Entrevista a Alicia Armesto, periodista secuestrada en Libia"Escuchaba gritos de torturas y ladridos de perros que utilizaban contra los presos"
La periodista fue detenida por una guerrilla libanesa cuando acompañaba a un convoy de ayuda humanitaria a Gaza como parte de la Global Sumud Land.

Madrid-
Alicia Armesto ya lleva una semana en casa, pero todavía no es capaz de conciliar el sueño. Arrastra el insomnio tras pasar un mes durmiendo en el suelo de un black hole -un centro de detención clandestino- de Libia. No es la única secuela que le ha quedado: "De repente, estando normal, me entra una angustia terrible y me echo a llorar. Ahora lo domino un poco más".
Armesto y otros nueve periodistas, activistas y sanitarios de diferentes partes del mundo fueron detenidos el pasado 24 de mayo en territorio libio mientras intentaban llevar un convoy de ayuda humanitaria a Rafah, en la frontera entre la Franja de Gaza y Egipto. Todos ellos formaban parte de la Global Sumud Land, la organización hermana de la Global Sumud Flotilla, que ha tratado hacer el mismo ejercicio por mar con similares resultados. Durante los seis primeros días que siguieron a la detención, nadie sabía nada de ellos.
El pasado 29 de junio, contó a El Salto lo que ocurrió durante aquellos días. Cuando la comitiva humanitaria llegó a la región este de Libia, un grupo negociador, en el que se encontraba Armesto, trató de negociar con las autoridades del lugar, controlado por Jalifa Haftar, aliado de la OTAN para el derrocamiento de Gadafi y con el que ahora Occidente niega tener relación-. La tercera vez que intentaron pasar el convoy de ayuda humanitaria, Armesto y el resto del comité fue detenido.
Al día siguiente fueron informados de que serían enviados de vuelta a sus hogares. En vez de eso, les trasladaron al centro de detención clandestino en el que, seis días después, fueron localizados.
En la primera entrevista que dio comentó que sabían que estaban en un centro de detención para personas migrantes ¿Por qué lo supo?
Nos lo dijeron ellos mismos. Ese fue en el primer lugar en el que estuvimos detenidos. Después nos sacaron de allí asegurándonos que nos mandaban a casa, pero no fue así.
¿Por qué cree que les dijeron eso?
Creo que, al principio, siguieron el procedimiento habitual, pero en algún momento vieron que podían sacar tajada de la situación. En un momento dado, el comandante del avión nos dijo que no íbamos a Trípoli, sino a Bengasi.
Cuando aterrizamos y nos metieron en las furgonetas todavía pensábamos que todo formaba parte del proceso. Pero de repente vimos que circulaban con los faros apagados y ahí empezó el miedo de verdad. Cuando llegamos nos dijeron una frase que se me quedó grabada: "Esto es un black hole y aquí no existen los derechos humanos".
Contó que en aquel lugar escuchaban los gritos de otras personas siendo torturadas. ¿Llegaron a saber qué estaba ocurriendo allí?
No lo sé porque nunca llegamos a ver a nadie. La primera noche no solo oímos gritos. También se escuchaban perros ladrando y yo llegué a pensar que estaban utilizando perros contra los presos. En una situación así la cabeza se te va a los peores escenarios. Solo oíamos a gente gritar. Era una auténtica locura.
¿Estuvieron aislados durante toda la detención?
Al principio sí, pero luego nos cambiaron de módulo, donde había dos mujeres detenidas. Nos distribuían en tres celdas: las chicas en unas y los cuatro chicos en otra. Había además una puerta que daba a dos patios, uno pequeño y otro grande. A nosotros solo nos permitían acceder al pequeño y nos marcaron una línea que no podíamos cruzar porque era la zona que comunicaba con el módulo donde estaban las otras dos mujeres. No podíamos verlas ni hablar con ellas.
A veces nos encerraban de repente en las celdas porque iban a trasladar a otros prisioneros y no querían que los viéramos. En una ocasión, una compañera polaca volvió corriendo al patio llorando porque había visto cómo arrastraban a un hombre completamente ensangrentado. Decía que el suelo estaba lleno de sangre.
Otro día vimos pasar a un preso custodiado por un guardia que llevaba una especie de palo o látigo. Poco después, mientras estábamos en el patio, escuchamos los golpes y los gritos. No era algo continuo, probablemente porque el complejo era enorme y nosotros solo ocupábamos una pequeña parte, pero sí ocurría.
Descríbanos a los guardias.
Había de todo. El director de nuestro módulo daba auténtico miedo. Era terrorífico por su forma de mirar. Entre nosotros le apodamos "Danny DeVito" porque físicamente nos recordaba al actor, pero era un Danny DeVito que daba miedo. Otros guardias eran más amables, nos dieron un reloj porque para nosotros era fácil perder la noción del tiempo e incluso nos animaban. No sé si le dábamos pena, pero cuando nos veía hundidos intentaba animarnos.
