienta de la huelga feminista que paralizó el mundo en 2018.
El tejido internacionalista que aquello creó se ha ido deteriorando en los últimos años, especialmente a partir de la pandemia. Creo que hay que escuchar lo que nos están lanzando las compañeras argentinas y las chilenas. Tenemos que volver a tomar su mano y recuperar esa mirada. Para mí el internacionalismo tiene que ver, precisamente, con descentralizar el feminismo de esa idea civilizatoria. Es pensar que el feminismo y la emancipación de las mujeres alrededor del mundo se ha dado de diferentes maneras. Desde las mujeres esclavas negras que protagonizaron revueltas en los barcos negreros -como nos han contado bell hooks, Françoise Vergès o Angela Davis- a todo lo que han sido las luchas de los pueblos originarios en Latinoamérica, a las feministas kurdas, a las mujeres iraníes, a la resistencia de las mujeres palestinas.
En definitiva, tenemos que romper la idea de que solo en el norte global han tenido lugar las grandes emancipaciones o revoluciones e, igual, utilizar estas otras experiencias como base para construir una utopía, para nuestro contexto también.
En este sentido, queda latente que es necesario establecer alianzas estratégicas. Me gustaría preguntarle qué opina sobre esto, y qué considera prioritario en un momento donde, como sabemos, existen fricciones dentro del movimiento feminista, algunas de las cuáles parecen insalvables.
Me gustaría aprovechar que me haces esa pregunta para comentar algo que vemos quienes militamos desde la trinchera del antirracismo y desde colectivos migrantes y feministas del Estado español.
Una cosa que estamos percibiendo y por lo que me gustaría interpelar a esa alianza, es que estamos percibiendo un repliegue del tipo "voy a quedarme en mi circulito". Y en ese sentido vemos que se han actualizado muchos pactos en relación a la blanquitud. Y lo peor es que lo estamos percibiendo incluso en compañeras o en espacios que consideramos aliados.
Entonces, hemos detectado que en ciertos movimientos feministas, por ejemplo, se ofrecen cursos sobre feminismos de clase, antirracistas, sin ninguna compañera racializada, migrante o decolonial. Creo que una alianza radical tiene que ver con pediros a vosotras, mujeres españolas y blancas, que traicionéis la blanquitud. Creo que es el ejercicio más claro de un feminismo anticolonial y antiimperialista.
Te pongo un ejemplo. Es lo que hemos visto en EEUU con la intervención del ICE, y con personas blancas que han luchado mano a mano con sus vecinos. Claro, algunas personas han perdido la vida, como lo hemos visto. Esas personas han hecho el ejercicio político de traicionar su blanquitud para apoyar a sus vecinas, ¿no? Aquí no lo estamos viendo del todo. Y muchas veces nos preguntamos: ¿qué pasaría si viniese una ICE en España?
¿Qué opina usted?
Pienso que se daría [una respuesta de las personas blancas], pero a veces también lo dudo. Por eso realmente son necesarias las alianzas. O empezamos a dialogar y a cuestionarnos nuestros privilegios... o tampoco vuestra blanquitud os va a salvar.
No, claro. Porque además la ultraderecha siempre tiene que elegir nuevos enemigos.
Exacto.
Hace unos años hablábamos mucho de la necesidad de hacer pedagogía. En el contexto actual, donde hay un relato tan militarista, que además apela a la masculinidad y que entronca con los discursos antifeministas, ¿cree que es posible hacer pedagogía contra eso? ¿Hay que sentarse a hablar con los fascistas? ¿Cómo apelar a la paz?
Justamente hoy ha sacado Píkara un artículo de Tatiana Romero donde habla de que la paz es blanca. Esto no significa que las poblaciones racializadas sean violentas, sino que los sujetos de estos grupos sociales tradicionalmente han estado atravesados por la violencia, como en el caso palestino.
Entonces, yo distinguiría claramente entre militarismo, masculinidades, Estado-nación y todo lo que genera ese conglomerado de guerras entre Estados a nivel de intereses económicos, etc. Eso sería una cosa y evidentemente nuestro discurso va en contra de todo eso. Ese sería un discurso sobre esa paz. Pero eso no significa que ignoremos las tradiciones feministas que han resignificado la confrontación. Esto no significa abrazar la violencia, pero tampoco apelar a un pacifismo sin más.
Creo que, bueno, al igual que han hecho muchas militancias de izquierdas, antirracistas, de los pueblos originarios, etc... han resignificado lo que significa un ejercicio político de la violencia.
Y con esto no siempre hablo de lucha armada. No sé si viste cuando estaba el ICE en Minnesota, que se hablaba de que se habían reactivado las Panteras Negras... y claro, todo el mundo estaba feliz. Bueno, son estas resistencias a las que me refiero. No es la violencia por la violencia. Es que no es posible sentarse a hablar de paz con un [Benjamín] Netanyahu [primer ministro de Israel].
Desde luego que no. Yo pensaba más en cómo hacer dentro de los Estados que habitamos y del contagio militarista, que ya estamos viendo en Alemania, en Francia, con programas para promover que los jóvenes se alisten al ejército.
Es a eso a lo que me refería, que hay que distinguirlos muy bien, claro. Y más que pedagogía, yo hablaría de propuestas políticas que nos permitan analizar qué es eso, ¿no? Porque, además, curiosamente, muchos de estos discursos que vienen teñidos de paz, de misión humanitaria, de pacificar territorios que, de suyo, son violentos y hay que apaciguar. Es con ese discurso con el que comprometen a los jóvenes en estos procesos.
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