El cónsul italiano nos advirtió de que tuviéramos mucho cuidado con lo que hacíamos y con cómo nos comportábamos, porque quienes nos están sirviendo la comida estaban allí para torturar a los presos. Nos dijo que para ellos aquello era tratar bien a alguien. Y, visto desde su perspectiva, probablemente lo creían de verdad.
De hecho, finalmente pudieron salir sin cargos...
Sí. En un principio nos acusaron de inmigración ilegal. Después intentaron vincularnos con una organización terrorista, pero eso se cayó muy rápido. También nos acusaron de celebrar una reunión ilegal en una zona restringida. Ahí estaba el verdadero problema. Nos explicaron que, para acceder al lugar donde estábamos —la llamada zona cinco, entre dos checkpoints— hacía falta un permiso especial. Nosotros teníamos el visado para entrar en el este de Libia, pero nadie nos había dicho que existía ese permiso adicional.
Esa acusación podía conllevar hasta dos años de cárcel y fue la que los cónsules intentaron desmontar por todos los medios. La de inmigración ilegal suponía una deportación inmediata, pero mientras siguiera en pie la otra podían mantenernos detenidos. Recuerdo que cuando comparecimos ante el juez y anunció que estudiaría el caso durante treinta días más, yo pensé que me moría, pero el Consulado siguió intentando tumbar la acusación.
¿Considera que estaban preparados para un escenario como este?
No. En la Flotilla sí nos habían preparado para casi cualquier situación imaginable, desde que cayera una bomba hasta cualquier incidente en el mar. Sabías a qué podías enfrentarte.
En el convoy fue muy distinto. La preparación se centró casi exclusivamente en los riesgos del desierto. Nos explicaban qué hacer si aparecía una araña especialmente rápida, cómo reaccionar ante un escorpión o qué animales podían ser realmente peligrosos. Según nos dijeron, también había abogados preparados y el escenario de una detención se contemplaba como una posibilidad absolutamente remota. Era el último supuesto y se consideraba muy improbable.
¿Cómo es posible que apenas se contemplara ese escenario, teniendo en cuenta la compleja situación interna de Libia?
Pues porque en el convoy anterior lo más grave que había ocurrido era que las autoridades habían retenido temporalmente a los participantes durante la acampada. Todos ellos eran árabes y, si no recuerdo mal, detuvieron a una o dos personas, pero las soltaron a los dos días. Ese era el precedente con el que trabajábamos.
En nuestro caso, los miembros del comité de negociación éramos todos internacionales, salvo un traductor tunecino cuya incorporación tuvimos que exigir. No sé si las autoridades libias esperaban otra cosa o si en algún momento vieron la oportunidad de convertir aquello en un secuestro para obtener beneficios.
¿Creen que su liberación implicó algún tipo de contraprestación diplomática?
Nadie nos lo ha confirmado, pero tengo claro que hubo una negociación. El cónsul italiano nos contó que Italia había liberado a dos ciudadanos libios que cumplían condena por tráfico de personas [a cambio de los ciudadanos de este país que fueron detenidos en la Global Sumud Land]. Ese fue un intercambio conocido.
Además, el cónsul español nos repetía constantemente que estaban haciendo muchas cosas para sacarnos, algunas que se conocerían y otras que nunca saldrían a la luz. Incluso llegó a decirme: "Ni te imaginas lo que hemos tenido que hacer". No sé exactamente qué ocurrió en el caso de España, pero estoy convencida de que también hubo algún tipo de negociación.
Una de las detenidas nos contó que el cónsul italiano llegó a decirles a las autoridades libias que Argentina no tenía dinero, por lo que, de una forma u otra, les estaban exigiendo algún tipo de compensación.
Leí que el cónsul italiano estaba muy afectado cuando por fin pudo verlos.
Estaba completamente desesperado. De hecho, rompió a llorar. Nos dijo que hasta el día anterior ni siquiera sabían si estábamos vivos o muertos. Eso es un black hole, un lugar del que nadie tiene información, ni siquiera los propios servicios diplomáticos. Nosotros todavía no sabemos donde estuvimos.
¿Cómo vivió su familia esos días?
Durante el tiempo en el que nadie sabía nada de nosotros, quien cargó con todo fue mi hijo mayor. A mi hija pequeña, que estaba en Japón, decidieron no decirle nada. Y a la mediana solo le iban diciendo que todavía no había noticias. Fue cuando por fin aparecimos cuando le contaron la verdad: "Mamá ha sido secuestrada".
Hubo un fallo clarísimo en la evaluación de riesgos
Imagino que ahora estarán felices de tenerla de vuelta.
Están contentos, pero también enfadados.
¿Con usted?
Conmigo y con la organización.
¿Cómo va a evitar la organización de la Global Sumud Land que vuelva a ocurrir algo así?
Está prevista una evaluación de todo lo que ha sucedido. Los diez que estuvimos detenidos vamos a poner en común nuestros testimonios y elaborar un documento conjunto para analizar qué falló. Lo cierto es que hubo personas que ya venían advirtiendo de que aquello no pintaba bien. De hecho, muchos se fueron antes de hacer la acampada, incluida la delegación turca.
Háblenos de esto.
Al parecer, su Gobierno les estaba recomendando dar media vuelta, dejar el convoy en Trípoli y regresar porque consideraban que la situación era peligrosa. Sin embargo, a nosotros se nos seguía diciendo que no, que todo estaba controlado y que esas advertencias eran exageradas.
Es decir, que al final se quedaron solo unos pocos...
Al principio la idea era que acudiera prácticamente todo el convoy hasta el primer checkpoint. Después solo avanzarían unas cincuenta personas para negociar. Pero esa cifra fue reduciéndose y, el último día, solo quedábamos diez, todos extranjeros. Nosotros preguntábamos constantemente si era realmente seguro y que cómo era posible que nos enviaran sin traductores y sin apenas información. Nos insistían una y otra vez en que todo estaba bajo control.
¿Quiénes les decían eso?
Había un representante de la dirección de la organización, alguien que formaba parte del Steering Committee de la Global Sumud Land. Era quien nos transmitía que todo estaba bien y que no había ningún problema. Visto ahora, está claro que hubo un fallo clarísimo en la evaluación de riesgos.
En la Flotilla se hacen evaluaciones de riesgo muy detalladas y, en función de ello, hay gente que decide no participar. Aquí no ocurrió eso
¿Alguna de las personas que tomaban las decisiones fue detenida?
Ninguna. Los que fuimos en el comité negociador éramos activistas, periodistas y médicos, pero nadie ocupaba un puesto de responsabilidad dentro de la organización. En la Flotilla siempre se hacen evaluaciones de riesgo muy detalladas. Se habla de porcentajes de riesgo y, en función de ellos, hay gente que incluso decide no participar. Aquí no ocurrió eso. No sé si fue una pésima evaluación o si la información que manejaban era incorrecta, pero algo falló.
También es cierto que La Flotilla lleva funcionando desde 2008.
Sí, este era apenas el segundo convoy organizado y el primero dentro de la estructura global. Creo que, en cierto modo, hemos pagado la novatada. Estoy convencida de que aprenderán de lo ocurrido.
Percibo cierto enfado con la gestión de la organización.
Sí, porque no se nos informó bien. Yo elegí participar en el convoy precisamente porque unos meses antes ya se había realizado otro y nos aseguraron que todo duraría quince días. Nos dijeron que todo estaba hablado con las autoridades libias, que teníamos todos los permisos, que había abogados preparados... pero no fue así.
¿No contaban con abogados?
Tuvieron que buscarlos cuando ya nos habían secuestrado. En la Flotilla, en cuanto llegas al puerto, los abogados ya están allí esperándote. La organización ha demostrado durante años que cuida muchísimo la Flotilla y que todo está muy preparado. Aquí tampoco fue así y ese ha sido el problema.
Antes decía que los turcos se comunicaron con su Gobierno. ¿No hicieron ustedes lo mismo con el Ministerio de Asuntos Exteriores español?
Yo comuniqué que iba a participar en el convoy y me dijeron que tuviera cuidado porque las manifestaciones multitudinarias en esa zona se reprimían con mucha dureza. No recibí ninguna advertencia específica sobre el lugar al que nos dirigíamos. También es cierto que en la fase final la comunicación era casi imposible, porque no teníamos wifi. Además, cuando fuimos a negociar nos recomendaron que dejáramos los móviles porque les habían dicho que el ejército se ponía muy nervioso si creían que les estábamos grabando o espiando, así que fuimos completamente incomunicados.
Como periodista, ¿qué es lo que más le impactó de esta experiencia?
La dimensión del poder que tiene Israel. Hasta que no estás allí no eres consciente de las distancias. La frontera de Gaza está a unos mil kilómetros por mar de Libia y a cerca de dos mil por tierra. La sensación es de que nunca te van a dejar llegar. Jamás.
¿Hasta qué punto cree que Israel estaba detrás de sus detenciones?
No puedo afirmarlo con certeza, pero es evidente que el contexto geopolítico pesa mucho. Libia oriental depende enormemente de Egipto y Haftar mantiene una estrecha relación con Israel. Existe una percepción muy extendida de que Netanyahu respalda políticamente a Haftar porque considera estratégica esa zona del país. Desde ese punto de vista, creo que se aprovecharon de la situación. Es una lectura política, pero resulta difícil separar lo que nos ocurrió de los intereses que existen en la región.
La detuvieron en la Flotilla el año pasado y volvió a tratar de llevar ayuda a Gaza por tierra. Después de lo vivido, ¿volvería a participar en una misión como esta?
Ahora mismo, no. La violencia ha ido aumentando con los años y da la sensación de que cada misión es más peligrosa que la anterior. En la última Flotilla hubo bastantes denuncias de agresiones sexuales por parte de los soldados israelíes. No sé cuál es la forma mejor forma de seguir apoyando la causa palestina actualmente, pero sí sé que, personalmente, he llegado al límite de lo que puedo dar.




Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.